Capítulo 4

1518 Palabras
Georgia Sinclair El doctor se ajusta los lentes y revisa la tablet donde lleva el historial de Jameson. Yo me acomodo en la silla junto a la cama, con la garganta seca. Siempre me preparo para malas noticias, aunque sean las de rutina. —Señora Sinclair —empieza con voz medida—, como sabe, la lesión de su esposo está en la vértebra cervical C6. Eso significa que tiene parálisis desde el pecho hacia abajo, aunque conserva movimiento parcial en brazos y manos. No es un cuadro leve, pero tampoco el más severo dentro de este tipo de lesiones. Yo asiento, ya lo había escuchado, pero cada vez que me lo repiten es como si reviviera el tormento. —¿Quiere decir que hay posibilidades de que mejore? —pregunto, los nervios me pueden. El doctor suspira, y sus ojos bajan un instante antes de volver a mirarme. —En este tipo de lesiones siempre hablamos de probabilidades, no de certezas. Con terapia intensiva puede ganar más movilidad en brazos, incluso fuerza en las muñecas, pero es muy poco probable que vuelva a caminar. Lo más importante ahora no es solo la rehabilitación física, sino su estado anímico. —¿Y cómo lo ve usted? —Mi voz tiembla. No puedo evitar pensar en lo que escuché hace días y que me llevó a tomar decisiones radicales. —Honestamente, mucho mejor desde que sabe lo del embarazo —responde, y por primera vez esboza una leve sonrisa—. Antes estaba apático, hablaba de no querer vivir, rechazaba los ejercicios de rehabilitación. Ahora quiere esforzarse. Tiene un motivo. Trago saliva, el peso de la mentira se siente demasiado. —Entonces, ¿cree que puede seguir mejorando? —Sí —afirma con seguridad—. No vamos a prometer milagros, pero mientras mantenga esa voluntad de luchar, los avances serán constantes. El ánimo lo es todo en pacientes con lesiones medulares. Y su esposo, al menos ahora, tiene un motivo claro para seguir adelante. El médico me da unas indicaciones rápidas sobre horarios de terapia y ajustes en la medicación antes de despedirse. Yo me quedo sentada junto a la cama, con el corazón encogido. «Tiene un motivo para seguir adelante… el embarazo falso». No hay embarazo. Todavía. Es solo una mentira que inventé porque no soportaba verlo rendirse. Una mentira que ahora se aferra a él más fuerte que cualquier tratamiento médico. Me arde la garganta. No sé si hice lo correcto o si lo condené a vivir de ilusiones. ¿Qué pasará cuando la verdad salga a la luz? ¿Podrá sobrevivir otra decepción? «No. No va a saberlo». Pero no tengo opción. Si esta mentira es lo único que lo mantiene luchando, la sostendré con todo lo que tengo. Mentiré, engañaré, incluso me arrastraré frente a Ronan, si eso significa que Jameson se aferre un día más, una hora más, a la vida. Porque todo esto es mi culpa y no voy a dejarlo hundirse en esa oscuridad. Cierro los ojos y me aprieto las manos contra el regazo. Me repito, una y otra vez, como un rezo desesperado, que es por él. Todo es por él. Y justo cuando dejo escapar un suspiro, la puerta se abre. Levanto la cabeza por instinto y mi respiración se detiene. Ronan. Se queda un segundo de más en el umbral. Con su traje oscuro y corbata perfectamente anudada, irrumpe en esta habitación lúgubre que parece un mundo ajeno al suyo. Mi corazón late demasiado fuerte. Me tengo que obligar a respirar. Recuerdos de su piel, de su voz ordenándome, de mi cuerpo obedeciendo, me golpean con violencia. Aprieto la mandíbula e intento alejarlos de mí. «Soy una traidora, pero no lo seré en presencia de Jameson». —No esperaba verte aquí. —Mi voz suena baja, y es un reproche. Él ladea la cabeza. Es un gesto leve e insolente. —¿Por qué no? —Se encoge de hombros y entra del todo a la habitación—. Es mi hermano. No hay calidez en esa afirmación. No es su preocupación siendo mostrada. Es un recordatorio, para mí, de que me guste o no, estamos unidos por Jameson. Como si lo hubiera invocado, James abre los ojos y sonríe débilmente al verlo. —Hermano —murmura con voz ronca—, viniste. Ronan se acerca con andar pausado y seguro. Aprovecho la atención desviada para levantarme de la silla y quedarme a un lado de la cama, casi con mi espalda pegada a la pared. Quiero alejarme lo más posible de él. Y sé que lo nota, porque una chispa de satisfacción cruza su mirada. Su atractiva y molesta boca se levanta mínimamente en una de las comisuras. —Claro que vine —responde, inclinándose sobre la cama. Su mano se apoya en el hombro de James como un gesto cariñoso que se me antoja falso—. ¿Cómo te sientes? —Mejor… —asegura James con una sonrisa y me busca con la mirada—. Sobre todo desde que sé que... Georgia y yo seremos padres. Su ternura es una tortura para mí. Asiento rápido, le devuelvo la sonrisa, a pesar de que el ácido me sube a la garganta. Siento los ojos de Ronan puestos en mí. Son el recordatorio de lo que estamos haciendo, de lo traidora que soy, de lo injusta y egoísta que puedo llegar a ser. —Eso escuché —murmura Ronan, con voz neutra, y se escucha como si arrastrara las palabras adrede. James sonríe, ajeno al hilo invisible que se tensa entre su hermano y yo. —Ojalá sea un niño. Quiero enseñarle a jugar fútbol —declara y mi corazón duele por él. Es inevitable recordar las palabras del médico. —Así será, hermano —asegura y luego, como si no fuera lo suficientemente importante, cambia de tema. Me mira a los ojos con intensidad. —Aprovecho para dejarte esto, Georgia... —Me extiende una carpeta de cuero n***o. Lidio con lo que mi nombre en sus labios me provoca—. Revisa esto cuando tengas un momento. Son los documentos relacionados con el proyecto que me cediste. El aire me falta. No se atrevió el maldito. Jameson gira la cabeza hacia mí con una sonrisa débil, agradecido. —Eso está bien, cariño. Así tendrás menos peso encima. Siempre estás pensando en todo. Le sonrío, aunque por dentro siento que hiervo de furia y angustia. Tomo la carpeta, me aseguro de que sus dedos no rocen con los míos ni un instante. Ronan me observa en silencio, él espera y disfruta de cada segundo de mi incomodidad. Abro la carpeta y lo primero que veo son cláusulas normales, sobre la cesión del proyecto, responsabilidades y demás. Lo de siempre. Pero apenas avanzo unas páginas me quedo helada. «Garantizar la viabilidad del embarazo», leo en la segunda maldita hoja. Siento que la cara se me enciende. James está aquí, a menos de un metro, y Ronan se atrevió a traer esto justo delante de él. Paso rápido, rezo para que mi esposo no me pida leer nada en voz alta. «Participación activa del padre biológico». La garganta se me cierra. Me sudan las manos y el papel se me pega a los dedos. ¿Qué mierda busca él trayendo esto aquí? ¿Ponerme a prueba? ¿Demostrar un punto? «Disponibilidad a demanda». Lo releo dos veces. Cualquiera pensaría que habla de reuniones de trabajo, pero yo sé perfectamente lo que significa. Y sé que él disfruta viéndome leerlo. «Confidencialidad absoluta». Como si necesitara remarcarlo. Si alguien necesita revisar esto, definitivamente es él. Trago saliva y cierro la carpeta despacio, finjo calma y seriedad. Por dentro estoy hirviendo. Siento rabia, miedo y vergüenza. Ronan no solo me lleva contra la pared con su presencia, pretende atarme con un papel que podría habernos delatado; todo frente a mi esposo. Su hermano. Levanto la mirada y él está observándome tranquilo. Su sonrisa es leve, casi invisible, pero lo suficiente para que yo sepa lo que él siente. Sabe que no voy a atreverme a decir una palabra. Con este contrato, tiene en sus manos la prueba escrita de que le pertenezco. Y todo por mi jodida decisión de incluirlo en mis planes. —No quiero malentendidos —murmura, con un tono profesional que a mis oídos suena falso—. Ni en los negocios… ni en lo demás. Somos familia. El corazón me golpea con tanta fuerza que temo que James lo escuche. Contengo el temblor, reprimo la rabia. —Entendido. Lo revisaré. James suspira aliviado, creyendo que todo va en orden. —Eres increíble, Georgia. Siempre encuentras la manera de resolverlo todo. Ronan se reclina en la silla, satisfecho, dueño absoluto del tiempo en esta habitación. —Perfecto. Entonces ya no hay nada más que discutir. Su mirada vuelve a mí antes de apartarse, un segundo demasiado largo. Se despide de su hermano y mientras camina hacia la puerta, revisa su teléfono y teclea algo. Al instante siento mi móvil vibrar en mi bolsillo. Un escalofrío me recorre.
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