Gabriel Lancaster Casi, no pude pegar un ojo en toda la noche. La intriga me carcomía: ¿qué demonios era eso tan importante que Ellah tenía que decirme sobre Caitlyn? El jet lag, ese maldito desfase horario que te hace cuestionar la existencia misma, me hizo abrir los ojos mucho antes del amanecer. Aún así, me arrastré hasta el comedor del hotel, decidido a empezar el día como corresponde: con café fuerte y respuestas claras. Para mi sorpresa, Ellah ya estaba en el living del hotel, sentada como si nada le afectara pues no fue ella quien ha cruzado medio planeta el día anterior. Vestía un vestido veraniego floreado que ondeaba con cada gesto suyo, parecía una escena salida de un comercial de perfume caro. Llevaba gafas de sol, a pesar de estar bajo techo, y una copa de jugo de naran

