ANNA KALTHOFF Llego al departamento con media hora de anticipación. Coloco la jaula de Blackie en el suelo, la abro y lo dejo que ande revoloteando por todo el lugar. A las 2 en punto de la tarde suena el timbre. Es Cristhian. Le abro y nos saludamos con un beso en la mejilla y un abrazo. —¿Cómo está? —Bien, y, ¿usted, mi Aquaman? —le pregunto, provocándole una bonita sonrisa que le marca los hoyuelos. —Ahora, mejor que antes. —¿Quiere tomar una copa de vino? —le pregunto. —Está bien —responde. Pasamos y me sigue hasta la cocina. Se sienta sobre uno de los bancos del desayunador que divide el comedor de la cocina y observa cada uno de mis pasos mientras sirvo las dos copas de vino. Me siento en uno de los taburetes a su costado y alzo mi copa hacia él para que brindemos.

