Lorette
Cuando el autobús estacionó en su parada correspondiente, mi madre se puso en pie. Me levanté a la vez que ella y nerviosa, me froté las manos mientras evitaba con todas mis fuerzas no ponerme llorar y suplicarle para que se quedara conmigo.
Me mordí el labio inferior y jugueteé con mi anillo, girándolo de derecha a izquierda alrededor de mi dedo.
Debía ser fuerte si quería evitar parecer una endeble. Necesitaba que mamá regresara a casa tranquila y sin la preocupación de pensar constantemente en mí y en mi bienestar y para ello tenía que mostrarme segura de mí misma y, sobre todo, animada, con ganas de darlo todo.
—Bueno…— mamá liberó un sonoro suspiró y me miró por encima del hombro. —Pues llegó el momento de separarse.
Un nudo irritante se instaló en mi garganta y noté como las lágrimas empujaban para salir de mis ojos.
«No. Ni hablar. Vosotras os quedáis ahí dentro»
—Llama en cuanto llegues, ¿vale? —esbocé una pequeña sonrisa que terminó crispada por un pequeño puchero.
—Lo haré— deslizó por mi cabello una caricia que terminó en mi mejilla. —Tú no te preocupes por mí. En menos de nada estaré en casa con la pesada de Rossaline—se rio y negó con la cabeza— Ya me la estoy imaginando, dándome la lata para que le comunique todos y cada uno de los detalles— puso los ojos en blanco, imaginando la escena. —Lo que me espera a partir de ahora va a ser bien grande.
—Salúdala de mi parte. ¡Ah! Y dile que usaré todos los amuletos que me dio—en su momento la tomé por una loca, pero al conocer a Irina y al tío que casi me atropella, no me quedó más remedio que aprender por las malas que nunca y jamás de los jamases hay que tentar al destino y a los rituales extraños de mi vecina favorita. — Y ya sabes que todos los días…
—Todos los días a las siete de la tarde hay que hacer videollamada. Sí… Ya lo sé.
Le mostré una sonrisa tímida por repetir tantas veces lo mismo y asentí. Necesitaba sentir que tenía a mamá conmigo, aunque fuera a través de una pantalla y a kilómetros de distancia. Jamás habíamos estado separadas, como mucho alguna que otra noche cuando Rossaline me invitaba a cenar para degustar sus deliciosos estofados. Ese día siempre me quedaba a dormir con ella y por la mañana me levantaba temprano para ayudarla con su tiendecita de souvenirs del pueblo.
Pese a estar fuera de casa, podía ver a mamá desde la ventana e incluso desearle las buenas noches antes de dormir. Los vecinos de las casas de al lado salían disgustados para que mantuviera silencio y no gritara cuando ellos estaban intentando conciliar el sueño.
Mamá y yo estábamos conectadas. Nos teníamos la una a la otra y nos apoyábamos cuando la situación se ponía delicada, especialmente cuando mamá tenía alguna recaída y recordaba a mi padre.
La ausencia de papá aún seguía presente en el corazón de mi madre y aunque él desapareció cuando yo todavía era una niña, fui consciente del daño y la tristeza que dejó consigo en nuestra familia. Perdí a un pilar fundamental de mi vida, pero fue aún más duro ver a mi madre devastada por la pena. Noches en vela, escuchándola llorar y salir de casa para pedir a nuestra vecina Emily una de sus eficientes infusiones para dormir y días nublados donde la inspiración nos abandonaba y que tuvo consecuencias nefastas en nuestro pequeño taller que se vio obligado a cerrar sus puertas hasta que mi madre estuviera preparada para abrir su corazón de nuevo.
Yo estuve allí para ella. Hice todo cuanto estuvo en mi mano para hacerla reír y no volver a ver las lágrimas que mi padre dejó en ella. Maduré demasiado rápido y aunque ahora pareciera una niña inmadura con un único sueño de ir al Burger King, hubo una época donde me obligué a crecer para proteger a mamá.
Fueron tiempos duros, lo reconozco, pero logré mi cometido y la sonrisa de mamá regresó. Medio año después, nuestro taller abrió sus puertas de nuevo y los vecinos del pueblo acudieron en masa. La moda y el trabajo constante en el taller se convirtieron en nuestro día a día y cuando descubrí que el diseño y la ropa hacían feliz a mi madre, se convirtieron en mi nueva pasión.
Desde ese momento, mi imaginación de disparó y cada día creaba y diseñaba un vestido nuevo que después le enseñaba a mamá y al resto de vecinos. Por las noches, soñaba con vestidos, zapatos y conjuntos y por las mañanas, en cuanto despertaba, corría a por mi libretita para retratar los diseños que mis sueños me habían regalado.
La cura para la depresión de mi mamá fue mi nueva inspiración y estaba decidida a utilizar la moda para seguir haciéndola sonreír.
Y ya lo estaba consiguiendo.
Entré en el Instituto Francés de la moda, una de las mejores universidades privadas del mundo de la moda y estaba dispuesta a explotar todo mi potencial como diseñadora allá dentro.
— Quiero que me mantengas informada de todo y llámame si algo no va bien, ¿de acuerdo? —Las palabras de mi madre, me sacaron de mis propios recuerdos, obligándome a pestañear varias veces para volver al mundo real.
Asentí sin decir nada, aún con la mente puesta en el pasado.
Dio un paso al frente y depositó un beso sobre mi frente mientras rodeaba mis mofletes con sus manos.
—Mi niña…— Estrujó mis mejillas con sus manos y me miró con cariño. —¡Hay que ver…, como has crecido!
Ay… No. Por favor, que no empiece a decir este tipo de cosas porque sino la fortaleza que tengo se me va a ir por el trasero.
Me relamí el labio inferior, tratando de reprimir un sollozo que quedó perdido en mi garganta.
—Y pensar que hace nada eras mi preciosa bebé y mírate ahora, ¡viviendo sola y a punto de convertirte en una universitaria hecha y derecha!
Maldición, no quería dejarla marchar. No ahora que la tal Irina había podido abrir heridas del pasado. Si no permanecía yo a su lado, ¿Quién lo haría?
—Trabajaré duro, mamá—le aseguré. —Me convertiré en la gran diseñadora con que siempre hemos soñado y haré que te sientas orgullosa de mí.
Debí tocar su punto sensible y puede que incluso también el mío porque los ojos de mi madre se cristalizaron nada más escuchar mis palabras y pronto una lágrima silenciosa recorrió las montañas de sus mejillas.
—Ya lo estoy, hija mía— tiró de mi brazo hacia ella y me envolvió entre sus brazos. Mi rostro se acurrucó en el hueco cálido entre su cuello y su hombro, allá donde siempre acudía cada vez que me sentía sola y perdida y la estreché fuerte entre mis brazos. —Eres lo más bonito que tengo.
Disfruté de su calidez, de su cercanía y de su cariño y me deleité todo lo que pude. Saber que no podría abrazarla en mucho tiempo me produjo una ansiedad que anudó mi estómago y por un momento tuve el impulso de retenerla junto a mí y dejar que el autobús siguiera su ritmo.
—Te quiero mucho, mamá—murmuré.
Mamá me apretó aún más contra su cuerpo, dándome un último achuchón y luego puso distancia entre nosotras. La cola de gente había menguado hasta desaparecer por completo y el autobusero estaba esperando a que mi madre le entregara el billete.
—Muestra a todos el mundo esa luz tan especial que tienes— murmuró contra mi oído y después depositó un tierno beso sobre mi mejilla.
—Lo haré.
Mamá me dedicó una última mirada cargada de orgullo y admiración y con todo el dolor de su alma, dio media vuelta para subir los dos escalones del autobús.
—Tres sesenta, por favor—pidió el autobusero.
Mamá sacó su monedero para pagar y en el instante en el que vi las puertas cerrarse, sentí un escalofrío que recorrió toda mi espalda.
—¡Si te encuentras con una psicópata asalta perros, corre con todas tus fuerzas! —levanté mi dedo pulgar, con una enorme sonrisa.
Mi madre soltó una risotada y correspondió a mi gesto, levantando ella también su pulgar y justo en ese momento, el vehículo arrancó su motor, listo para emprender la marcha.
Seguí a mamá a través del cristal de las ventanas hasta verla tomar asiento.
Su sonrisa fue lo último que vi de ella. Esa sonrisa tan preciada para mí y por la que tanto tiempo estuve luchando. Estuviera donde estuviese, seguiría protegiendo la felicidad de mamá y para ello, lucharía con todas mis fuerzas y me convertiría en la mejor diseñadora de todos los tiempos.
Cuando el autobús desapareció en la lejanía, el nudo de mi garganta se deshizo y me permití llorar y desahogar toda la tristeza y soledad que me había dejado la partida de mi madre.