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3446 Palabras
Lorette —Y este es el segundo dormitorio—el casero abrió una puerta pintada de blanco y se hizo a un lado para cedernos el paso. —Es más o menos igual de espacioso que el otro, pero la ventana le da más amplitud.      Entré, seguida de mi madre y recorrí cada rincón del cuarto, pintado de gris clarito y blanco y una gran ventana justo enfrente.     — Goza de un ambiente ideal para un estudiante.     —Esta habitación también es muy bonita. Diría que me gusta más que la otra,  ¿tú que dices, Lorette?— me quedé absorta mirando la inmensidad de la ciudad que se apreciaba a través de aquella ventana. Apenas presté atención a los muebles o a la cama. Mis ojos quedaron prendados por las maravillosas vistas que tuve desde allí. Mirar por aquella ventana, de noche y con todas las luces de la ciudad encendidas debía ser una auténtica fantasía.       El apartamento era muy bonito. No era muy grande, pero sí ideal para alojar a dos personas. Era moderno y la pintura y los muebles estaban en muy buen estado.       Mamá y yo estuvimos buscando apartamentos en Internet durante todo el verano y encontramos de todo. Algunos que tenían muy buen precio, pero su decoración y su atmósfera no eran de lo más acogedor, que digamos. Otros, en cambio, eran una completa fantasía, con jacuzzi con vistas a la ciudad e incluso sauna, pero obviamente costaban un ojo de la cara.     Cuando dimos con este apartamento, las puertas del cielo se me abrieron. Era pequeñito, pero acogedor y agradable. El ambiente era moderno y muy cool. El aura ideal para un estudiante de dieciocho años. La luz de las lámparas era blanquita y agradable y tenía muchas ventanas que dejaban entrar los rayos del sol y el aura plateada de la luna. Justo como a mí me gustaba. No nos lo pensamos ni dos veces y mamá llamó de inmediato al casero para llegar a un acuerdo.     ¡Y aquí estamos!     El dueño ya nos había informado de que compartiría vivienda con otra chica que recién empezaba la universidad, igual que yo.      —Este me gusta mucho—dije, con la vista aún puesta en la ciudad. —Pero supongo que tendré que hablarlo con otra chica.      El otro cuarto también era muy bonito, pero tal y como dijo el casero, no tenía ventana. En lugar de ventana, había una gran claraboya en techo por donde entraba la luz. La decoración era igual que esta habitación: una cama pegada a la pared, un armario blanco, un escritorio enfrente de la ventana y una mesita de noche con una ventana.     ¡Oh! ¡Y también había una alfombra de terciopelo gris!     Ya me estaba imaginando a mí misma tumbada y viendo una peli o estudiando.     —Puede que ella también quiera ventana—aseguré. No me había parado a pensar en cómo sería mi compañera de piso y si me llevaría bien con ella.      Evité pensar en como serían mis nuevas relaciones a partir de ahora ya que, si me ponía a pensar en ello, la imagen de mis antiguos compañeros de clase me llegaba a la mente y el miedo a que la misma historia pudiera repetirse me golpeaba como un ladrillo en el costado de mi cabeza.      Los nervios me abordaron de inmediato y por instinto, comencé a frotarme las manos y a notarlas húmedas. Debía esforzarme para no repetir la misma historia. Era primordial hacer amigos y no volver a caer en el roll de chica rara que no tiene vida social. Mi forma de ser y mi comportamiento, a veces impulsivo e infantil no le agradaba a muchos.      —Podréis hablarlo en unos minutos—el casero levantó su brazo y comprobó el reloj de su muñeca. —No deberían tardar. Quedé con su familia a la misma hora que ustedes. Ya saben, para explicaros todo a las dos—frunció el ceño y miró la puerta del pasillo. —Pero parece que se han retrasado.      —No se preocupe— mi madre apareció por detrás de mí y me tomó por los hombros. Había notado mi repentino nerviosismo, así como el temor por conocer a una chica de mi edad con la que compartiría todo a partir de ahora. Ya habíamos tenido una conversación acerca de eso antes y conocía mis temores a la hora de hablar con gente nueva.     Yo podía ser muy abierta y habladora, pero solo cuando alguien me demostraba confianza o si no, como en el caso del idiota del Audi, que me enfadó tanto que no pude contener las palabras.     —No tenemos prisa, esperaremos lo que haga falta—me estrechó los hombros y me miró. —Iremos desempacando mientras tanto.     —Siéntanse como en su casa—el casero nos sonrió y nos señaló el sofá del salón para que tomáramos asiento. —Les llamaré por si ha habido algún problema.     —Gracias—lo vimos desaparecer por la penumbra del pasillo y cuando lo escuchamos hablar con los padres de mi futura compañera, supe que nos habíamos quedado solas. —¿Qué te parece? —preguntó mi madre.      —Es mucho mejor que en las fotos—aseguré, echando un nuevo vistazo a mi nuevo hogar.      El salón también era muy bonito. Tenía la misma tonalidad que los dormitorios: tonos grises y blancos degradados y muebles y sofás blancos y negros. Había una televisión de plasma colgada en la pared. Era muchísimo más grande que la que tenía en mi casita de Gerberoy. Contuve los impulsos de darle al control remoto para encenderla y sentir la sensación de ver mi serie favorita en una tele tan grande.      Otra cosa, que me gustó muchísimo de la decoración, fue una lampara de aluminio reluciente con forma de árbol y cuyas hojas eran las bombillas que iluminaban la estancia en la oscuridad.      También había dos cuadros colgados encima del sofá. Me quedé mirándolos unos segundos y me gustó el hecho de comprobar que no era los típicos cuadros con marcos feos. Más bien diría que eran figuras planas, una representada a una bailarina con estilo y ropaje africano, decorada con colores negros y blancos y la otra simulaba una bailarina con un gran abanico.       —Vas a estar bien—aseguró mamá. —Me daba miedo conocer tu nuevo hogar—respiró hondo y apoyó sus dos manos sobre sus piernas flexionadas. —Temía que no fuera un buen ambiente para ti, pero… Me he llevado una grata sorpresa.       Sonreí y posé mi mano sobre las suyas para tranquilizarla.       —Lo estaré.       El timbre del apartamento resonó por todas las paredes. Fue como un pajarito cantando. Mamá y yo nos sobresaltamos, no acostumbradas a un sonido tan peculiar como aquel y nos giramos hacia el pasillo.       —Ya han llegado—anunció el casero, caminando a lo largo de corredor para abrir la puerta principal.       Me tensé al escuchar las voces extrañas y de inmediato mamá cogió mi mano. Mentiría si dijera que no estaba nerviosa.       —Su dirección no estaba bien escrita—la voz de una mujer de mediana edad retumbó por todo el pasillo. —Nos enredó más que aclararnos.      Una mujer de pelo corto y n***o irrumpió en el salón. Llevaba unas gafas de cristal grueso que agrandaban aún más sus ojos grisáceos y unos pendientes circulares que estiraban sus orejas hasta tal punto que creí que el agujerito le abriría una buena raja. Por cada gesto exagerado que realizada para mirar de un lugar a otro los movía como las aspas de una veleta. En uno de esos movimientos un pendiente golpeó su nariz, pero ni se inmutó.      —¡Habríamos llegado mucho antes sin sus indicaciones!      Vaya, menudo genio. La cosa empezaba bien.      «Yupi…», pensé. Si la madre irrumpía así, no me quería ni imaginar como debía ser la hija.      Pese al descarado análisis que le hizo a toda la estancia, juraría que ni siquiera nos había visto. Eso, o que nos había ignorado tan bien, que ni siquiera nos percatamos de su mirada. En todo caso, parecía darle más importancia al establecimiento en sí que a nosotras. Su ropa era bastante peculiar y diría anticuada. Unos pantalones anchos que remarcaban sus generosas caderas y una camisa con una chaqueta amarilla y roja de los años ochenta.      —Irina, tranquilízate— un hombre de pelo rojizo y salpicado por algunas canas plateadas apareció en el umbral de la puerta y se acercó a su esposa. —Hemos llegado bien. Eso es lo importante, media hora no es nada y el casero ha dicho que no importaba esperar un poco.      —Tiene razón—el casero se rascó la coronilla, intentando mantener la compostura ante el mal genio de aquella mujer. —Han estado cuatro horas en la carretera. El haber llegado sin ninguna complicación es lo que hay que agradecer. Media hora se puede esperar.      —¿Qué media hora se puede esperar? —repitió y le dedicó una mueca que levantó su labio inferior a la altura de la nariz. —¡Ni más faltaba! ¡Hemos llegado tarde por sus malas indicaciones! ¡Esperarnos es lo mínimo que podía hacer! —puso el grito en el cielo y levantó sus brazos con indignación. —¡Cielos santo! ¡Con lo poco que me gusta llegar tarde!      Mamá y yo nos miramos la una a la otra, diciéndonos con la mirada lo que no podíamos decir en voz alta. Preferimos quedarnos en silencio y no intervenir. Tentar la ira de aquella mujer era lo más imprudente que podíamos hacer.        —¿Y donde esta Scarlett? —preguntó, preocupándose por primera vez por la ausencia de la que debía ser su hija. —¡¿Qué está haciendo por ahí sola esa niña?! ¡Scarlett! ¡Ven aquí ahora mismo! ¡No me seas gansa!     Caminó a grandes zancadas hacia el pasillo y se asomó buscando a la que recibía el nombre de Scarlett. No estaba muy acostumbrada a escuchar ese nombre, pero reconozco que me gustó mucho.      —¡¿Qué demonios haces?! ¡¿No ves que no das buena presencia holgazaneando por ahí?!      Una chica de mi edad apareció cabizbaja por la puerta y lo que primero me llamó la atención, fue una preciosa melena pelirroja recogida en una larga coleta. Me agaché un poco para poder verle la cara, pero su cabeza estaba tan gacha y escondida entre sus hombros que no pude distinguir más que un flequillo ocultando sus ojos.      —Lo siento, mamá— murmuró y una melodiosa voz alegró mis tímpanos. Era dulce y diría que tierna y calmada. Nada que ver con la voz de gallo de su madre. —La maleta se abrió en mitad del pasillo y estaba recogiendo algunas cosas que se han esparcido por el suelo.      —Como siempre, dando problemas por todos lados. No te puedo dejar sola ni un segundo… —Irina se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza. —. Entre unos y otros, no hacemos otra cosa que hacer el ridículo. Menudo día llevamos.      La chica se encogió aún más sobre ella misma y una punzada invadió mi pecho.      «Dios mío, pobrecita…»      Era como si cada palabra que saliera por la boca de esa mujer fueran cuchillas para ella. Como si temiera que su madre abriera la boca.      —¡Y mírame a los ojos cuando te hablo! ¡Cuántas veces tengo que repetírtelo!      —S-Sí—la chica dio una encogida y con los ojos cerrados levantó la barbilla permitiéndome al fin conocerla.       Era preciosa. Sus facciones eran finas y delicadas. Su piel era muy blanquita, casi diría que en exceso. Era completamente tersa y sin ningún grano ni imperfección corrompiendo su piel de porcelana. Sus labios eran pequeños pero carnosos y de un color rosado que me pareció adorable. Diría que estaba delgada de más y era un poco bajita, pero ¡quien era yo para hablar! Yo tenía unos kilitos de más por culpa de los croissants.      Noté como mi madre se removía incómoda a mi lado. Me giré hacia ella y vi como se ponía en pie para hacerse notar. La conocía. Ver como aquella madre trataba a su propia hija había tocado su punto sensible.      —No se alarme— dijo mi madre, dibujando una sonrisa amable. —Creo que todos hacemos el ridículo cuando llegamos a un sitio nuevo—se giró hacia mí y me hizo un gesto con la cabeza para que me levantara. —Sino, pregúntaselo a mi hija, han estado a punto de atropellarla cuando solo llevábamos diez minutos en la ciudad.       Las palabras de mamá atrajeron las miradas de todos los allí presentes, en especial la de Irina, quien no tardó ni un segundo en realizar un análisis detallado de mi madre, desde los pies a la cabeza. Su nariz respingona se estiró hacia arriba y una mueca retorcida desfiguró sus labios.      —T-Tiene razón— me puse en pie y acompañé a mi madre. Puede que saliéramos mal paradas presentándonos ante aquella escrupulosa mujer, pero lo que no se podía hacer, era contemplar en silencio como una pobre chica se acobardaba de una forma tan atroz de su propia madre. —Comparado con eso, una maleta abierta no es nada.     Me reí de mi misma y noté como por primera vez Scarlett levantaba la cabeza para mirarme. Sus ojos azules me contemplaron tímidos y a la vez sorprendidos y en cuanto se cruzaron con los míos, los apartó de inmediato hacia el suelo.      —Se ha formado un atasco de mil demonios— me encogí de hombros y levanté mis manos con obviedad, sabiendo que estaba echando pestes de mí misma. Si de esa forma lograra que la tal Irina dejara en paz a su hija y la viera como una santa en comparación con un desastre andante como yo, entonces estaría dispuesta a hacer un sacrifico. Además, aquella mujer no me conocía de nada, ¿qué más daba lo que pensara de mí?       Pensar, no pensó nada bueno y solo hizo falta ver como me miró: como si fuera el sapo más feo de una ciénaga maloliente.       El peso de su escrupulosa mirada cayó sobre mí y pude notar como me traspasaba con sus ojos y escarbaba profundamente hasta ver mis entrañas. Era la típica señora chismosa que se dedicaba analizar cada pelo fuera de lugar y las manchas de comida de una prenda sucia.       —Supongo que debes de ser la muchacha con la que mi hija compartirá piso— dedujo realizando ya su sexto análisis. Seguro que ya había descubierto las alergias que padecía y mi grupo sanguíneo. —Y usted su madre—cambió la trayectoria a su siguiente víctima y debo admitir que lo agradecí fuertemente.     «Los amuletos de la suerte de Rossaline serán de ayuda al fin y al cabo» Aquella señora me habría podido lanzar cinco o seis males de ojo en solo cinco segundos.      —Así es— respondió mi madre, sin perder en ningún momento su sonrisa. —Acabamos de llegar hace apenas unas horas— miró a Scarlett y por instinto me rodeó los hombros con su brazo, como si la tristeza de aquella chica incrementara su instinto materno. —Parece que nuestras hijas iniciarán esta nueva etapa a la vez. El hecho de que las dos comiencen desde cero les servirá de mucho apoyo, ¿verdad que sí, cielo?      Se giró hacia mí, ensanchando más su sonrisa y yo asentí a modo de respuesta.      —No sabría que decirle…— murmuró jugueteando con los anillos de sus dedos mientras nos observaba como si viniéramos de una tribu de la selva amazónica. —Por cierto, disculpará la pregunta, pero ¿dónde está su marido? Me lleva picando la curiosidad desde que las vi— estudió pulcramente la apariencia de mi madre— Porque no me dirán que se les ha ocurrido venir a ustedes solas.      «Vaya. Tema peliagudo»      El agarre de mi madre se volvió más tenso y durante unas milésimas de segundo su sonrisa se crispó. El silencio reinó en todo el salón y el casero no sabía ni donde meterse. El pobre se sentía fuera de lugar, como si no pintara nada allí y eso que era su propio apartamento.       —Lorette y yo vivimos solas—respondió. —Nos hemos apañado bastante bien las dos solas y gracias a dios no hemos tenido ninguna necesidad—la sonrisa de mi madre perdió veracidad y fuerza y la alegría de sus ojos se crispó. —Aunque, le agradezco la preocupación.      —Ah…— fue lo único que se escapó de los labios de aquella arpía. —Pues que pena, la verdad. —Se suponía que aquello era una disculpa entremezclada con compasión, pero sonó tan falsa como las sonrisas de los actores que aparecen en los anuncios de detergentes. —Será viuda, supongo.       «No acaba de hacer eso… Dime que esta bruja no se ha atrevido a pregunta una cosa como esa cuando apenas nos acabamos de conocer» Fruncí mis labios en una fina línea y mis manos se cerraron en puños. La historia de mi padre era privada, era un asunto que solo nos concernía a mi madre y a mí y una desconocida chismosa como la que teníamos delante no tenía por qué meter sus narices en nuestras vidas.      —Perdone mis palabras, pero preferiría no responder a esa pregunta—respondió mi madre con educación. —Es un tema delicado para las dos y no nos gusta hablar de ello.       —Y es completamente comprensible—el padre se decidió a abrir la boca finalmente. —Las pérdidas, sea cuales sean sus motivos, no temas agradables de tratar.    Mi madre asintió intentando mantener la cordura mientras un halo de tristeza inundaba sus ojos azules.      —Disculpe nuestra intromisión— a diferencia de su mujer, el hombre pareció tener un mínimo de respeto.      —No se preocupen— mi madre liberó un suspiro y apartó su brazo de mis hombros. —Intuyo que quieran conocer el ambiente que rodea a mi hija, al fin y al cabo, compartirá espacio con la suya. Es completamente comprensible, yo en su lugar hubiera hecho lo mismo.       —Evidentemente— admitió Irina. —El bienestar de los hijos es lo primero.       Mamá se mordió el labio inferior y realizó un leve asentimiento.       —Le aseguro que mi hija será una buena compañía— certificó mamá. —Puede que no tengamos a un hombre administrando nuestra familia, pero somos buena gente—mamá coló su mano por entre mis dedos y me agarró. —Ahora, si nos disculpan, mi hija y yo nos retiraremos para que el Señor les enseñe el apartamento. Estoy segura de que tendrán muchos asuntos que discutir.      —Señora Bellrosse, le convendría quedarse—dijo el casero. Una vez calmadas las aguas, parecía haber salido de su madriguera. — puede que haya algún que otro detalle que haya podido pasar por alto.      —No se preocupe. Todo lo que necesitábamos ver y conocer de su apartamento está más que claro y estoy segura de que la Señora Irina necesitará toda la atención posible para no dejar escapar ninguno de esos detalles.       Escuché a Irina soltar un pequeño reproche que no logré entender.      —Bueno, en ese caso, como ustedes gusten— el casero nos hizo un gesto con el brazo, señalando la salida. —Si necesitan cualquier cosa o han olvidado algo, ya saben donde encontrarme. Estaré aquí hasta las ocho.      —Muy amable, gracias—se giró hacia el matrimonio de entrometidos y les lanzó una escueta sonrisa que no llegó a sus ojos. —Nos volveremos a ver pronto.      El hombre correspondió a nuestro gesto y nos devolvió la sonrisa. Irina, en cambio, nos lanzó una mirada de superioridad que recorrió todas nuestras entrañas.      —Sí… Hasta luego—realizó una mueca que levantó su nariz de nuevo y luego nos dio la espalda para inspeccionar la estancia.     Miré por última vez a Scarlett y de nuevo, nuestras miradas se cruzaron. Una pequeña sonrisa curvó mis labios y sin siquiera pensarlo, levanté mi mano para despedirme de ella. La vi esconder su cuello entre sus hombros y agachar la mirada avergonzada. Pensé que decidiría ignorarme, sobre todo con la bruja de su madre al lado, pero en cambio, y para mi sorpresa, terminó levantando su mano despidiéndose con una pequeña sonrisa que solo yo pude ver. 
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