Sábanas de seda

1208 Palabras
El banquete había terminado. Los ecos de las copas aún vibraban en el aire cuando dos hombres arrastraron a Kazuo por los pasillos de mármol. Las esposas le mordían las muñecas.


Lo empujaron dentro de la celda que ahora era su “habitación”. Las paredes olían a humedad y rabia contenida.


El guardia cerró la puerta con un sonido metálico que le perforó el pecho.


Kazuo se dejó caer en la silla, los nudillos blancos sobre la mesa de madera. Cerró los ojos e imaginó la escena que estaba a punto de suceder: Sayuri bajo otro hombre. Bajo ese hombre.


La mandíbula se le tensó tanto que sintió la sangre palpitar en las sienes.
—Renjiro… —murmuró con voz rota de odio—. Te juro por la tumba de mi padre que cuando salga de aquí voy a arrancarte el alma.


Golpeó la pared con la frente, dejando una mancha de sudor y rabia.
—Y tú, Sayuri… —susurró entre dientes—. No te atrevas a rendirte a él. No cuando tu cuerpo aún me pertenece.


El eco de sus palabras fue lo único que lo acompañó en la oscuridad.
En el gran salón, Renjiro se alzó con una copa de sake. Los líderes de los clanes lo observaban como si ya llevara el apellido Arakawa grabado en la frente.


—Esta unión no es solo un matrimonio —dijo con una voz firme que llenó la sala—. Es el inicio de una nueva era. Tokio renace esta noche.


Daisuke Takahashi lo miraba satisfecho. Sayuri sostenía la copa, pero no probó ni una gota. Cada palabra le sabía a traición.


Renjiro giró hacia ella, tomó su mano y besó los nudillos frente a todos.
—A mi esposa… el símbolo de mi victoria.


Un murmullo de aprobación se extendió por el salón. Sayuri solo pudo sonreír mecánicamente.


Cuando los últimos invitados se marcharon y el eco de las puertas cerrándose llenó el aire, Daisuke se acercó a su hija.


—El deber está hecho —dijo en voz baja, con la frialdad de un verdugo—. No olvides lo que está en juego.


Sayuri asintió, pero sus ojos estaban perdidos en el vacío.


Renjiro pasó un brazo por su cintura y la condujo hacia las escaleras.
—Ven, esposa mía. Es hora de nuestra verdadera unión.


La puerta de la habitación se cerró detrás de ellos con un eco pesado. La suite estaba bañada en luz tenue, con pétalos rojos esparcidos sobre la cama como si alguien hubiera previsto un sacrificio.


Renjiro soltó el lazo de su corbata con lentitud, dejando caer la máscara de hombre perfecto. Cuando habló, su voz era otra: fría, oscura, llena de poder.


—¿Sabes qué es lo hermoso de esto, Sayuri? —avanzó hacia ella, cada paso un golpe de tensión—. Que ya no tengo que fingir ser el hombre que amas.


Sayuri retrocedió hasta sentir la madera de la cama contra sus piernas.
—Siempre supe que no eras él.


Renjiro sonrió, esa sonrisa torcida que no había mostrado nunca.
—Y aun así, me dejaste tocarte.


La tomó del cuello, no con brutalidad, sino con posesión absoluta.
—Esta noche… serás toda mía. No por amor. Por poder.


El beso fue una invasión. Sus manos desgarraron la tela de su vestido. Los pétalos rojos cayeron como sangre sobre la alfombra.


Sayuri cerró los ojos. No había ternura, solo fuego oscuro.


Renjiro la tumbó sobre la cama, las manos recorriendo su piel como si la reclamara centímetro a centímetro.
—Kazuo está encadenado. Tú estás aquí. ¿Lo sientes? Esta es mi victoria.


Sayuri arqueó la espalda cuando él entró en ella, un gemido ahogado escapando de su garganta. No era placer. Era la conciencia brutal de su prisión.


Renjiro bajó el rostro hasta su oído.
—Dime que soy yo quien vive en tu corazón.


Las lágrimas ardieron en los ojos de Sayuri mientras se aferraba a las sábanas.
—Puedes tener mi cuerpo… —susurró rota—. Pero mi alma y mi corazón siempre serán de Kazuo.


Renjiro se detuvo un segundo. La ira le cruzó el rostro como una sombra. Luego sonrió, helado.
—Entonces te destruiré hasta que no quede nada de ti para darle a él.


El ritmo se volvió más salvaje, desesperado. Sayuri gritó, no solo de placer físico, sino de la mezcla brutal de odio y deseo que la desgarraba por dentro.
Pero Renjiro lo sintió. Lo notó en la rigidez de su cuerpo, en la forma en que no lo abrazaba, en la manera en que sus ojos estaban vacíos.


Se detuvo apenas un instante, mirándola desde arriba, jadeante.
—¿Qué es esto, Sayuri? —su voz era una daga helada—. ¿Ni siquiera puedes fingir que me deseas?


Sayuri apretó los dientes, la respiración temblorosa.
—No… puedo… —susurró apenas, y esa fue la puñalada más profunda.


La sonrisa de Renjiro se deshizo. Con un gruñido animal retomó el ritmo, esta vez con furia, como si quisiera arrancarle una respuesta a la fuerza. Ella no la dio. El silencio de Sayuri fue peor que cualquier insulto.


Renjiro se vino dentro de ella con un gemido quebrado, pero no hubo satisfacción. Solo vacío.


Se apartó de golpe, dejando su cuerpo desnudo temblando sobre las sábanas empapadas de sudor y lágrimas. La miró con una mezcla de desprecio y frustración.


—Ni para coger sirves ahora… —escupió con una risa rota, un eco de locura—. Ni siquiera puedes darme eso.


La agarró del cabello, obligándola a incorporarse.
—Si no eres capaz de pertenecerme a mí, entonces no eres de nadie.


Sayuri apenas pudo cubrirse mientras él la arrastraba por los pasillos silenciosos. Cada paso resonaba como una sentencia de muerte.


Llegaron a la celda de Kazuo. La puerta se abrió con un chirrido metálico.


Kazuo estaba sentado, encadenado, los ojos rojos por el odio y el cansancio. Cuando vio a Sayuri semidesnuda, el cuello marcado, sus puños se cerraron con fuerza brutal.


—¿Qué mierda hiciste? —su voz fue un rugido.


Renjiro sonrió, sosteniendo a Sayuri como si fuera un trofeo roto.
—La tomé. Como tú quisiste tomar todo lo mío.


Empujó a Sayuri dentro de la celda. Cayó de rodillas frente a Kazuo, temblando.


Renjiro se inclinó, disfrutando cada palabra.
—Ahora son tal para cual. La puta frígida y el rey destronado.


Kazuo intentó lanzarse contra él, pero las cadenas lo detuvieron. Renjiro rió con una crueldad que heló el aire.
—Solo cuando quiera follarla vendré a buscarla. Para el resto… puedes mirar cómo se marchita contigo aquí.


Cerró la puerta con un golpe seco. El eco metálico retumbó en las paredes como una sentencia eterna.


Kazuo se agachó frente a Sayuri, le levantó el rostro con manos temblorosas, una mezcla de rabia y desesperación quemándole la garganta.
—¿Qué te hizo, Sayuri? ¿Qué te hizo?


Las lágrimas de ella cayeron sobre sus manos.
—Lo peor, Kazuo… lo peor no fue lo que me hizo. Fue que no pude sentir nada. Ni siquiera odio.


El silencio que siguió fue más brutal que cualquier grito.


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