Otro dia en el paraíso

1554 Palabras
El sonido de las llaves retumbó en el pasillo como un disparo. La celda de Kazuo se abrió con un chirrido metálico, y dos guardias entraron sin mirarlo a los ojos. —Levántate —ordenó uno. Kazuo no se movió. La sonrisa torcida en su rostro era más peligrosa que cualquier arma. —¿Ya es hora de mi ejecución o solo de mi humillación? No respondieron. Lo tomaron por los brazos y lo arrastraron por el pasillo húmedo hasta una sala estrecha. El olor a hierro y moho impregnaba las paredes. Lo lanzaron contra una banca de metal. El agua helada bajaba por su piel como agujas. El chorro era tan fuerte que desgarraba la capa fina de piel sensible. Kazuo mantuvo los ojos cerrados, inmóvil, mientras la presión golpeaba su espalda y el eco del agua llenaba el cuarto de acero. El guardia apagó la manguera y dejó caer una toalla áspera a sus pies. —Sécate. Kazuo bajó la vista, la risa se formó en su garganta, grave, contenida. —Cuando vuelva a tomar el poder —su voz era un filo— voy a arrancarles cada dedo, uno por uno, mientras me tomo un buen whisky. Y cuando termine… sus malditos testículos se los voy a dar a los perros. Uno de los guardias retrocedió instintivamente. El otro tragó saliva. Kazuo se secó con calma, dejando que el agua cayera como si fuera un ritual de guerra. Nada en él era de un hombre derrotado. Todo era la calma antes de la masacre. Cuando abrió la puerta de su habitación, la vio. Una caja negra sobre la cama. La abrió sin prisa, como si ya supiera quién se estaba burlando de él. Un smoking perfecto, seda negra. Y una tarjeta. “Para el hermano que nunca quise… pero que siempre necesitó aprender su lugar.” Kazuo sonrió de lado, una sombra de locura en los ojos. —Bastardo… Se vistió despacio, ajustando la tela sobre su cuerpo. El reflejo en el espejo era imponente: incluso encadenado, Kazuo Arakawa parecía un rey. Un rey enjaulado que planeaba su venganza con cada respiración. Cuando los guardias regresaron, uno soltó una carcajada nerviosa. —Mírate. Hasta esposado pareces listo para matar a todos. El otro le dio una palmada en el hombro. —Sonríe. No todos los días tienes el privilegio de asistir a una boda familiar. Kazuo los miró con una sonrisa lenta que heló el aire. —Ustedes no llegarán a ver el próximo amanecer. Mientras tanto en otra habitacion estaba Sayuri. El kimono blanco caía como un velo de nieve sobre su piel. Las sirvientas hablaban entre murmullos, pero Sayuri solo veía su reflejo. Esa no era una novia. Era una prisionera disfrazada de ofrenda. El labio inferior le tembló apenas. ¿Y si todo terminaba aquí? ¿Si aceptaba que el amor era solo otra forma de guerra? Una de las sirvientas ajustó la tela sobre sus hombros y susurró: —Es usted tan Bella. Sayuri respiró hondo. No. Nunca había estado lista para ser sacrificada. Al mismo tiempo en el ala mas retirada de la mansion estaba Renjiro. El cuarto de guerra olía a poder. Renjiro estaba rodeado de hombres que esperaban sus órdenes. Sobre la mesa, los mapas de Tokio brillaban bajo la luz tenue. —Hoy —dijo sin levantar la voz— Tokio cambiará de dueño. El sirviente entró y bajó la cabeza. —Todo listo. Renjiro asintió, ajustando sus gemelos de plata. Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa. Era ya momento de iniciar el matriminio y con el tres vidas estaba apunto de cruzarse, tres caminos que llevaban al mismo destino. En la habitación de Sayuri, una voz suave rompió el silencio: —Es hora, señora. En la celda de Kazuo, el guardia repitió las mismas palabras: —Es hora. En el despacho de Renjiro, el sirviente hizo la última reverencia: —Es hora. Tres destinos. Un solo hilo invisible tensando la atmósfera. El mundo se detuvo cuando Sayuri dobló la esquina. El pasillo estaba vacío, excepto por él. Kazuo, de pie, impecable en su smoking n***o, las esposas brillando en sus muñecas. No parecía un prisionero. Parecía un emperador antes de la masacre. Los guardias que lo custodiaban se hicieron a un lado. Nadie se atrevía a interponerse. Sayuri tragó saliva. El sonido de sus propios pasos sobre la madera le taladraba el oído. —Así que vas a casarte con él —la voz de Kazuo era baja, rasgada, llena de veneno contenido. —No me dejas otra opción —contestó, aunque su garganta quemaba. Él avanzó un paso. A pesar de las cadenas, su presencia era una fuerza viva. La tomó de la muñeca con un movimiento seco. —No te atrevas a mirarme como si fuera un extraño —su voz fue un susurro mortal—. Cuando vuelva por ti, Sayuri… no vas a vestir blanco. Sera de rojo como si sangraras para mí. El aire se quebró. Sayuri cerró los ojos por un instante, odiándose por el escalofrío que recorrió su espalda. —No hay vuelta atrás, Kazuo. Él sonrió, lento, peligroso. —Para ti… nunca la hubo. Los guardias los separaron, pero la mirada entre ellos siguió clavada, como un hilo invisible que los ahogaba a ambos. Ya en la boda las puertas del salón se abrieron y el murmullo de cientos de voces cayó en silencio. Sayuri avanzó entre los invitados, cada paso un peso de plomo. Los líderes de los clanes observaban, conscientes de que no presenciaban una boda, sino una transacción de poder. Renjiro esperaba al final, impecable en su traje gris oscuro. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos brillaban con algo más: victoria. Al fondo, Kazuo entró esposado, custodiado como un animal salvaje. Sus ojos se clavaron en Sayuri, ignorando todo lo demás. Cuando ella llegó al altar, Renjiro le ofreció la mano. Sus dedos se tocaron, y Kazuo apretó las cadenas hasta sentir la carne abrirse. El sacerdote comenzó a hablar, pero las palabras eran ruido. El verdadero diálogo ocurría en las miradas: Sayuri temblando bajo la máscara de novia; Renjiro sosteniendo su papel de amante perfecto; Kazuo ardiendo como una bestia enjaulada. —¿Aceptas, Sayuri Takahashi, unir tu vida a la de Renjiro Arakawa Ashford…? El eco de la pregunta flotó en el aire. Sayuri abrió la boca, pero no pudo responder. Fue Kazuo quien habló. Su voz atravesó el salón como una bala. —Si ella dice que sí, yo juro que el día que salga de estas cadenas… voy a arrancarle el corazón a cualquiera que la toque. El silencio fue absoluto. Los guardias intentaron callarlo, pero Renjiro levantó la mano, disfrutando la escena. —Qué romántico, hermano —dijo con frialdad—. Lástima que tus juramentos ya no significan nada. Kazuo rió, bajo, peligroso. —Tú eres una sombra con la cara de otro hombre. Y Sayuri lo sabe. La novia tembló. Las palabras fueron como un cuchillo entre las costillas. Renjiro se inclinó hacia ella, susurrando para que solo ella escuchara: —Respóndeles, o la sangre de Kazuo se derrama aquí mismo. Sayuri cerró los ojos. Sus labios pronunciaron un “Sí” que sonó como una sentencia de muerte. salón explotó en aplausos contenidos. Las alianzas se consolidaban con cada palmada. Kazuo bajó la cabeza un instante, la sombra de una sonrisa torcida. Luego levantó la vista y la atravesó con sus ojos. —Aun eres mía de una forma que ninguno de estos bastardos entiende. Renjiro se giró hacia él. —No, hermano. Ahora ella es el arma que acabará contigo. El ambiente se tensó. Los invitados sintieron que estaban presenciando el inicio de una guerra disfrazada de boda. Horas después, el salón estaba lleno de copas y murmullos políticos. Sayuri caminaba como un fantasma entre los invitados. Renjiro a su lado, la mano sobre su cintura, el gesto perfecto de esposo devoto. Kazuo, encadenado a una silla al fondo, bebía vino con la calma de un verdugo esperando su turno. Sayuri lo miró una vez, solo una. Ese cruce de miradas incendió todo. Renjiro lo notó. Sus dedos apretaron la cintura de Sayuri. —Esa mirada te va a costar cara, mi amor. Kazuo se levanto de la silla camino hacia ellos y con la voz grave le dijo a sayuri. —Si crees que vas a cogerte su recuerdo y llamarlo amor… entonces eres más débil de lo que pensé. Sayuri no supo que decir, en su lugar Renjiro se levantó. La silla golpeó el suelo. En segundos, el salón entero contuvo la respiración. —Acércate y prueba si sigo siendo débil con las manos alrededor de tu cuello —escupió. Kazuo sonrió. —Hazlo. Y cuando te maten por tocarme, ella sabrá que siempre fuiste un peón con la cara equivocada. Sayuri se interpuso, el corazón a punto de estallar. —¡Basta! La tensión era tan densa que parecía cortarse con un cuchillo. Renjiro volvió a sentarse, pero la sonrisa que le dirigió a Sayuri ya no era amable. Era un recordatorio: Eres mía o me destruyo contigo. Kazuo bebió un último sorbo de vino. —Esta guerra acaba de empezar. El eco de esas palabras retumbó en la sala, marcando el inicio del verdadero infierno.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR