El nuevo rey

1230 Palabras
El olor metálico de la sangre todavía impregnaba la habitación cuando Sayuri abrió la puerta. La luz tenue bañaba el cuerpo herido de Renjiro. Estaba pálido, pero sus ojos seguían ardiendo con esa mezcla inquietante de ternura y algo más peligroso.


—Te ves… viva —murmuró él, su voz ronca.


Sayuri se detuvo frente a la cama. No sabía por dónde empezar. El peso de las palabras que llevaba en la boca se sentía como un cuchillo que debía clavar en alguien, pero no sabía en quién.


—El divorcio… —respiró hondo—. Ya es oficial.


Los labios de Renjiro se curvaron apenas.
—Más rápido de lo que esperaba.


Sayuri asintió, sus manos jugando nerviosas con la seda de su vestido.
—El consejo ya decidió. Eres el nuevo líder de los Arakawa.


El silencio se espesó un instante. Renjiro se incorporó despacio, a pesar del dolor. Tomó la mano de Sayuri, sus dedos fríos atrapando los de ella.
—Y tú… serás mi esposa.


Sayuri no respondió. Esa palabra le pesaba como una cadena.


Renjiro acercó su rostro al de ella.
—¿Sabes qué significa esto, Sayuri? Por fin vamos a dejar de pretender.


La miró como si fuera un milagro. Como si toda su vida hubiera estado esperando ese momento. Sayuri tragó saliva. No era amor lo que sentía al verlo así. Era algo más triste: nostalgia. El eco de Reiku.


—Renjiro… —susurró, pero no supo qué más decir.


Él sonrió, un gesto casi dulce.
—No te voy a perder como él lo hizo. Yo sé cómo amarte.


Las palabras la atravesaron como cuchillas envueltas en terciopelo. Sayuri quiso reírse, pero lo único que salió fue una sonrisa rota.


—¿Amar? —murmuró—. No sabes ni lo que significa.


Renjiro inclinó la cabeza, su mano subiendo por el brazo de ella hasta su hombro desnudo.
—Entonces déjame enseñarte.


La seda del vestido cayó como agua a sus pies. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de deseo y algo más oscuro. Renjiro deslizó los dedos por la piel de Sayuri, como si tocara una reliquia.


—Eres mía —susurró contra su cuello.


La tumbó en la cama con una suavidad peligrosa. Sus labios recorrieron cada curva, cada cicatriz invisible. Sayuri cerró los ojos cuando sintió la lengua de Renjiro bajando, trazando caminos húmedos hasta su centro.


El gemido escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo. El placer era real, pero vacío. Una caricia que no llenaba nada.


Renjiro separó sus piernas y la devoró con la boca, succionando con una devoción casi religiosa. Sayuri se arqueó, el cuerpo traicionándola, pero en su mente apareció una sombra. No era la de Renjiro. Era la de Kazuo, con su mirada dura y posesiva, con su voz gruñendo amenazas entre jadeos.


—Dímelo… —la voz de Renjiro era un susurro áspero—. Dime que me deseas.


Sayuri abrió la boca, pero solo salió un suspiro roto. Cuando él la penetró, lo hizo con un ritmo lento al principio, después más rápido, como si quisiera grabar su nombre dentro de ella.


El sudor caía en gotas pesadas sobre su piel. Renjiro sujetó sus muñecas contra la almohada, bajando el rostro hasta que sus ojos se encontraron.
—Mírame.


Sayuri lo miró… y vio a Kazuo. Sintió un fuego repentino, brutal, no por el hombre que la llenaba ahora, sino por el que la había destruido.


El orgasmo subió como una ola… hasta que se quebró. Un sollozo escapó de sus labios.
—No eres él…


Renjiro se detuvo, el cuerpo tenso.
—¿Qué dijiste?


—No eres él.


Sayuri apartó la vista, lágrimas calientes desbordando. El placer murió en un silencio cruel. Renjiro se apartó lentamente, sus manos temblando, y ella giró el rostro, cubriendo sus ojos con las manos. No podía hacerlo. Ni siquiera cuando Reiku vivía en ese rostro prestado, podía arrancar a Kazuo de su piel.
Renjiro se quedó inmóvil, los músculos tensos, pero su voz salió suave, controlada.
—Está bien —susurró, acariciándole el cabello como si no le doliera—. No voy a presionarte, Sayuri.


Ella lo miró, rota, con lágrimas en los ojos. Se inclinó y rozó sus labios con los de él, apenas un beso tembloroso.
—Gracias… por entenderme.


Renjiro asintió, con esa misma calma impostada, viéndola alejarse mientras su perfume quedaba flotando en el aire.


En cuanto la puerta se cerró, el silencio se volvió una jaula. La sonrisa de Renjiro se quebró en un rictus de odio.
—Maldita… —escupió entre dientes, golpeando la cabecera con el puño—. Maldita sea, Sayuri.
El eco de su furia llenó la habitación mientras su máscara de hombre bueno se desmoronaba
« Il me suffit que tu m’épouses… pour que je prenne le contrôle absolu de tout Tokyo. Et ce jour-là… tu pourras pourrir en enfer, avec Kazuo. » .


Cuando Sayuri se retiro de ka habitacion de Renjiro el decidio hacer una visita nocturna. Las rejas crujieron cuando Renjiro entró en la celda donde Kazuo estaba encadenado. Sus pasos eran tranquilos, su sonrisa demasiado calmada para no ser una amenaza.


—Kazuo —saludó con voz baja—. Vengo de tener una noche fascinate con tu esposa. 


Kazuo levantó la cabeza, sus ojos negros llenos de odio.


Renjiro se acercó hasta casi rozar su cara.
—Es deliciosa cuando se entrega. Sabes qué dijo? Que conmigo es más fácil olvidar que alguna vez te amó.


Kazuo no dijo nada. Sus puños se apretaron tanto que la sangre se mezcló con el metal de las cadenas.


—En dos días nos casamos —continuó Renjiro, disfrutando cada palabra—. Te invito a la boda. Tal vez puedas escucharla gemir mi nombre desde aquí.


Una carcajada suave salió de sus labios antes de dar media vuelta y salir. Kazuo se quedó en la oscuridad, con el odio y el deseo fundidos hasta ser lo mismo.
Un guardia intercepto a Renjiro en el pasillo de la mansion, Daisuke solicitana su presencia y era urgente.
El despacho de Daisuke Takahashi olía a pólvora aunque no hubiera armas a la vista. El viejo yakuza lo miraba con esa frialdad de quien lleva demasiadas guerras encima.


—No te confundas, bastardo —dijo Daisuke con voz áspera—. Esta oportunidad que tienes no es para ti. Es para mi hija.


Renjiro sonrió apenas, inclinándose como si fuera respeto.
—No me malinterpretes. No me caso con Sayuri porque te deba algo. Ni porque quiera salvar a tu clan. Lo hago porque me pertenece.


Los ojos de Daisuke se estrecharon.
—No olvides quién permitió que respiraras.


Renjiro se inclinó un poco más, su voz bajando hasta convertirse en filo.
—Y no olvides quién puede hacer que todos aquí dejen de respirar.


El silencio se rompió como vidrio. Por primera vez, Daisuke comprendió que Renjiro no era solo un bastardo útil. Era un monstruo que se estaba dejando ver.


Esa noche, Sayuri se sentó sola en la habitación. El kimono cubría sus hombros, pero no podía cubrir la sensación de suciedad y vacío que le había dejado Renjiro.


No era amor. No era deseo. Era un eco. Y en el centro de ese eco, un nombre quemaba como fuego en su pecho: Kazuo.
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