El olor a pólvora todavía flotaba en la mansión. Las paredes parecían respirar guerra. Sayuri apenas veía. Sus manos estaban rojas. Su garganta dolía de tanto gritar, pero no paraba.
—¡Ayuda! —la voz salió rota, más un gemido que un grito.
Renjiro estaba tirado sobre el tatami, la camisa empapada de sangre. El proyectil había entrado limpio, en un lugar calculado para no matar, pero el cuerpo humano no entiende de estrategias: la sangre huía de él igual que si fuera una herida mortal.
Sayuri presionaba la tela húmeda con ambas manos.
—No te atrevas a morir —murmuraba, apenas un hilo de voz—. No me dejes con él.
Renjiro abrió los ojos, una mueca débil en sus labios.
—Yo… no planeaba… hacerlo.
Las lágrimas le nublaron la vista. No sabía si eran por él, por Kazuo o por la guerra que acababa de estallar.
Cuando levantó la cabeza, la mansión ya no era de los Arakawa. Hombres con los colores Takahashi llenaban los pasillos. El rugido de los motores afuera era un funeral para todo lo que conocía.
Kazuo estaba de pie, aún con el arma en la mano, cuando escuchó pasos firmes. Daisuke Takahashi apareció entre el humo y el caos, impecable a pesar de la violencia que había desatado. Sus ojos, fríos como el acero viejo, se clavaron en él.
—Perdiste, muchacho.
Kazuo no respondió. Solo bajó el arma con calma y la dejó caer sobre el tatami manchado.
—Siempre fuiste arrogante —continuó Daisuke, caminando despacio—. Creíste que por ser joven, por tener fuerza, podrías compararte conmigo. —Se detuvo frente a él—. Pero no puedes matar experiencia con músculo. Esta batalla nunca fue tuya.
Kazuo sostuvo su mirada. No había miedo. Solo esa furia contenida que siempre lo definía.
—No he perdido. Mientras respire, no he perdido.
Daisuke sonrió apenas.
—Respira lo que quieras detrás de las rejas que tú mismo cavaste.
Dos hombres lo sujetaron por los brazos. Kazuo no opuso resistencia. No iba a darles el placer de verlo caer. Su dignidad era lo último que le quedaba.
Lo llevaron al salón principal convertido en prisión improvisada. Sayuri estaba ahí, arrodillada junto a Renjiro mientras los médicos improvisados lo atendían. Cuando vio a Kazuo, su corazón dio un vuelco extraño: odio, dolor, amor maldito todo mezclado en una sola punzada.
Kazuo la observó unos segundos. No había suavidad en su voz cuando habló:
—No sabes cuánto me arrepiento.
Sayuri parpadeó, confundida.
—¿Arrepentirte… de qué?
—De haber pensado… —su voz era un filo contenido— que podía amarte. De haber dejado que tu nombre… que tu piel, tu maldita risa… tocaran algo más que mi odio. Si pudiera arrancarte del corazón y el alma, lo haría ahora mismo.
Las lágrimas de Sayuri quemaron su rostro.
—No digas eso…
Kazuo sonrió, una mueca amarga.
—Le vendería el alma al diablo si eso significara no sentir nada por ti. —Se inclinó apenas hacia adelante, sus ojos negros fijos en ella—. Y no solo lo haría. Le pagaría doble.
Sayuri se levantó, tambaleante, como si sus piernas no quisieran obedecer. Caminó hasta quedar frente a él.
—Kazuo…
Cuando intentó tocarlo, él apartó el rostro.
—No. —Su voz fue un látigo seco—. Desde mañana procederemos con el divorcio.
Las palabras la atravesaron como una bala. Por un momento, el ruido de la mansión desapareció. No hubo gritos ni guerra. Solo ese vacío cayendo sobre ambos.
Horas después, cuando Renjiro fue trasladado y Kazuo encerrado en una de las habitaciones fortificadas, Sayuri caminó como un fantasma hasta el despacho de su padre. Daisuke estaba sentado, sirviéndose sake con manos firmes.
—Pensé que esto… me liberaría —dijo ella, apenas audible.
—¿Liberarte de qué, hija? —la voz de Daisuke era tranquila, casi paternal.
Sayuri levantó los ojos.
—De él. De este matrimonio. De esta guerra. Pero ahora… no sé si corté las cadenas o me até más fuerte.
Daisuke la observó en silencio unos segundos, luego dejó el vaso en la mesa.
—El amor y el odio son armas iguales. Pero solo una de ellas te mata desde dentro.
Sayuri bajó la mirada.
—No sé cuál de las dos siento por Kazuo.
—Yo sí —respondió Daisuke, frío—. Y por eso, si quieres sobrevivir, tendrás que enterrarla.
Sayuri levantó la vista, confundida.
—¿Enterrar… qué?
—El amor que sientes por Kazuo.
Su padre apoyó los codos en la mesa, la mirada afilada como una cuchilla y dijo:
—El reinado de Kazuo terminó esta noche. —Su voz no tembló ni una vez—. Cuando Renjiro se recupere, tomará su lugar como cabeza del clan Arakawa. Y tú… —esbozó una sonrisa que no tenía nada de cálida— te casarás con él.
Sayuri sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—Total, ese bastardo es el que te interesa más, ¿no? —Daisuke inclinó apenas la cabeza, estudiando la expresión de su hija como si midiera una pieza de ajedrez—. Por fin tendrás lo que quieres.
El corazón de Sayuri se apretó. Una parte de ella gritaba que no, que no era lo que quería. Otra… no sabía qué responder.
Su padre la miró con frialdad.
—Prepárate. En esta guerra no hay lugar para el amor. Solo para los vencedores.
Sayuri tragó saliva, incapaz de decir nada. Por primera vez, no sabía si estaba a punto de ganar… o de perderse para siempre.
En otra parte de la mansión.
Kazuo estaba sentado en la oscuridad. La habitación no tenía ventanas. Solo un tatami viejo y las sombras acompañándolo. Cuando la puerta se abrió, no levantó la cabeza.
—¿Vienes a terminar de matarme? —dijo, sin mirar.
Sayuri entró, cerrando la puerta tras de sí. El silencio pesó entre ellos.
—No puedo verte así.
Kazuo soltó una risa baja, rota.
—Así es como siempre debí estar. Un demonio en una jaula. ¿Sabes por qué tu querido Renjiro sigue vivo? Porque mi padre me encadenó con sus malditas reglas. Nunca pude hacer lo que quería con él.
Sayuri apretó los puños.
—Yo no pedí esto.
—Y yo tampoco pedí amarte. —Kazuo levantó la mirada. Sus ojos estaban húmedos, pero no de debilidad. De rabia—. Pero lo hice. Y ahora voy a arrancarte de mi vida aunque tenga que desangrarme para lograrlo.
Sayuri dio un paso, luego otro.
—Si de verdad quisieras… ya me habrías dejado. Pero no puedes, Kazuo. Y eso es lo que más te destruye.
El silencio se estiró como una cuerda tensa entre ellos. Kazuo no respondió, pero sus ojos oscuros la perforaban como si quisieran arrancarle la verdad que ella llevaba clavada en la garganta.
Sayuri cerró los puños, tragando saliva.
—Hay algo que tienes que saber.
Kazuo arqueó una ceja, apenas inclinado hacia adelante.
—¿Qué más podría quitarme esta noche, Sayuri?
—Mi padre… —su voz tembló, pero siguió— y los clanes ya decidieron. Cuando Renjiro se recupere, él tomará tu lugar como cabeza de los Arakawa.
La habitación pareció encogerse.
—Y yo… —las palabras le dolían al salir— me casaré con él.
El aire se volvió pesado, casi irrespirable. Kazuo la miró como si acabara de apuñalarlo en el corazón. No hubo gritos, no hubo furia inmediata. Solo ese silencio brutal que precede a una tormenta.
—¿Te casarás con él? —preguntó, cada palabra goteando veneno.
—No es mi decisión… —intentó decir, pero la voz se le quebró—. Es la guerra. Es mi padre.
Kazuo se inclinó hacia ella, las manos atadas pero la presencia igual de devastadora que en libertad.
—No. Es tu castigo. —Su voz era baja, peligrosa—. Y si te atreves a pararte frente a mí con su nombre en tus labios… me encargaré de que desees haber muerto junto a tu querido Renjiro.
Sayuri sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Quiso hablar, justificar, explicar que nada de esto era amor por Renjiro. Pero no pudo. Porque en ese momento, los ojos de Kazuo no eran los de su enemigo… eran los de un hombre roto que, por primera vez, sangraba por dentro.
—Vete —susurró.
Ella no se movió.
—No voy a dejarte aquí.
—Entonces quédate. Y mírame convertirme en el monstruo que tanto dices odiar.
Cuando salió de la celda, Sayuri sintió que ya no era la misma mujer que había entrado a esa mansión como esposa trofeo. El divorcio era una palabra que quemaba, pero peor era la imagen de Kazuo diciéndole que vendería su alma para no amarla.
La guerra había comenzado. Y ahora, por primera vez, Sayuri no sabía si quería ganarla… o perderla a propósito.