El eco de los disparos aún resonaba en las paredes de Osaka. El hotel, que horas antes había sido escenario de alianzas y sonrisas de cristal, ahora era un mausoleo de poder roto. La sangre manchaba las alfombras de terciopelo y el olor metálico se mezclaba con el incienso barato de las lámparas. Los líderes de los clanes estaban de pie, formando un círculo tenso. Sergei Volkov, el jefe de la Bratva rusa, fumaba lentamente, sus ojos azules como cuchillas. Han Soo-jin, el líder de la mafia coreana, mantenía los brazos cruzados, su expresión impenetrable. —El trono Arakawa está vacío —murmuró Volkov, con voz grave. —Vacío no —corrigió Han, apenas moviendo los labios—. Está cubierto de sangre. Y donde hay sangre, siempre habrá guerra. En la mandion Arakawa, las puertas de la sala se abrieron.

