La costa de Hokkaido estaba cubierta de neblina. Un barco mercante ruso se deslizaba como una sombra sobre el mar helado. Nadie sabía lo que cargaba, ni siquiera los propios hombres que lo custodiaban. En el fondo de la bodega, sentado en una silla metálica con las muñecas vendadas, estaba Kazuo Arakawa. Su cuerpo aún no estaba completamente recuperado. Cada cicatriz de Osaka era un mapa de guerra. Pero sus ojos… sus ojos tenían el brillo del acero cuando ya ha probado sangre. Sergei, el líder ruso, bajó las escaleras con su imponente figura. —Tokio está esperando tu furia, Arakawa —dijo con su acento pesado. Kazuo no sonrió. Solo se puso de pie, cada músculo tenso. —No. Tokio está esperando que lo queme todo. Subió a cubierta. El viento le cortó la piel, pero no sintió frío. En su mente,

