EPÍLOGO La sangre es caliente al principio. Luego se enfría, como si la vida se escurriese y dejara solo el eco de lo que fui. No veo nada. No escucho nada. Solo siento el peso de todo lo que cargué desde que nací. Y pienso: Así termina todo. No en gloria, no en trono, no en amor. Termina en silencio. Nací de una noche prohibida. No recuerdo el rostro de mi padre la primera vez que lo vi; lo que sí recuerdo es la voz de mi madre, quebrada pero llena de una fuerza que nunca entendí hasta que la perdí. Ella me decía que el mundo era cruel, pero que mientras me tuviera en brazos, nada podría rompernos. Y yo, niño ingenuo, le creí. Recuerdo el olor a lavanda en su cabello. Recuerdo sus manos temblorosas acariciando mi rostro. Y recuerdo, con la misma claridad, el sonido de sus pasos apresurad
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