Epílogo. LA VOZ DEL DRAGÓN

1732 Palabras

Cuando era niño, no entendía por qué el mundo me odiaba antes de siquiera pronunciar mi nombre.
La primera vez que escuché la palabra Arakawa no fue de mi madre, fue de un hombre que escupió la sangre de otro en el suelo y dijo:
—Ese niño… será nuestra maldición o nuestra salvación.
Yo tenía seis años. Y ya olía a pólvora y a miedo.
Mi madre, Aiko, era el único lugar donde el frío no me tocaba. Recuerdo su voz susurrándome canciones antiguas que nunca escuché en labios de nadie más. Ella no hablaba de poder ni de clanes. Me enseñó a leer mirando estrellas y a pelear mirando mis manos.
—No porque quieras —me decía— sino porque un día no tendrás elección.
Ese día llegó cuando yo aún tenía las manos de un niño y el alma de alguien que ya había visto demasiado.
La puerta de nuestra casa se abr

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