Al descender del coche, Ulises baja primero, y luego ayuda a Miranda, que mira con curiosidad y algo de asombro el paisaje. La señora Greta, los esperaba en el porche con una sonrisa amable. Su español tenía un leve acento suizo que resultaba encantador. —Bienvenidos nuevamente—dijo con calidez—. Pasen, los estaba esperando. El fuego ya está encendido y he preparado la cena. Miranda sonríe, agradecida, y Ulises le devuelve la cortesía con un leve asentimiento. No era muy dado a confiar en cualquiera, pero Rosa y su hijo, inspiraba algo parecido a un hogar. —Gracias, Greta. Dentro, el calor los envolvió como una manta. El crepitar del fuego en la chimenea llenaba la sala de un sonido apacible. Los muebles eran rústicos pero acogedores. Sobre una mesa de roble había pan recién horneado,

