—Para guardar cosas de valor. No seas tan chismoso y consígueme un trago.
El guarda espalda camina hasta un pequeño bar que está dentro de la habitación y toma del mueble una botella de Tequila, y le sirve una copa a su jefe. Por su parte Antonio entra en la caja fuerte y comprueba de que es bien grande. Vuelve a salir y ve que su guarda espalda lo está esperando con la copa de licor, y un poco boquiabierto.
—¿Qué?—pregunta Antonio con el ceño fruncido, y le recibe la copa a su empleado.
—¡Nada, nada jefe!
―Nunca insinúes para nada delante de Ernesto, lo afeminado que es su hijo, porque éste es capaz de sacarnos en bolsas plásticas y hechos añicos, de su casa—bebe un buen trago de Tequila—. Se me había olvidado decirte… Por ninguna razón mires a su hija directo a los ojos. Es muy celoso con ella.
―¿Verdad?―y el guarda espalda arquea el entre cejo.
―¡Ya te digo! Con decirte que una vez le cortó la lengua a un hombre, porque éste le piropeó a su hija. Te lo digo porque sé que la vas a mirar quieras o no, cuando no las presenten. Es muy linda. ¡Qué bueno está este tequila!―agrega después de beber otro trago y extiende la copa para que su hombre de confianza se la vuelva a llenar.
―Aunque con las modelos que nos recibieron, para que nos vamos a estar metiendo en problemas ¡Ja,ja,ja⸺agrega el guarda espalda del capo mexicano.
Un nuevo sol alumbra a ese lado del planeta. En la finca del mayor narcotraficante de Colombia, hay mucho movimiento. Llegan furgonetas, camiones, autobuses cargados con todo lo que aquella fiesta necesita. El gran chef llega en una Chevrolet Suburban LTZ de color negra. Pero la tuvo que dejar en un parqueadero enorme que hay en la entrada de la finca, igual que los demás vehículos, es la orden que ha dado Ernesto Malos.
La gran puerta eléctrica hecha en puro acero inoxidable se abre para que el cocinero profesional y todo sus colaboren, entren. Entre los meseros van los hombres del “tuto”. Dos de ellos ayudan a bajar unos pequeños carros que transportan las comidas, hasta la cocina. En uno de esos carritos va camuflado “papá pitufo”, quien lleva dos frascos con veneno y un artefacto explosivo. De inmediato el jefe de seguridad de Ernesto Malo, a quien se le conoce con el alias de “cara e piña”, tal vez por su problema de acné, manda a que todos esos recién llegados y las cosas que traen, sean requisadas. Del sitio se apoderó un silencio que solo es interrumpido por el silbido de la suave brisa antioqueña, y el motor de la puerta, que en ese momento se está cerrando.
De los hombres del “tuto” se apodera el nerviosismo y la incertidumbre. Piensan que los van a descubrir, y ahí mismo a ejecutar.
―¡Ay mamacita, ya nos levantaron fue a balas!―piensa en voz baja “papá pitufo” en su escondite.
El gran chef sabe que tiene qué hacer algo, pero por un momento se bloquea, y no sabe qué hacer ni que decir para evitar la requisa.
Revisen ese carrito—ordena “cara e piña”, y es precisamente el carrito donde va escondido “papá pitufo”.
Pero cuando uno de los hombres de Ernesto Malo se acerca al carrito, a el chef se le enciende el bombillo.
― ¿¡Pero qué haces!?—le da un empujoncito al hombre que está a punto de revisar el carrito—. ¡La comida hay que entrarla de inmediato!―y se coloca como escudo entre los meseros y los hombres del “malo”.
―¡Me importa un bledo la comida!—dice “cara e piña” y se le acerca al chef, mientras se pasa la radio de comunicación de una mano a la otra—. ¡He dicho que a todos se les va a requisar!― e intenta apartar al chef.
― ¡Y yo te digo que tú no pones una mano en mi comida! Esto trae una cadena de enfriamiento y no se puede romper. Si quieres requísalos a ellos, pero no a mi comida.
―Que te quites del medio y me dejes hacer mi trabajo―le repite “cara e piña” y empuja al chef.
―¡Déjalos pasar!—todos miran al dueño de aquellas palabras, y se dan cuenta de que es Ernesto Malo— ¡Son de confianza!
Él está sobre un hermoso caballo blanco, que acerca hasta los que discuten. Por pura casualidad se está dando un paseo en caballo, y llegó por esos lares.
―¡Hola Ernesto! ¡Gracias! ¡Luego te paso unos sushis muy deliciosos, como te gustan!―responde el cocinero sonriendo—. ¡Muy hermoso caballo!
―¡Muy bien Sandro! ¡Entra, Estás en tu casa!―responde el mafioso y regresa galopando hasta los establos.
El chef mira al responsable de toda la seguridad de la finca y le tuerce los ojos. Los meseros y las demás personas lo siguen. Los hombres del “tuto respiran tranquilos.
―¡Ordinario, vulgar! ¡Me encargaré que no pruebes mi comida! ―sigue descargando su rabia Sandro, sobre “cara e piña”, antes de abandonar la entrada de la finca.
―¡Psss! ¿Hey?―es “papá pitufo” quien intenta llamar la atención de su compañero.
―¡Cállese carajo! Lo van a descubrir―responde el que lo transporta, muy despacio para no ser escuchado por los demás meseros.
― ¿Eres tú “pato”? ¡Me estoy meando!
―¡Sí, soy yo! ¡Aguante cómo los varones, y cállese!⸺ alias “pato” empuja y mira para todos los lados.
―Voy a salir, así me peguen un tiro. ¡No aguanto las ganas de hacer pipí! Con susto y el frío que hace aquí, me han dado más ganas.
― ¡Si sale yo mismo se lo pego! Pero no un tiro, si no que le vacío el proveedor―y no deja de mirar a las demás personas―.Yo le aviso cuando pueda salir, ahora guarde silencio. ¿Me escuchó?⸺y no levanta la cabeza esperando escuchar la respuesta de su cómplice. Pero “papá pitufo no responde―. ¿Le pregunté que si me escuchó?―y vuelve a mirar para todo los lados. Pero el hombrecito sigue sin responder.
Extrañado de no recibir respuesta, alias “pato”, decide erguir el cuerpo porque se ha cansado de ir en esa posición. También piensa que su amigo se ha tranquilizado, y va a esperar la oportunidad para buscar un baño.
Pero a pocos metros de alcanzar la gran mansión, lo interrumpe una voz―¡Compañero!
”Pato” se gira y ve que lo está llamando uno de los meseros―. ¡Sea lo que lleva ahí, está botando agua!—y “pato” mira y el líquido regado en el suelo.
―¡Debe ser el hielo que se está derritiendo!―responde “pato” y sigue empujando el carrito.
―¿Pero qué clase de hielo es? ¡Huele a pipí! Eso es que esa comida se está dañando. ¿Por qué no llama a chef Sandro?
―Usted tranquilo parcero, que yo me encargo de esto. Vaya a lo suyo ¡No sea tan sapo! ¡Vaya, vaya!―y “pato” casi que electrocuta con la mirada.
El hombre se retira un poco amedrantado, mientras que alias “pato” le pide a uno de sus supuestos compañeros, que limpie aquel líquido. Se vuelve a inclinar un poco y dice:
―¡Oye pedazo de puerco! ¡Te measte!
―Yo le dije que no aguantaba. Y si me dan ganas de hacer caquita, hago lo mismo—es lo que responde “papá pitufo”.
Todo el personal entra a la gran vivienda, muchos quedan pasmado al ver tantas suntuosidades. El chefs, sin perder tiempo, se pone a elaborar sinnúmeros de platos exquisitos. Los deliciosos olores desfilan por toda la mansión sin parar, y más de uno inhala profundo y disfruta de ese placentero olor. Después de muchas horas, y cuando toda la comida está lista, el chefs Sandro se las arregla para sacar a todos de la cocina. Es el momento para que “papá pitufo” salga de su escondite y envenene la comida. Pero resulta que el hombrecito se ha quedado dormido. Luego de casi diez minutos de estar durmiendo, se despierta. Lo malo es que ya es tarde para contaminar toda la comida, pero aun así echa el veneno en uno de los cientos de bandejas, que contienen tacos mexicanos. Escucha que se acerca la gente y vuelve a meterse en su escondite. Pero antes coge comida y unas cervezas. Destapa una de las cervezas con los dientes y bebe un buen trago. La saborea como si fuese un caramelo y se da cuenta que algo se le ha olvidado hacer.
― ¿Qué otra cosa tenía que hacer?―cavila en voz baja―.¡Mierda! ¡La bomba! Si no me mata “el malo” me mata el “tuto”―y mira el artefacto explosivo―.¿Ahora qué hago yo con esto?
Llega la hora de que empiece la fiesta, y poco a poco van llegando los invitados. Lujosos carros son estacionados en el enorme parqueadero que está en la entrada de la finca. De ellos desciendes los mayores delincuentes de Colombia. También se puede ver uno que otro de la farándula colombiana. Cuando llegan los músicos que van a amenizar la fiesta, hay un pequeño problema. Pues no saben cómo llevar los instrumentos hasta dentro. El jefe de seguridad llama a su jefe y se lo comunica. Ernesto Malo ordena que dejen pasar a los camiones que transportan dichos instrumentos, pero eso sí, una vez que bajen los aparatos, saquen a los vehículos.
Entre esos músicos llega el grupo Niche, Silvestre Dangong, Darío Gómez, Guayacán y otros. Pero no solo con músicos se amenizará la fiesta, ya que también hay magos, exóticas bailarinas, malabaristas.
Un popurrí de olores se percibe en el ambiente Olores de costosas colonias, olor a madreselva, tabaco y alcohol fino, pelean por prevalecer en el ambiente. El bullicio también reina en aquel hermoso lugar. La música, el relinchar de las bestias, las voces de los humanos y los juegos pirotécnicos se conjugan en uno solo, imposibilitando claramente la comunicación verbal. Todos los invitados disfrutan de la fiesta, pero aún no han llegado todos.