Romeo y Julieta

1082 Palabras
—Bueno, con tal de que te posiciones en lo alto, sería un precio a pagar. Puedes divertirte con otro hombre si lo deseas, pero solamente puedes hacerlo si eres discreta y una vez que te cases debes ser leal y fiel a esa persona. Me revolcaré en mi tumba si mi nieta juega con dos o más hombres a la vez. —No soy esa clase de persona, lo sabes. —Ya lo sé, no eres como una de tus primas. Que mujer tan sinvergüenza. —Cálmate, abuela, se te subirá la presión si te enojas así. —Todo lo que me pertenece es ahora tuyo, el resto de mis hijos y nietos tendrán una pequeña porción. El veinte por ciento de mi fortuna será distribuida entre ellos y el ochenta por ciento es tuyo. Me he encargado de que él sesenta por ciento de la compañía sea tuya. Los demás accionistas tienen migajas, así que no tienes que preocuparte mucho. La última palabra la tendrás tú, pero debes ganarte a más de uno para obtener más porcentaje, ¿Me entiendes? —Perfectamente. —Bien. Nadie debe saber eso, todo el mundo cree que tendrás solamente el cuarenta y ocho por ciento, intentarán hacerte sentir menos, pero siempre tendrás la última palabra. Sonrío al ver que ella siempre ha sido muy astuta, por algo es mi ejemplo a seguir. —Romeo y Julieta... —Deberías leerla es muy buena esa historia. Una de mis favoritas. Me río al escuchar sus palabras. —Jamás pensé que te escucharía decir semejantes palabras, abuela. —Y yo no pensé que te volvería a escucharte reír así. Podré irme en paz cuando llegue el momento. —Abuela... —No tienes que decirlo, ya lo sé. Tus ojos nunca mienten, hija mía. Me levanto y me agacho frente a ella para luego sentar en el suelo y apoyar mi cabeza en su regazo. Era solamente en estos momentos cuando me permitía ser yo, nunca lo hacía frente a los demás. Ante ellos soy una mujer fría, sin corazón, pero en este estudio siempre seré la chica dulce y frágil ante ella. La mujer que me ha criado como a una madre a pesar de ser dura conmigo. —Te quiero mucho, Amelia. —Y yo te quiero a ti, abuela. —Prométeme que serás feliz pase lo que pase. —Lo prometo, abuela. Mi corazón me dolía, sabía en lo profundo de mi alma que esta era nuestro último momento. Lo veía venir desde hace mucho, pero no quería aceptarlo. Cierro mis ojos y dejo que las lágrimas fluyan por mi rostro, mientras ella las limpia y acaricia mi cabello como cuando lo hacía de niña. —Te cuidaré incluso desde el más allá. Lleva a tus hijos a conocerme, estaré feliz de conocerlos junto a tu abuelo. —Lo haré, lo prometo. —Sé fuerte y no temas ante nadie. Puedes dejar ver tu lado vulnerable solamente al hombre que amas y enséñale a tus hijos a ser muy fuerte como su madre. —Lo haré..., haré que sean más fuerte que tú y yo juntas. Lo prometo. —Gracias por haber sido una niña tan buena y haber soportado a esta anciana cascarrabias, gracias por vivir, Amelia. —Gracias por enseñarme a ser la mujer que soy, abuela. Te extrañaré, siempre te llevaré en mi corazón. Te visitaré seguido, llevaré a mis hijos a visitarte seguido. No lo dudes. —Lo sé. Las dos nos quedamos en silencio, esa fue nuestra manera de despedirnos. Su tiempo es muy corto y quise aprovechar esos minutos junto a ella. Así nos quedamos durante una hora más, hasta que ella me pide llevarla a su habitación para descansar. Todos seguían despiertos a la espera de saber por qué tardamos tanto en el estudio, solamente nosotras dos. Mi madre y yo llevamos a la abuela a su cama. Una vez que está cómoda, me siento a su lado para decirle esas palabras una última vez. —Te quiero, abuela. Descansa y ve tranquila. Mi madre me mira sorprendida al oír mis palabras, pero no dice nada. Sin embargo, sus ojos se colocan rojos y no pudo hablar. La miro y me hago a un lado para que pueda despedirse y así no tendrá el arrepentimiento durante el resto de su vida. —Mamá..., ve tranquila, cuidaré de Amelia. Sabes que lo haré, saluda a papá de mi parte. Ve tranquila. —Siempre..., fuiste una gran hija. Se lo diré a tu padre. Mamá llora en silencio y yo me quedo sin reaccionar al verlas así. Todo estaba en calma hasta que entra mi abuela, la madre de mi madre. La miro con odio al ver la manera en cómo ha interrumpido. —¿Qué están haciendo? Dejen a su abuela dormir, ya es tarde. Aunque, ella también era mi abuela y la he respetado por eso, odiaba su comportamiento. Siempre era muy grosera y se cree la matriarca de la familia. No la quería para nada por la manera en cómo ha tratado a mi madre toda su vida. Ella siempre prefirió a sus otros hijos e incluso ha intentado que su queridísima nieta, a la que ella solamente adora de entre todos sus nietos, sea la que luche conmigo por el puesto. —¿Tú qué crees qué haces? —Eso debería preguntarlo yo, eres mi nieta y debes respetarme. Apenas dice eso, observo como los hijos de la abuela Olivia, quienes serían mis tíos abuelos, entran en la habitación para ver que sucedía. Tras ellos iban entrando sus hijos. —Tienes razón, te debo respeto, pero solo porque eres vieja y no necesariamente porque seas mi abuela. Eres un verdadero fastidio. Todo el mundo a fuera. —¡Debes respetarme, soy tu abuela! —Tu abuela tiene razón, ¿Qué manera es esa de faltarle el respeto? No solamente es una mujer mayor, sino que también es tu abuela. —Prima, deberías respetar a tus mayores. Eso no sería bueno para tu reputación. ¿O sí? Todos miran a Alén al oír sus palabras, ya que contenían veneno y burla. Su hermano gemelo, Andy, se posiciona frente a mí a manera de escudo protector. —Cierra la boca, Alén. Tú eres quien menos debería hablar sobre el respeto y reputación. —No te metas, Andy. Solamente digo la verdad, mamá, no puedo creer que me dieras un hermano como este. No es más que un inútil.
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