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1885 Palabras
Bienvenida a Coldbourne. Cierta emoción hormigueó en el vientre de Emmeline al leer aquellas letras mayúsculas en el cartel que anunciaba que, después de casi dos días de viaje en tren desde su pequeño pueblo al sur de Inglaterra, finalmente había llegado a su destino. Desde el otro lado de la ventana, envuelta por el calor agradable dentro del tren, se maravillaba con el exterior en movimiento. Era un bosque espeso de frondosos pinos cubiertos por una escasa capa de nieve blanca lo que rodeaba el camino hacia el pueblo y que la tenía tan deslumbrada pues nunca antes había visto la nieve. Coldbourne era un pueblo al norte de Inglaterra, no tan inmenso pero tampoco tan pequeño como el del que ella venía, definitivamente prometía mucho más. En esa época del año el invierno los había abrazado y las nevadas eran cada vez más frecuentes. El tren finalmente entró a la estación y ella se enfundó en su grueso abrigo n***o, también llevaba guantes del mismo color y un gorro blanco de lana, pues había escuchado lo crudo que podría llegar a ser el frío en Coldbourne. Una voz anunció la llegada desde un parlante y ella recogió sus escasas pertenencias, las cuales no ocupaban más que una maleta grande y una de mano en las cuales, casi literalmente, llevaba su vida. Lo único que le quedaba. O todo lo que tenía. Tras la muerte del último familiar cercano que le quedaba, tomó la valiente decisión de vender lo que le había dejado y, tras saldar deudas, comprar un pasaje de tren a un pueblo lejano. La idea de comenzar de nuevo, en un lugar desconocido, más que aterrarla, le emocionaba. Siempre había sido muy positiva y esa cualidad la hizo sobrevivir y ser fuerte durante mucho tiempo. Se había desecho de la cadena que la apresaba a una vida que ella no deseaba y ahora parecía estar frente a un mundo de posibilidades. Tal vez podía ser vista como ingenua, pero había sido valiente al hacer lo necesario para seguir su sueño de una vida mejor, una que ella merecía, sin dejar que el miedo la dominara y obligara a permanecer en un rincón oscuro y desolado. Así se sentía en su antiguo pueblo. Cuando descendió del tren, el ambiente frío la abrazó como una sensación filosa aferrándose a sus huesos, enfriando sus mejillas y volviendo roja la punta de su naríz. Se acomodó la chaqueta para intentar cubrir más su cuello y comenzó a andar viendo como sus exhalaciones formaban vahos en el aire helado. En cuanto subió al tren, marcó el número de un hotel en el pueblo para reservar una habitación. No tardó en encontrarlo, era modesto y pequeño, pero apenas entró el interior cálido resultó agradablemente acogedor. Luces cálidas iluminaban el interior que, mayoritariamente, era de madera oscura. Incluso había un recibidor con una chimenea y dos sofás que lo volvían aún más acogedor. Ese sería su refugio durante los días que tardara encontrando empleo. En cuanto entró, la mirada de la mujer detrás del recibidor se posó sobre ella, tenía cierta curiosidad y lo primero que pensó fué que ella no era de por ahí. —Buenos días —la saludó Emmeline con una sonrisa amable y su voz dulce—. Soy Emmeline Lawson, hice una reserva hace unas horas. La mujer le correspondió la sonrisa y asintió. —Por supuesto —revisó el libro frente a ella y se volvió hacia el cuadro del cual colgaban varias llaves a sus espaldas—. Habitación número catorce, en la segunda planta. —Muchas gracias —dijo al tomar la llave. —A tí. Se dirigió por las escaleras hasta su habitación. Cuando entró se encontró con paredes cubiertas por papel tapiz color crema algo desgastado, el mismo suelo de madera, una cama pequeña con sábanas limpias, un armario antiguo pero bien cuidado y una pequeña puerta que debía dar al tocador. Cerró detrás suyo y dejó sus pertenencias junto a la cama mientras se quitaba el gorro. Se acercó a la pequeña ventana que daba a la calle, donde las personas caminaban y entraban o salían de tiendas. Vió la cafetería de enfrente e inmediatamente su estómago gruñó ante la idea de un café caliente y algo esponjoso para comer. Emmeline no era nada buena resistiéndose a la tentación de algo suave y dulce. La cafetería era un lugar encantador, pequeño y acogedor. En cuanto Emmeline cruzó la puerta, un calor agradable la recibió, al igual que el dulce aroma a café recién hecho y pasteles recién horneados flotando como una estela invisible en el aire. Las paredes, de tonos cálidos y suaves, estaban adornadas con cuadros coloridos que daban un toque hogareño, mientras que las luces suaves y tenues creaban una atmósfera tranquila y reconfortante. Era el lugar perfecto para refugiarse de las frías calles, como lo hacían varias personas cuyos murmullos llenaban de vida el lugar mientras conversaban. Emmeline se acercó a la joven detrás del mostrador, quien conversaba con la mujer sentada en la barra mientras ésta doblaba unas servilletas de tela y tomó lugar en uno de los asientos vacíos. —Buenas tardes —la muchacha le sonrió amablemente, entregandole un menú y Emmeline murmuró un Gracias. Emmeline sacó el periódico que había comprado en la estación y se puso a revisar los anuncios en busca de empleo, no había tiempo para desperdiciar. La muchacha puso frente a ella una porción de pastel de vainilla y comenzó a preparar su café. —¿Eres nueva por aquí, verdad? —la voz de la joven la hizo alzar la mirada en su dirección—. Nunca antes te había visto. —Así es. Me llamo Emmeline Lawson —se presentó amablemente. —Octavia Leblane. Ella es mi madre y dueña de la cafetería. —Corvina —le sonrió la mujer y Emmeline correspondió su sonrisa cálida. —¿Cuándo llegaste? —Hace un momento. Me quedo en el hotel de enfrente, ví la cafetería cruzando la calle y quise venir por un trozo de pastel, está delicioso —comentó llevándose otra cucharada de pastel a la boca. —Tenemos los mejores postres del pueblo —dijo la muchacha con una sonrisa orgullosa, dejando la taza de café humeante frente a ella. —¿Y qué hace una chica como tú en un pueblo como este? —preguntó Corvina. —Bueno… primero, conseguir empleo. Dejé el pueblo en el que vivía de manera algo precipitada y no conozco a nadie por aquí, así que lo primero es eso —contó—. No tengo nada más planeado por el momento. Sus últimas palabras mantenían algo oculto, algo que Emmeline preservaba como un tesoro preciado y que era su más grande sueño, del cual se habían reído toda su vida pero que ella nunca había tenido el corazón de abandonar. —Bueno, suerte con eso —Octavia le guiñó un ojo de manera amigable antes de atender a otro de los clientes. Emmeline continuó ojeando el periódico hasta que su mirada dió con un anuncio que, en su mente, parecía el adecuado para ella. Pues carecía de mucha experiencia laboral a sus veinte años. Se solicita niñera para la mansión Hawthorne. El anuncio estaba desde hace semanas, aunque el periódico era el del día, internamente se preguntó si continuaba vigente. —¿Saben si éste empleo aún continúa disponible? —preguntó y ambas mujeres ojearon el periódico, compartiendo una mirada entre ambas. —¿Niñera en la mansión Hawthorne? Sí, definitivamente —respondió Corvina—. Nadie quiere trabajar en ese lugar. —¿No? ¿por qué? —Porque es tenebroso —mencionó la mujer con una risita. —Y por el hombre que allí vive —mencionó la hija. —¿El dueño? —indagó Emmeline, bebiendo un sorbo del dulce café. —Así es. Su nombre es Lucien Hawthorne, es el hombre más rico de Coldbourne —contó Corvina—. Hace unos años tenía una vida repleta de lujos, una esposa guapa y hasta tuvo una pequeña niña, pero luego tuvo que ir a la guerra y al regresar no fué el mismo. —Dicen que su cuerpo está repleto de cicatrices, que se volvió alguien amargado, frío y solitario —agregó la madre de la joven. —Que su esposa no lo soportó y lo abandonó con la niña pero, otros dicen, que escapó con parte de la fortuna del señor Hawthorne junto a otro hombre. Aquellas palabras apretaron el pecho de la joven Emmeline. —Nadie volvió a verlo desde entonces, vive recluido en esa enorme y solitaria mansión en la colina. —¿Igual su hija? —preguntó Emmeline. —Así es —asintió Corvina—. Tiene una ama de llaves que fué la única del personal a la que le permitió quedarse cuando despidió a todo el resto. De vez en cuando, la trae al pueblo, pero casi nunca abandona la mansión tampoco. —Vaya… —Emmeline torció su boca en una mueca—. Pobre hombre. —Créeme, no querrás trabajar ahí —aseguró Corvina. La conversación continuó, pero aquellos palabras resonaron en la mente de Emmeline por más tiempo y sin poder ignorarlas, despertando cierta curiosidad al respecto. ¿Realmente vivirá un monstruo en la mansión Hawthorne? Decidió no dejarse llevar por lo que se decía en el pueblo, pues aquél empleo parecía perfecto para ella. Por eso, al abandonar la cafetería, regresó al hotel y marcó el número. Un tono… Dos tonos… Al tercer tono, decidió colgar. Tal vez ya es tarde. Pensó. Se dirigió a su habitación y se preparó para dormir, pensando en que mañana volvería a llamar o que, tal vez, podría presentarse en persona. Como sea, ser niñera en la mansión Hawthorne era una oportunidad que no estaba dispuesta a dejar pasar, aunque tenía un presentimiento extraño al respecto. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Por la mañana, mientras Emmeline sacaba sus pertenencias de la maleta, unos golpes resonaron en la puerta. —¿Si? —al abrir, se encontró a Maria, la mujer de recepción. —Señorita Emmeline, tiene a una mujer esperandola en el teléfono. Una ligera sorpresa cubrió las facciones de la jóven, quien rápidamente siguió a la mujer hasta la recepción. Aclaró su garganta cuando tomó el teléfono. —¿Hola? —Buenos días. Habla Elena, ama de llaves en la mansión Hawthorne. Recibimos un llamado de éste número la noche anterior. —Sí, así es. Lamento si fuí inoportuna, sé que era algo tarde. Me llamo Emmeline Lawson —se presentó—. Llamaba para preguntar por el puesto de niñera. Por un momento, hubo silencio. Emmeline mordió su labio inferior, sintiendo ciertos nervios. —Por supuesto. ¿Podría venir mañana a primera hora para una entrevista? —Ahí estaré —aseguró más tranquila y con una ligera sonrisa. —De acuerdo. La estaré esperando, señorita Emmeline. —Que tenga buen día —se despidió antes de colgar. Emmeline regresó a su habitación ciertamente emocionada, dejandose caer en la cama con una sonrisa en su rostro. Comenzó a maquinar qué diría en la entrevista para conseguir el puesto. No tenía experiencia y tampoco sabía cómo lo pintaría, pero haría lo necesario para que la escogieran. Ese empleo debía ser suyo.
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