—Podrías presentarte en Dùn Fergas. Hablar. Pedir perdón. Incluso intentar no parecer un animal salvaje. A lo mejor no te apedrean. A lo mejor solo te escupen. —¿Y tú crees que eso cambiaría algo? —No. Pero igual te ahorras la úlcera. A veces basta con usar la lengua para otra cosa que no sea morder. —No todos tenemos tu fe ciega en los milagros. —No todos tenemos tu capacidad para arruinar lo que más quieren — responde sin pestañear—. Y ahora aquí estás con el alma hecha trizas. —¿Y ahora vas a darme lecciones? —No, por Dios. Yo no doy lecciones. Solo lanzo puyas. Y si alguna duele, es porque acierta. —¿Y qué quieres que haga? ¿Que cabalgue hasta Dùn Fergas a pedir perdón y un beso en la frente? —No. Solo que dejes de mirar al fuego como si fuera a escupirte una respuesta. Me li

