Pierdo el hilo de los días. Solo sé que el sol está alto el primer día que amanezco sin fiebre y con el corazón hueco como un cuenco astillado. Intento incorporarme: los músculos tiemblan; la habitación se inclina. Caelan está allí, medio dormido en una silla, la cabeza apoyada en la pared. Le basta mi quejido para despabilarse. —¿Necesitas algo? —Un porqué —murmuro, y me sorprende lo áspera que suena mi voz—. ¿Todavía estamos en pie? Sus cejas se juntan: entiende la duda detrás de la pregunta. —No han venido —dice—. Aún. Algo se relaja y, al mismo tiempo, se rompe dentro de mí. —Amara… —No digas que lo sabías. No todavía. Caelan calla. Sus manos se apoyan en mis hombros con la ternura torpe de quien solo sabe proteger a golpes. No retrocedo: necesito ese peso para no flotar. —Te

