—Ardes. Te traeré agua y más mantas. No te muevas. Quiero aferrarlo; él se aparta solo el instante justo para echar leña al brasero. El resplandor naranja dibuja la tensión en su mandíbula. Conozco esa señal: está conteniendo preguntas, tal vez noticias. Algo más pesa sobre él y decide callarlo. Vuelve con un paño frío. Me limpia el barro del rostro con una suavidad que jamás habría imaginado en sus dedos curtidos. Cuando termina, aprieta mi mano contra su pecho, justo donde late su lealtad ciega. —Estás a salvo ahora, Amara. Nadie pasará por esa puerta. «¿Y si el enemigo ya está dentro de mí?», pienso, pero no lo digo. Los párpados me pesan. Antes de entregarme por completo al sueño, busco su mirada. —No dejes que el fuego llegue a estos muros, Caelan. Avisa a mi padre de que Rola

