—Mátalos, si puedes —susurro—. Pero antes tendrás que matarme a mí. Si tocas a uno de los míos, me tendrás enfrente con el filo desnudo. Padre, amigo, campesino… no dejaré que tu cruzada los destruya. La mención vuelve a tensarle el cuello. Respira hondo, pero la respiración le sale rota. —¿Te pondrás entre mi espada y su garganta? —Ya lo estoy —contesto. Su puño se cierra, luego se abre, como si quisiera sujetar algo que ya no puede retener. Cuando habla, las palabras le salen a media voz, cargadas de un dolor que no sé si es para mí o para sí mismo. —No quiero matarte, Amara. Tampoco pretendo que elijas mi bando hoy —añade, más bajo—. Solo necesitaba que vieras dónde empezó mi guerra. —Lo he visto —respondo, como un rugido—. Y nunca me pondré de tu parte. Y en ese instante, sien

