Cuando se aparta, me clava los ojos por un breve instante. —Buenas noches, milady —dice. Luego, alza la voz para que la oigan desde el pasillo—. Está lista para descansar. El chirrido de la cerradura me confirma que el guardia ha hecho su trabajo. La llave gira. El pestillo cae con un golpe seco. El silencio que deja después es absoluto. Me quedo en pie, quieta, escuchando cómo los pasos se alejan por el pasillo de piedra. Cuento hasta veinte. Y entonces, con una lentitud casi ceremonial, llevo los dedos al moño. Lo deshago con cuidado. El cabello se me desliza por los hombros como un juramento roto. Encuentro el punzón. Frío. Fiel. Letal. Aprieto los labios y me arrodillo frente a la puerta. Tiene ojo de cerradura a ambos lados, pero solo manilla exterior. Por dentro no hay tirador

