No le respondo. No puedo. Porque lo que arde entre nosotros ya no es odio ni siquiera culpa. Es algo más denso. Me sujeta las muñecas con una sola mano y con la otra me agarra por la nuca. Su palma se enreda en mi pelo, tira de él hacia atrás, lo justo para exponerme el cuello, para obligarme a mirarlo sin escapatoria. Baja su rostro al mío, lento, torturándome con cada milímetro. Su nariz roza mi mejilla, su mandíbula se tensa contra la mía. Desliza un camino con su pulgar desde la base del cuello hasta encontrar la clavícula. Ese único dedo traza círculos, presiona justo donde el hueso late debajo de la piel, y una oleada cruda de deseo y desesperación me parte el vientre. —Te odio —susurro, con la voz trémula y los ojos húmedos. —Pues ódiame —responde, jadeando contra mi boca—. Per

