La pared me golpea los omóplatos y él retiene la embestida un segundo, como si el placer fuera un filo que necesita encajarse bien antes de cortar. Luego se retira casi por completo y regresa con fuerza aún mayor. Aprieta mis nalgas para controlar la profundidad. Su pelvis choca con la mía con un sonido húmedo y rotundo que la habitación entera parece absorber. Me penetra una y otra vez, el ritmo es brutal, desesperado. El castillo podría derrumbarse ahora mismo y no nos importaría. Me abro para él. Me quiebro por dentro. Cada embestida me arranca una parte del alma, y me la devuelve distinta. Más viva, pero también más rota. Siento la cresta del glande alcanzar el final de manera dolorosa y placentera. Suelto un gemido alto, casi un sollozo, que él traga como agua. Cada vez que entr

