Sus palabras me atraviesan con algo más punzante que la culpa. Me doy cuenta de que nunca había escuchado su voz tan... quieta. Como si hablara desde un sitio donde todo lo que queda es verdad. —Eso ya lo sabía —respondo, suave. Observo cómo sus cejas se alzan, sorprendido—. Eres el hermanastro de Rolan… No es un secreto para quien tiene oídos. Se queda callado. —La realidad dice que un hombre en mi posición no debería soñar con tocar a la hija de un conde. —Pues esta noche has soñado —le recuerdo—, y no parecía que te importara mucho la etiqueta. Él exhala una risa breve, sorprendido de sí mismo, y deja que su mano descanse en la curva de mi cadera. —Cuando me miras —dice él, con esa voz que apenas roza el aire—, se me olvida quién soy. Lo que no tengo y lo que no. Silencio. Pero

