Y yo. Yo no dejo de llorar. Las lágrimas me resbalan por la cara sin control, tibias contra el viento gélido, empapándome las mejillas, el cuello, el escote sucio de barro. No lloro a gritos. No sollozo. Solo dejo que el dolor fluya mientras entierro a niños que nunca sabrán que hubo un tiempo en que Dull fue tierra sagrada. Vomito a un lado, entre jadeos, el estómago encogido de horror y de rabia, pero cuando el cuerpo deja de sacudirse, vuelvo a levantarme. Rolan me ve, lo sé. Siento sus ojos clavados en mi espalda. Pero no dice nada. —¿Quieres agua? —pregunta Finn, tendiéndome un odre medio vacío, sucio de tierra. Niego con la cabeza, limpiándome el sudor de la frente con el dorso del brazo. —¿Un respiro, al menos? —Cuando terminen ellos, terminaré yo —respondo, sin mirar a nad

