—¡Déjame! —le lanzo otro puñetazo; esta vez bloquea mi muñeca y la aprieta contra la tierra. —¿Así, sin más? ¿Me dejas atrás y corres a avisar a Fingal? —Su aliento me golpea la cara, mezclado con lluvia y rabia—. ¿Te marchas como si no te atara nada? —¡Nada que valga más que los míos! —escupo feroz; la otra mano libre le pega en el estómago. Ni se inmuta—. ¡Nunca planeaste protegerlos! Él me sujeta esa segunda mano, cruza mis muñecas sobre la cabeza, me inmoviliza. —Eres mi esposa —gruñe—. ¡Eso aún significa algo! —¿Para ti? ¿O para tu plan? —retuerzo el cuerpo, pero su peso no cede —. ¡Me has utilizado, mentido y traicionado como si no valiera nada! ¿Qué te importa que me vaya? Su garganta vibra; no es un grito, es un desgarro bajo la piel. —¿Crees que no duele? —susurra ronco—.

