Marcos me hablaba, sobre su trabajo de verano y de que iba a manejar la empresa de su padre, cosas que no me importaban ni impresionaban pero que él pensaba que sí. Eran de ese tipo de hombres que no creían que las mujeres podían mantenerse solitas, no me caía mal pero no era al que le funcionara demasiado bien el cerebro. Su padre era juez y tenía bastante influencia en la universidad.
—¿Quieres que vayamos a mi casa? —pregunta, yo niego y me suelto de él, ya lo escuche bastante.
—No ya me voy a la mía —digo y cuando veo que me mira sonriendo, agrego—. Pero sola —
Camino hacia la salida sin esperar respuesta, envío un mensaje al grupo de w******p que tenemos avisando que me voy. Afuera el aire esta cálido, todavía hay mucha gente moviéndose por las calles, en autos o caminando. Camino a casa, pienso en lo que paso con Mateo, no entiendo porque me importa que me llame perra, si en verdad ya hay muchos que me han tratado así, me siento como una tonta, ¿desde cuándo me importa que me digan perra?. Muevo la cabeza y subo el volumen de la música, yo no quería volver a ser esa chica de antes, porque lo único que conseguí con eso fue que me humillaran, yo había creado esta coraza para que nadie más se aprovechara de mí.
Cuando llegue a casa me saqué el vestido y lo guarde, por si algún día lo volvía a usar pero no lo creo, probablemente termine vendiéndolo o regalándolo. Iba a meterme a la ducha cuando el timbre suena, camino en ropa interior hacía la puerta y abro, mi sorpresa es demasiado grande cuando veo a Mateo, con su camisa desabotonada y fuera de su pantalón, tiene el pelo revuelto y me mira con suplica, enarco una ceja mirándolo.
—¿Qué mierda haces aquí? —le pregunto cruzándome de brazos, Mateo recorre todo mi cuerpo con su mirada y suspira.
—Es una tortura verte —dice, yo lo miro confundida.
—Recuerdo haberte dicho que no vinieras hoy, así que si no tienes nada más que decir… —digo, cuando voy a cerrar la puerta Mateo la ataja con su brazo, yo suspiro—. Mateo, ¿Qué demonios quieres? —pregunto ya más alterada.
—Lamento lo que te dije, no quería decir eso —dice, yo rio amargamente.
—Oh si, si que quisiste nene —digo, él niega.
—No entiendo que es lo que me pasa, pero juro que no quise decir eso —yo suspiro esperando que continúe o se vaya—. Juliette eres demasiado hermosa, demasiado, es que tienes algo que envuelve con solo mirarte, yo lo único que hago es recordar aquella noche, es verte en mi cabeza, y hoy con ese vestido te veías tan hermosa, tan como una diosa... —dice, yo estoy sin palabras, literal solo lo estoy mirando, yo ya había escuchado a otros chicos decirme estás cosas y usualmente me reía y les guiñaba el ojo, pero ahora por alguna extraña razón, no digo nada, y eso no me gusta.
—¿A dónde quieres llegar? —logro preguntar, Mateo se pasa la mano por el pelo, y ya sé porque lo tiene todo desordenado.
—No lo sé, ahora en la tarde cuando te vi, ¡dios necesito besarte! —cuando le voy a preguntar que demonios, Mateo entra rápidamente, me agarra por la cabeza y me besa de una manera brusca pero que envía miles de sensaciones por mi cuerpo, sus manos bajan a mi trasero y lo aprieta mientras gruñe en mis labios, yo llevo mis manos a su pelo y lo aprieto aún más contra mí.
Sus labios bajan a mi cuello, mientras una de sus manos sube de mi trasero a mis pechos, se siente demasiado bien, y gimo cuando su boca toma uno de mis pezones comenzando a succionar. Mateo me da vuelta, de modo que quedo afirmada en la puerta, con una mano me da un golpe en el trasero que más que provocarme dolor, lo único que me produce es más excitación.
—Te deseo como a nadie —dice, baja mis bragas de un tirón, lo escucho abrir el envoltorio de un condón y como dentra fuerte en mí, no puedo evitar gemir y Mateo también.
El vaivén de sus caderas chocando con las mías, y la excitación del momento me hacen llegar al orgasmo, uno que me sube desde los pies hasta la cabeza explotando de forma tan intensa que mi gemido sale fuerte, Mateo me tapa la boca con su mano y acelera incluso más los movimientos, mientras yo estoy tratando de recuperarme.
—¡Mierda! —lo escucho decir cuando se va. Ambos estamos tratando de volver a la normalidad nuestras respiraciones, no sé que acaba de pasar, pero me encanto. Mateo sale de mí, y yo me agacho a recoger mis bragas para luego ponérmelas.
—Ya tuviste lo que querías —le digo, él esta sacándose el condón para luego hacerle un nudo, se lo quito de las manos y lo voy a votar al basurero de la cocina, saco un vaso de agua y tomo, porque la boca la tengo seca.
—Tú también lo querías —dice, yo asiento.
—Me gusta tener sexo —digo encogiéndome de hombros, él asiente, se acerca a la mesa de mi cocina.
—¿Me puedes dar un poco de agua? —pregunta.
—Tengo cervezas, ¿quieres? —le pregunto, él asiente agradecido, vaya me sorprende esta faceta de Mateo después de lo que paso hoy—. Toma —le paso la cerveza y él la toma, saco una para mí y le doy un sorbo mientras lo miro, tiene la camisa desabrochada, así que tengo una buena vista de sus abdominales.
—Lamento lo que te dije en la mañana, no sé porque lo dije —dice, yo lo miro—. Me porte como un imbécil, es solo que me sentí raro… —dice, yo asiento.
—Te sentiste raro de que yo te usara para tener sexo, algo que tu haces con las demás chicas —digo, él hace una mueca pero asiente.
—Sí, pero me di cuenta de que yo estaba mal —dice, yo levanto una ceja divertida.
—¿Y cuando fue eso?, ¿Ahora cuando lo hacíamos? —
—No, bueno, no sé, pero lo importante es que lo hice —dice riendo, yo asiento.
—Mira Mateo, no quiero tener mala onda contigo, tuvimos sexo sí, pero no debe cambiar nada, porque sino será demasiado incomodo cuando tengamos que hacer lo de la boda de Stefan —digo dando otro sorbo a mi cerveza, Mateo asiente.
—Podemos seguir, ya sabes, haciéndolo —dice, yo levanto una ceja.
—¿Esta perra te ha dejado con ganas de más? —pregunto divertida al recordar sus otras palabras, Mateo se levanta y camina hacía mí, apoyando su mano en mi cintura atrayéndome hacia él.
—¡No te imaginas! —dice para luego estampar sus labios en los míos.