Hoy es el día de mi boda. Y por más que me repita esa frase una y otra vez en silencio, aún me cuesta asimilar la magnitud de lo que estoy a punto de vivir. Estoy sentada frente al espejo de cuerpo entero que instalaron especialmente para mí en el camerino lateral de la Catedral de San Elior. A mi alrededor, todo parece suspendido en una atmósfera tan serena que por momentos dudo si es real. Las luces suaves que cuelgan sobre el tocador bañan mi piel con un brillo cálido, y el murmullo lejano de los asistentes al otro lado de las puertas parece tan ajeno como si proviniera de otro mundo. —Nunca había visto a una novia tan hermosa —dice Anna con voz emocionada mientras termina de aplicar el rubor sobre mis mejillas. Ella ha estado conmigo toda la mañana, cuidando cada detalle con una en

