Han pasado dos años desde aquella noche en que la hice mía por primera vez. Y, aun así, cada mañana en la que despierto con su cuerpo cálido entre mis brazos, tengo esa extraña sensación de que todo esto podría desvanecerse con solo parpadear. Como si Irina fuera una visión demasiado perfecta, demasiado frágil, para haber sobrevivido a la oscuridad que nos trajo hasta aquí. Recuerdo cada detalle de aquella primera vez como si el tiempo no hubiese pasado. Sus labios temblando contra los míos, su respiración entrecortada, el modo en que sus dedos se aferraban a mí como si yo pudiera protegerla del mundo entero. Cuando me susurró que le pertenecía, algo en mí —una parte vieja, herida, endurecida por años de vacío— encontró consuelo. Me atreví a creer que la redención existía. Que no todo en

