Al salir del consultorio del doctor Schneider quería tener un momento a solas, necesitaba asimilar mi nueva realidad, una que se sentía como un golpe en la boca del estómago. Así que no me fui a casa, sino que llame un Uber y le pedí que me dejara en el parque más cercano.
Al pagar y bajarme del Uber camine al banco más cercano, me senté y dejé mis muletas a un lado mientras lágrimas escapaban de mis ojos, las misma que había estado intento retener con todas mis fuerzas.
¿Y ahora que haré?.. no sé hacer otra cosa más que bailar, supongo que podría matricularme en la universidad y estudiar alguna carrera... ¿Arquitectura? ¿Una carrera administrativa?... ¿Por qué estoy preocupándome por una carrera universitaria cuando tengo que hacerme una operación y no tengo ni un centavo en mi bolsillo...? Bueno, si tengo algo de dinero, pero no lo suficiente como para que me hagan la intervención que necesito.
—¡MALDICIÓN!... ¿Por qué me tiene que pasar esto a mi? —. Suelto en voz alta y algunas personas voltean a mirarme.
Apenada por llamar innecesariamente la atención sobre mi, bajo mi rostro, casi como si quisiera esconderlo dentro de mi blusa, limpio las lágrimas con el dorso de mis manos y trato de respirar lento para intentar calmarme.
—¿Le puedo ayudar en algo, joven? —escucho la voz de un hombre.
Levanto mi mirada y me encuentro con un hombre frente a mi. Es mayor, debe estar en sus cincuenta y tantos, quizá sesenta, no sé... Pero su sonrisa amable, y apenas perceptible, me inspira confianza; algo en el me resulta familiar... Solo que no hallo qué.
El hombre se sienta junto a mi, pero no demasiado cerca, se mantiene en silencio, y con su mirada al cielo.
—¿Lo conozco?... —cuestiono un tanto brusca— Disculpe, no quise sonar grosera. Me refiero a que si nos hemos visto antes. Es que usted me resulta familiar.
El señor me mira a los ojos unos segundos, y me da una sonrisa ladiada.
—No. En realidad es la primera vez que la veo, joven. Solo me acerque a ofrecerle mi ayuda porque pareciera estar muy aturdida.
— Ya veo.
—Aunque también me acerque ya que usted tiene un gran parecido a mi madre, digo, en los años de su juventud, claro está.
Su comentario me saca una sonrisa.
— Supongo que tengo una cara común. Usted es la segunda persona, desde que llegué a este país, que me dice que le recuerdo a alguien.
—Ahhh... ¿Usted no es Alemana, joven?—indaga interesado.
—Si, pero solo porque mi padre lo es y tramitó mi ciudadanía en el consulado de mi país. Yo soy Norteamericana de nacimiento.
—Entiendo. Y... Disculpe que sea tan indiscreto... Pero... ¿que la trajo a Berlín?
Suspiro con nostalgia y siento como las lágrimas vuelve a amenazar con salirse de mis ojos.
—Lo siento. Fui muy curioso. No tiene que decirme si no quiere.
—No. No se preocupe. No es un secreto. Vine a Berlín a estudiar ballet, me gradué y ya estaba logrando mis sueño de convertirme en profesional, mi nombre estaba comenzando a ser reconocido en los escenarios... Pero ya todo llego a su fin, ya no podre continuar como instructora de ballet y mucho menos como bailarina profesional —guardo silencio y dirijo mi mirada al suelo.
—¿Por qué?
—Me lesione la rodilla. Muy grave.
—Y ya no puedes bailar —dice completando mi oración.
—Si —. Musito.
— Vaya. ¿Y ahora que hará?
—No lo sé. Supongo que estudiar otra carrera, trabajar... Tal vez volver a mi país.
—Este también es tu país.
—Si. Pero allá está mi mamá.
—Y aquí tu padre — lo miro extrañada— digo, no fue difícil de deducir. Solo mencionaste que tú madre está en Estados Unidos, por lo que asumí que tus padres no están juntos.
Sus ojos verdes penetran los míos, como si quisiera confesarme algo, pero solo guarda silencio mientras la brisa mueve su cabello castaño.
—No. No lo estan. De hecho, no conozco a mi padre.
—Entiendo. ¿Lo buscara? —ladeo mi cabeza y lo miro un tanto confundida— a su padre.
Niego con mi cabeza.
—Si él no me ha buscado en todos estos años no tengo porque hacerlo yo. En fin, quisiera no hablar más de esto. Es más si me disculpa, tengo una vida que poner en orden —. Espeto agarrando mis muletas.
—Lo siento. No quise molestarla.
—Lo sé —suspiro— Es solo que el tema de mi padre no es algo que maneje muy bien. Pero en serio si me tengo que ir —, me levanto y acomodo las muletas bajo mis axilas— Gracias por intentar animarme. No suelo hablar con desconocidos en un parque, pero con usted fue como si ya lo conociera. Espero volver a verle algún dia, señor...
— Igor... Igor Sokolov —me extiende la mano y yo la estrecho.
—Un placer conocerlo. Summer... Ese es mi nombre —digo sin mencionar mi apellido, después de todo, debo ser precavida por mas confianza que me inspire el señor frente a mi.
—Lindo nombre. Y si, tengo el presentimiento de que nos volveremos a ver Summer —agrega ignorando el hecho de que omití decir mi apellido.
[...]
Después de irme del parque, y por supuesto, asegurarme de que aquel señor no estuviera siguiéndome, me fui a casa, y luego de contarle a mi madre lo que el doctor me había dicho me encerré en mi habitación y me acosté en mi cama, solo mirando el techo con mis manos sobre mi torso y mi teléfono a un lado.
_Su... Ya es hora de que salgas y comas un poco, hija —escucho la voz de mi madre al otro lado de la puerta.
—No quiero comer mamá —respondo desde mi lugar y sin cambiar de posición.
—Hija, entiendo que estes triste, pero debes comer algo —insiste.
Respiro profundo y me levanto. Camino hacia la puerta después de agarrar mis muletas y abro la puerta consiguiendo a mi mamá con un plato en mano. Me hago a un lado para que pase; ella lo hace y yo la sigo.
Ambas no sentamos en la cama y ella me entrega mi plato.
—Su... He estado pensando —la miro— creo que es mejor si te regresas conmigo a Nueva York la próxima semana.
—No. No lo haré mamá.
—Pero, Summer. Necesitas ayuda, dinero y... Operarte, yo puedo hipotecar la casa, doblar mis turnos en el trabajo... No sé, algo haré, pero déjame ayudarte.
—No mamá. No seré una carga para ti.
_No lo has Sido, no lo eres y nunca lo serás. Eres mi pequeña y ahora quiero ayudarte, solo... Déjame hacerlo por favor.
—Te lo agradezco mamá. Pero no.
—Ok. Entonces dime, ¿Qué harás? ¿Con lo que tienes ahorrado podrás esperar a que te cambien las muletas por un bastón? porque será entonces cuando podrás salir a buscar un empleo —suelta tajante.
—Ya tengo un empleo mamá.
Mi madre me mira confundida, su ceño se frunce y sus brazos los cruza bajo su busto. Yo agarro mi teléfono y busco el mensaje que envié hace unos pocos minutos. Ella lo Lee y al terminar me mira sorprendida.
—¿Estás segura de esto, Summer?
— Si. Tú bien lo has dicho, necesito un trabajo, dinero y operarme... Dominico tiene el dinero y yo solo tengo que fingir ante el mundo que soy su esposa.
—¿Y que paso con lo de venderte, y todo lo demás?
—Te tomaré la palabra, firmaré luego de que yo también ponga mis reglas sobre la mesa.
—Entiendo porque vas hacer esto...
—Pero... —la interrumpo.
— Sé que entre ustedes resultará algo más que un negocio.
—¡Ay mamá! No empieces.
—No estoy empezando nada. Yo lo ví en los ojos de ambos. Ustedes se atraen, y aunque lo nieguen, en sus ojos se ve la verdad.
— ¡Ajá!... Mejor déjame comer un poco, mamá.
—No hay peor ciego que el que no quiere ver, Su.
Niego divertida a causa de las declaraciones de mi madre pero decido ya no seguirle el juego porque llegaremos a un punto dónde discutiremos por nuestro desacuerdo.
—Y... ¿Cuándo se reunirán? —inquiere cambiando de tema.
— Hoy después de que el abogado de su padre le de lectura al testamento.
—Bueno, que sea lo que Dios quiera.
—No metas a Dios en esto mamá que por su culpa es que estoy así.
Mi mamá se percina y me da una mala mirada.
_No hables así Summer.
_Si, si.
[...]
Escucho un sonido a lo lejos, abro mis ojos con pesar, los tallo un poco con mis manos y veo que lo que suena es mi teléfono con una llamada entrante. Es de Dominico. Bostezo y luego atiendo.
LLAMADA:
SUMMER: Aló —respondo adormilada.
DOMINICO: Llevo rato llamándote.
Alejo el teléfono de mi y veo la notificación de 30 llamadas perdidas en la pantalla.
SUMMER: Ah... Si. Es que me quedé dormida.
DOMINICO: como sea, ¿aún sigue en pie lo de casarnos?
SUMMER: SI —ruedo los ojos aunque sé que él no está viéndome.
DOMINICO: Bien. Te espero en treinta minutos en el restaurant Di Lorenzo. ¿Sabes dónde queda?
SUMMER: Si. Tu mamá suelo ir a comer allí. Estás seguro que quieres que nos reunamos allí.
DOMINICO: Por supuesto. No hay mejor lugar para iniciar con todo este show. Así que te espero. Y te agradezco seas puntual.
Le cuelgo sin responder y una sonrisa traviesa invade mi rostro al saberlo enojado por mi acción.