Me acerqué a él, apoyando mis manos en su pecho, sintiendo los latidos fuertes y constantes bajo mis palmas. —Si Helena quiere visitas, que se las gane, que un juez las apruebe, que vengan con supervisión, con cámaras, con lo que sea necesario. Pero lejos de nosotros, lejos de ti. No pude evitarlo. Lo besé. Fue un beso desesperado, urgente, como si el mundo entero estuviera a punto de derrumbarse y solo tuviéramos ese momento. Sus manos encontraron mi cintura, atrayéndome contra él, y por un segundo, todo lo demás desapareció: Helena, la carta, el miedo. Solo éramos él y yo, piel contra piel, aliento contra aliento. —Dime que no te arrepientes —susurró contra mi boca, su voz temblando con una vulnerabilidad que rara vez mostraba. —Nunca —respondí, mis dedos enredándose en su cabello— N

