Nunca imaginé a Lisandro Duvall, el hombre que podía hacer temblar una sala de juntas con una sola mirada, lidiando con una caja de cereal como si fuera un rompecabezas del diablo. Estaba allí, en la cocina, con las cejas fruncidas, sosteniendo el cartón de copos de maíz como si contuviera los secretos del universo. —¿Esto va con leche caliente o fría? —preguntó, girando la caja con una mezcla de confusión y desafío, como si estuviera a punto de enfrentarse a un rival en un ring. Me eché a reír, incapaz de contenerme. Frente a él, Nicolás lo miraba con una mezcla de curiosidad y veneración que solo un niño puede tener por alguien tan imponente como Lisandro. —Fría, Lisandro —dije, apoyándome en la encimera, disfrutando del espectáculo— no vas a hervirle el desayuno como si fuera una sop

