Al otro día, Lisandro me sorprendió. Me pidió que me pusiera algo cómodo porque íbamos a salir. No me dio más explicaciones, cuando subimos al coche, tenía esa sonrisa de medio lado que siempre significaba problemas o sorpresas. —¿A dónde vamos? —le pregunté — —A comprarle ropa a nuestro hijo… y también para ti. Ya estás empezando a reventar las blusas, amor —respondió con ese tono suyo, medio sarcástico. —¡Lisandro! —Exclamé, ¿Acaso estaba llamándome gorda? —No lo digo como crítica —rio— me encanta cómo se te nota el embarazo. Pero si sigues con esa ropa tan apretada, nuestro hijo va a salir con ganas de venganza. No pude evitar reír, y es que Lisandro tenía una forma tan extraña de ser tierno. Llegamos a una tienda elegante con una sección enorme de maternidad, yo sentía que flotab

