Él se acercó, me abrazó fuerte y me susurró: —Te quiero, Isa. No te desaparezcas tanto. —Lo mismo digo, payaso —le respondí, devolviéndole el abrazo. ++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++ Luego del desayuno, Emiliano y yo empezamos a arreglar todo. Sí, todo. Globos, guirnaldas, flores, luces, la mesa, los platos, hasta los benditos servilleteros que parecían una eternidad en sí mismos. —Te dije que no me gustan los globos metálicos —le recordé, sosteniendo uno que reflejaba mi cara deformada. —Y yo te dije que son los favoritos de Hanna —respondió él inflando otro—. Además, tú solo te quejas, no propusiste nada. —Sugerí dormir, eso es una gran propuesta —le dije inflando otro globo y haciendo un nudo que se me escapó justo cuando terminé—. ¡Maldición! Él se rió, claro.

