—Basta, Isabella, basta —me dije en voz baja—. Hoy no es tu drama, hoy es el de Hanna. Un grupo de invitados se acercó y empezaron a conversar, y uno de ellos, una chica que no conocía, me preguntó: —¿Y tú eres…? —La decoración humana —respondí con una sonrisa. Todos rieron. Bueno, al menos había roto el hielo. Poco a poco, la noche fue cayendo, las luces del jardín se encendieron y el lugar se volvió mágico. Los tonos dorados de las velas se reflejaban en los vasos, el vino se servía, y Emiliano no dejaba de mirar hacia la puerta principal. Yo, mientras tanto, jugaba con la servilleta, girándola entre mis dedos. Mi mente divagaba. Pensaba en cómo, a pesar de todo, estar ahí con ellos me hacía sentir… tranquila. —Isa —me llamó Emiliano desde la otra esquina—, ¿estás lista? —Siempre

