El General Aurelio Fan Cross, un hombre que muchas mujeres llamarían apuesto, con 180 centímetros de altura, una bien cuidad cabellera dorada y unos profundos y característicos ojos verdes, observaba las telas de su tienda de campaña mientras pensaba en ascenso del que pronto gozaría cuando su misión haya concluido. Aurelio se sentaba orgulloso en una tienda especialmente preparada para oficiales de alto rango de la milicia imperial.
Hasta hace un par de años él solo era él hijo de un simple Centurión, un rango otorgado solo a los soldados más destacados en su campo. Sin embargo, al no ser parte de una de las grandes familias nobles, le costó mucho esfuerzo escalar puestos en la milicia.
Él era el tercer hijo de la familia Cross, por lo que para asegurar su futuro no tuvo más opción que aplicar a la milicia, pero él no renegaba de su suerte, debido a que realmente le gustaban las artes militares.
El emperador, Julius Glasia Parisi Tercero, le había ordenado personalmente recuperar un tesoro desconocido de manos de una tribu de salvajes, ubicada en la frontera norte de Imperio Glasia. Adicionalmente, le había encargado preparar el terreno para futuras negociaciones con ese pueblo.
Ya había pasado alrededor de un año desde que habían capturado a un par de niños salvajes, los cuales fueron devueltos a su pueblo para evitar confrontaciones innecesarias y de paso obtener un poco más de información.
La misión actual del Capitán Aurelio, teóricamente sería sencillo, considerando que las fuentes más recientes decían que era un asentamiento de no más de trecientos habitantes, pero teniendo en cuenta que todos podían usar magia, es entendible que el imperio haya manejado con cierta cautela este tema.
Aunque no lo pareciera, un escuadrón compuesto por cincuenta magos, era un logro muy difícil incluso para una gran nación como el Imperio Glasia. El cual, apenas contaba con ochenta magos al servicio del emperador, de los cuales solo 18 eran realmente poderosos.
En otras palabras, aquel asentamiento no era un juego de niños como uno pensaría, debido a que contaba con un poder similar al cuerpo de élite del Imperio Glasia. Este también era el motivo por el que el Emperador deseaba ese rumorado artefacto a como diera lugar.
El general Aurelio, ganaría fama y renombre, si esta misión resultaba exitosa, por lo que no estaba dispuesto a ceder ni un solo paso en esta misión. El batallón principal bajo su comando estaba compuesto de 450 soldados, entre lanceros, arqueros, infantería y magos. Sumados a estos números, también contaba con 50 exploradores de rango medio y algunos esclavos destinados al reparto de suministros.
Los exploradores con los que contaba, fácilmente podrían ser llamados carne de cañón, debido a que no eran tan fuerte como un grupo de aventureros destacados. Como para ilustrar la división de las facciones de exploración, existían tres grupos: Aventureros, exploradores y cazadores.
Cada una de estas tres facciones tenía su propia especialidad y particularidad. Por ejemplo, los exploradores se caracterizan principalmente por su amplio conocimiento en mapeo y exploración de terrenos, espionaje y misiones de infiltración.
Los aventureros por otro lado, son expertos en la exploración de ruinas, saqueo, y pelea contra monstruos desconocidos. En otras palabras, eran algo similar a un grupo arqueológico con habilidades de combate.
Y por último los cazadores, quienes como su nombre lo indica se especializan en la cacería de monstruos de todo tipo, rastreo de materiales y plantas exóticos. Cada uno de estos grupos contaba con su propia especialidad, gremio y división de rangos.
Por este motivo los exploradores eran usados para la exploración más que otra cosa. Como parte del estándar de reconocimiento, varios grupos compuestos de tres exploradores fueron enviados a realizar el reconocimiento de la zona, pero ninguno volvió.
Aurelio esperaba este tipo de desenlace desde el inicio, por lo que no estaba particularmente molesto con la noticia de su desaparición, debido a que el esperaba una noticia mucho más importante.
Al anochecer de ese día, finalmente llegó el mensajero que portaba el pergamino que Aurelio esperaba tanto, por lo que uno de los soldados que protegían su tienda entro apresuradamente a reportar.
—Mi señor Aurelio, el mensajero ha llegado con el reporte.
—Ya veo. Déjalo pasar.
—Como ordene, mi señor.
Los guardias retiraron sus lanzas cruzadas, permitiéndole al mensajero pasar. En el imperio incluso los mensajeros eran fuertemente revisados antes de interactuar con cualquier autoridad y en ocasiones incluso se usaba un nombre en clave para referirse a ellos. Sin embargo, existen espías lo suficientemente habilidosos como para pasar desapercibidos por un tiempo prolongado, por lo que Aurelio pensó que esta medida era innecesaria, ya que eventualmente descubrirían esta artimaña de todas formas.
El mensajero había llegado montando un Anemoi, cuya principal característica era la velocidad, el cual era un animal con una silueta muy similar a la de un caballo, con la diferencia que en lugar de tener crin, tenía hermosas plumas que decoraban su lomo, seis espiráculos en la base del cuello para obtener más oxígeno, una cubierta ósea muy elegante en la cabeza y ocho patas que funcionaban como si fuese un animal de cuatro patas. El que el mensajero haya llegado en un ostentoso animal como ese, era prueba de la importancia del mensaje que traía con él.
El mensajero entró tras recibir permiso y empezó su reporte oral.
—Mi señor, los batallones de apoyo están en posición—Luego de decir eso, entregó una carta a Aurelio.
—Esas son excelentes noticias, gracias por tu arduo trabajo—Aurelio felicito al mensajero mientras redirigía su visión a uno de sus subordinados —Soldado, vea que ese hombre reciba comida y agua.
—A su orden, señor.
—Tómese un merecido descanso, hasta que sus servicios sean requeridos—le dijo al mensajero mientras revisaba el documento que le habían entregado.
—Será como ordene mi señor.
—“Excelente, las piezas ya están en posición... ahora solo resta la movida final y todo estará listo para las negociaciones.”—Pensó mientras quemaba el documento en sus manos en el fuego de una de las numerosas velas que iluminaban su tienda.
Aurelio había pedido batallones extra, pero estos no estaban destinados a la batalla; estaban destinados a amedrentar al pueblo de los salvajes y serrar las posibles rutas de escape para aplicar presión adicional, teóricamente esta estrategia obligaría al contrario a una situación en la que tuvieran que negociar y evitaría cualquier complicación futura. Sin embargo, esta acción también era una espada de doble filo, ya que existía la posibilidad de que el ver tantos soldados tuviera el efecto contrario en aquellos salvajes y en lugar de amedrentarlos, terminaran provocando su ira.
—¡Centurión Pletas!—llamo con una imponente voz de mando. En respuesta a su llamado, un hombre entró apresuradamente a la tienda de mando.
—Sí, mi señor.
—Iniciaremos el reconocimiento en dos horas, prepare a los hombres.
—¿Durante la noche?
—Así es.
—¿Podría preguntar el motivo?
Aurelio no era muy feliz por tener que explicar cada pequeña cosa, pero en esta situación era algo necesario para tranquilizar a sus hombres y mantener la moral alta.
—Bueno, según los reportes, los salvajes no se alejan de su asentamiento y será mejor avanzar durante la noche para evitar ser detectados por los Urgan cuando pasemos por su territorio ¿No le parece un excelente día para aprovechar esta hermosa luna de primavera?
—¿Señor…?—la confusión en el rostro del centurión era evidente, lo que preocupo a Aurelio —¿Esta no era una misión de exterminio? ¿No sería mucho más simple arrasar la aldea de esas criaturas para subir la moral de los hombres?
—¿Quién te dijo eso? Deberías haber sido informado del cambio en los planes—preocupado por el extraño pensamiento de su subordinado, Aurelio intentó corregirlo de inmediato —Primero que nada, esto no es una misión de exterminio, este ejército no es más que una escolta disuasoria para obligar a los salvajes a negociar. Adicionalmente, los Urgan no son un pueblo que simplemente podamos arrasar sin sufrir graves pérdidas.
—F-fue mi error señor, debí informarme debidamente del cambio en los planes—respondió el centurión de manera inmediata para evitar una amonestación.
—No te preocupes, es algo que suele suceder en ocasiones—si bien Aurelio le restó importancia al tema debido a que tenía otras preocupaciones, tenía un extraño mal presentimiento alojado en el interior de su pecho.
El centurión colocó su puño en su pecho y realizando una reverencia antes de marcharse de la tienda.
—“Solo espero no tener ninguna complicación innecesaria durante la marcha.” Pensó mientras se sentaba en silla.
La preocupación de Aurelio se debía a que estas tierras eran famosas por sus gigantescos y peligrosos animales. Sumado a eso el tiempo que le toma a un ejército recorrer un tramo largo es bastante elevado. Por ejemplo, si solo fueran unos pocos hombres, les tomaría aproximadamente doce horas, llegar a la posición prevista, mientras que a un batallón completo le tomaba casi el doble de ese tiempo.
Tras un largo viaje, todo el batallón llegó al lugar previsto, este sitio era conocido como la planicie Izgra, famosa por tener animales de un nivel de peligrosidad B+.
Aurelio pensó que cruzar el pastizal que se observaba a la distancia sería un juego de niños, por lo que ordenó a sus hombres descansar hasta el amanecer, pero debido a su inexperiencia en temas de exploración se llevó una gran sorpresa, cuando la mañana del día siguiente llegó.
Con la primera luz del nuevo día, los soldados empezaron a prepararse para su marcha hacia el poblado de salvajes.
—Escuchaste, supuestamente hoy será el día en que nuestro glorioso Imperio, finalmente se librará de ese pueblo caníbal que habita la frontera.
—Me pregunto... la verdad es que tengo miedo. Además, según tengo entendido, aún estamos lejos de ese lugar—conversaban casualmente un par de soldados.
—Ah, no seas cobarde.
—Escuche que han pasado cincuenta años y hasta la fecha no hemos podido eliminar a esos tipos.
—Es por eso que se reunió una fuerza tan exagerada, ¿no es así?
—No bromees, escuche que esos tipos son inmortales.
—¿Inmortales? ¡Vamos no bromees!
—No lo hago...
—Él tiene razón, entre los aventureros también circulan esos rumores—un tercer hombre se unió a la conversación que sostenían dos soldados imperiales.
—¿No te enseñaron a no meterte donde no te llaman?
—En ese caso no deberías hablar tan fuerte, ¿no crees?
—¡Cállate! Es por eso que detesto a los exploradores.
—Pero... ¿tú no fuiste aventurero en el pasado?
—Eso no tiene nada que ver esto—uno de los soldados se quejó con su compañero —Además, no deberías comparar un aventurero con un simple explorador.
—¡¿Qué dijiste?!—el tercer hombre que se había inmiscuido en la conversación se ofendio profundamente por el comentario del soldado.
El soldado decía eso, debido a que un aventurero que alcanzaba un rango intermedio dentro del gremio puede elegir entre unirse al ejército o seguir su carrera como aventurero. También había muchos que elegían convertirse en bandidos o similares.
—Como sea me preocupa esta zona—argumentó el explorador tras tragarse su ira.
—¿Por qué lo dices?
—¿Sabes algo de los Urgan?
—Son esas peligrosas criaturas que habitan estas praderas, ¿cierto?
—Sí, escuche que este es su territorio.
—Bueno, pero eso no es un problema ¿no?
—¿En qué te basas?
—Escuche que normalmente no atacan a grupos grandes de gente.
—Ya veo, supongo que tienes razón.
-—Por supuesto que la tengo, alguna vez fui un aventurero alto rango ¿Sabes?
—Y-Ya veo...
La mañana progresaba de forma normal, mientras los preparativos eran completados. La misión iniciaría cuando el reloj solar diera las 9:00 A.M. Desgraciadamente, aquel aventurero se equivocaba en algo. Si bien, los Urgan evitaban las concentraciones grandes de personas, cuando estas concentraciones grandes de personas se acercaban demasiado a su aldea la historia era completamente diferente.