A mi alrededor escucho voces, jadeos asombrados y murmullos. Siento cómo todos hablan al mismo tiempo. Mi padre, mi madre, Adolfo, hasta Rashid. Los oigo en la lejanía, en un eco distante mientras miro un punto fijo al frente de mí; a la nada, la verdad, no sé a dónde. Y en mi cabeza se repite con claridad y mucha fuerza la última frase pronunciada por el hombre que más amo. «Hacerme su esposa» Respiro con dificultad y de esa manera, lo observo. Su rostro permanece inquieto, expectante, inclusive con cierto temor de haberla cagado hasta el fondo. Pestañeo, y deslizo la mirada por la cara de mi madre. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, como instándome a dar respuesta a la oración que me ha dejado muda. Sí, lo presiento al reparar en mi padre y en mi padrastro, que me analizan

