—Pe-perdón —trago saliva—. ¿Qué se supone que es esto? Enarcando una ceja, lo miro con fiereza y sinceras ganas de matarlo. —Son papeles impresos de computadora, habibi —responde sonriente y detestablemente victorioso, aproximándose a su silla. Un asiento giratorio, grande, muy fino a simple vista. Fabricado de un extraño material color plateado. Deseando por dentro sentirme confundida aprieto la mandíbula y alzo las hojas. Las sostengo con la mano y las revoloteo por el aire. —¡No me digas! ¡Creí que eran caramelos! —ironizo—. Gracias por aclarármelo. Rashid larga una fuerte carcajada y retrocede en su intención. No se sienta, sino que por el contrario, con los brazos extendidos se acerca a mí. Su mueca terriblemente atractiva, socarrona y fastidiosa no se borra de su cara ni p

