—Con justa razón tienes el mundo a tus pies, mi árabe bello —le susurro al oído, mientras acaricio su pecho semidesnudo—. Eres un ardiente conquistador con esas palabras tan lindas que dices, ¿lo sabías? Con la punta de mi nariz le hago cosquillas en la mejilla. Se ríe, y besando su cachete, rasposo por la incipente barba que se asoma, me separo un poco. Pese a que su presencia es mi refugio, mi contención, el sitio donde más segura y amada me siento, las responsabilidades me llaman. Debo irme. —Lo que tengo, lo tengo —dice con un dejo de arrogancia, poniendo un mechón de mi cabello, detrás de mi oreja—. Soy un seductor nato, habibi. —Lo que tienes de seductor también lo tienes de engreído. Alza una ceja, y con presunción me enseña una de sus típicas sonrisas baja calzones. —Pe

