—¡No te vayas Nicci! —me suplica Bruna, prácticamente a los gritos. Ruedo los ojos, aspiro una profunda bocanada de aire y pongo los brazos en jarra. —Estuvimos hablándolo más de dos horas —arqueo la espalda y varios de mis huesos crujen. —¡Yo estuve hablando más de dos horas! —se queja, señalándome con su dedo índice—. ¡Yo traté de hacerte ver las cosas como son! Me tomé una botella de vino solita, gasté mi valiosa saliva, mis neuronas echaron humo cada vez que una oración salía de mi boca, y todo, ¿para qué? ¡Para que hagas ésto! —se muerde los labios y me enseña su típico gesto enfurecido: gruñir como si fuera un perro rabioso, arrugar el ceño y cerrar sus manos en puños. —No estoy haciendo nada malo —me defiendo, empleando un tono de voz suave, que no le altere más de la cuenta

