Él me llama varias veces, dice mi nombre con la súplica cortando su voz, lo grita en un rugido felino tratando de detenerme, pero no lo consigue; yo no freno, yo solo sigo hacia adelante. Camino las pocas cuadras que me separan de mi casa y no volteo en ningún momento. No lo hago, porque eso significará ver a la obstinación hecha hombre a metros de distancia, esperando que me retracte de mi decisión. Es que si me doy vuelta y miro a lo lejos su cara de cachorrito abandonado correré a sus brazos otra vez, le diré que le creo y haré de cuenta que la abrumadora asfixia que retuerce mi garganta no existió, y... Honestamente no es lo que deseo. No quiero pasar de nuevo por ésto; que alguien venga a humillarme, a menospreciarme, a ventilarme en la cara lo que no ansío recordar de mi pasad

