Miro la hora y suelto un suspiro que refleja mi absoluto agotamiento. Se acabó mi horario, son las seis de la tarde en punto. Me cercioro de que los archivos en el ordenador hayan quedado guardados, lo apago y agarro mi cartera. —Nos vemos mañana chicas —saludo en general a mis compañeras, y salgo de la clínica dispuesta a... ¿Dispuesta a... ¡Pues dispuesta a decirle por lo menos algo! Me paro en la acera y enseguida lo veo recargado en la portezuela del Audi. Sin querer la oración venenosa de Marina viene a mi mente: "Es tan común en él hacer las cosas más absurdas, importantes y picantes en su coche que no me asombra". Inhalo hondo, me le acerco, y cuando simples suspiros de distancia nos separan, me abraza con fuerza. Sus enormes brazos me envuelven, me cobijan y me reconfor

