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1903 Palabras
Si de algo era afortunada era de que en el depósito no hay ventanas por donde el sol entre. Y lo ridículo de decirlo es que mis ojos están abiertos entre la oscuridad del cuarto. No dormí bien, pensé en tantos asuntos, en como ayudar a mi padre, en que hacer para encontrar mi camino en vez de jugar a adivinar mi futuro. Es momento de tomarme la vida seriamente. Hoy sería un buen día, ¿Por qué? Lo presiento. No es común empezar el día con una sonrisa. Y eso estaba pasándome. Le sonreía a mi vida, aunque estuviese enredada en problemas. La alarma suena. Son las siete de la mañana. Tomo mi celular y la apago. Hoy te he ganado, ruidosa, entérate. Súper casual hablar telepáticamente con las alarmas. Ya madura, Ariana. Ni que fuera fruta, tonta. A ver, son las siete, no me quiero levantar, trabajar ni es mi opción A, ¿Qué puedo hacer? Molestemos a alguien. Kenia. Claro, pero después de Nick. Río anhelando que no se haya despertado. La llamada va en proceso, me rendía al quinto timbre, pero en el siguiente descolgó. —Levántate, pesado. —canturreo de buenas. Un bostezo después responde. —¿Quién habla? —está ronco, es solo puede significar… que estaba dormido. Apoyo a mi cerebro y sus ideas brillantes, modifico mi voz para que sea gruesa. —La zanahoria asesina —batallo con la risa, pero no me rindo—, he venido a matarte y sacarte las tripas con mi moto cierra. —Suena bien, pero ¿puedes matarme el domingo? Es que mañana tengo una cita con una chica ultra linda. —Aclaro: no es una cita. Es una SALIDA. —le digo ya utilizando mi voz. —¿Entonces el domingo? —No, el domingo es un mal día para matar. —Tienes razón, ¿Qué tal el lunes? —Menos, iniciaría mal la semana. —¿Martes? —El martes es catorce de febrero… —saco lo que pienso, odio ese día. —¿Y…? —Y no trabajo en días feriados. Mejor el miércoles. —Ok. Te espero el miércoles. —Bien —accedo, transformando otra vez mi voz—, volveré por ti… Mi amenaza le hace más cosquillas que una pluma, se ríe descontroladamente. Cruzo brazos. —¿De qué te ríes? —le espeto, ya bravucona—. Estoy hablando en serio. —¿De verdad? —con la risa fue difícil descifrar esos dos vocablos. —Qué creías, idiota. —frunzo el ceño, metida muy en el personaje de la zanahoria asesina. No contesta ¿Saben porqué? Está ocupado desgargantándose riendo. Respiro hondo, no puede ser tan idiota, no es posible, por Dios, hay límites. Entrecierro mi vista, no me importa si no ve, como dije, ya me estoy creyendo en el personaje. —Síguete riendo, que del miércoles no pasas. No debí llamarte. —cuelgo, molesta cubro mi cuerpo con la manta, me envuelvo en ella como un burrito humano. ¿Un burrito? Evoluciona ya esos pensamientos, jefa. Tengo hambre, cerebro, qué quieres que haga. Ir a comprar tu desayuno antes de que tu estómago salga de ti y te golpee. —Tienes razón. —concuerdo totalmente, doy un gran bufido. Casi muero en el proceso, pero logré salir de la cama con vida. Ejecuto mi rutina diaria, cepillar mis dientes, hacer mis necesidades, bañarme y alistarme para lo que me depare el día. El timbre de la tienda estalla del puro sonar, sobo mis sienes, es Kenia, la muy mensa sabe que odio los ruidos repetitivos como las alarmas o campanas. Me dan dolor de cabeza, salgo corriendo a abrirle la puerta, ya viéndome abrirle para de tocar el timbre. Debía o de lo contrario arrancaría el timbre de la pared. —BUENOS DIAS. —vocifera animada, como todos los días. Le sonrío. —Tengo hambre. —no mentía, juro que si mi estómago no me golpeaba lo haría yo. —Traje galletas. —agita la bolsa de galletas a lado a su cara alegre. Cuando mi mano está por robársela, la esconde en su espalda, me las niega. —No seas mezquina. —la sermoneo. —¿Por qué tan sonriente? Frunzo el entrecejo. —No sé de qué hablas. —Estás rara —rasca su barbilla, piensa—. Ya sé, éstas emocionada por tu cita con Nick. —Es una salida, no una cita, tú vas. Giro los ojos, le doy la espalda yéndome a… a donde no me vea la cara. —Eso es lo que tú crees. —¿Qué trampa me estás tendiendo ahora? —le refuto con mis brazos en jarra. —Ninguna —evita mirarme y rasca su mentón—. Toma. Le quito la bolsa de galletas mirándola suspicaz, tiene planes en donde mi nombre está involucrado. —Deja de verme con cara de “Dime lo que ocultas”. —Primero quítate la de “Vas a caer, perra". —Está bien —admite—, puede que trame algo. —Eso ya lo sé, debes decirme qué específicamente. La salva el timbre. Un cliente. —Hola. —joder, es su voz. Me congelo. —Sr. Frizplanck. Lo veía y no le daba crédito a la imagen. —Papá. —lo nombré sin aliento. —Veo que reparaste el timbre. —nota brindándome una sonrisa. —¿Qué haces aquí? ¿Te sientes bien? —No sea una exagerada, vine a ver la tienda. —inspecciona el lugar. —¿Seguro que te sientes bien? —Todo está bien ¿Cómo marchan las ventas? —su interrogatorio va a Kenia. —Excelente. Papá camina por la tienda como el dueño, y… lo es, aún es dueño de todo esto. Esta es su tienda. Kenia va detrás de cada uno de sus pasos, respondiendo todo lo que dice. Dejando una buena imagen como personal de la tienda. Solo los observo, no aguanto más, llamo a Ariadna. Tal vez papá no lo haya dicho nada y lo esté buscando como agente de la CIA. —Ariana. —mi nombre le pesa en la lengua. Ignoro ese detalle. —Papá está en la tienda. —Y le dije que no fuera… —brama enojada. Papá vino sin su consentimiento. —Tranquila, yo me ocupo de dejarlo en casa. —Es lo menos que puedes hacer. —me cuelga. ¿Cuál es su problema? Amargada, si no fueras mi hermana ni te marco. —¿Las ordenan por color? —expone mi padre a Kenia como si fuese absurdo nuestro sistema de organización en las playeras. —Sí, verá, Sr. Stefan, si el cliente busca una camiseta por color le será más fácil encontrarla de esta manera. —Kenia sonreía forzoso, no es aficionada a los interrogatorios, y aunque esto me es divertido debe parar. —Pero es absur… —Pero…—paso mi brazo por encima del hombro de mi padre, mirándolo feliz— ya terminó la inspección ¿verdad, papá? Quiero salir contigo a desayunar. —Así las cosas, ya acabó la inspección —suelta una risita, palmando mi espalda suavemente, su mirada flota por toda la tienda y en sus ojos hallan la nostalgia al ver la radio de mamá, esa que yo conservo—. Aún la tienes. —También sus casetes. —lo guío conmigo al aparato. Ve la caja y comienza a hurgar en su interior, encontrando casetes que ya conoce, que ha oído más veces que yo. —Sé que los debí haber quemado… —esa fue su orden, papá es amaba la música, él no tiene un talento relacionado, solo toca guitarra, él me enseñó como tocar, clases en casa desde los cinco años, en gran parte de mi infancia se debe a la música, pero cuando cayó en depresión la música en casa se tornó un tema tabú, nada de música, nada de recuerdos, y sí, hace un año debí haber quemado esta caja de cd’s con canciones de amor. Suspiro mirando la caja y memorando ese día que estuve a punto de quemarla. Tenia toneladas de motivos para quemarla y… únicamente uno bastó para no hacerlo. —Debí, pero no pude, ahí recuerdos de muchas personas, de ti, de mamá, de la familia. Conservarlos era una forma de tener seguro mi pasado, y lo sé, no es el mejor pasado del mundo. Pero también es lo que soy. También es lo que eres. En esa caja está todo lo que somos en canciones. —Gracias por desobedecerme. —¿De nada? —rio para esfumar el pesado pasado, ese que duele. —Has hecho un gran trabajo con la tienda. —Solo le faltaba modernizarse. —¿Me has llamado viejo? —se la tomó a ofensa. ¿Así se sintió Nick cuando me llamó de tal forma? Aguanto la risa. Vale, es gracioso. —No. Papá entrecierra su visión. Así ya da el triple de risa y no me limito, me río. —Ari. —¿Qué? —le rechisto a Kenia, quien acaba de nombrarme. Viene con su celular pegado a la oreja, habla con alguien. —En dónde aguacates tienes tu teléfono. ¿Dónde lo había puesto? Oh, no. ¿En dónde? Suspiro aliviada sabiendo la verdad. —Lo he dejado en la cama —frunzo mi ceño, a que vienen su interés—. ¿Por qué? —Toma. —me tiende su celular, indecisa lo recibo y sobreentiendo que ahora yo atenderé la llamada. —Ari. —escuché claramente. Sonrío, reconozco su voz. —Ujum. —Lo siento. Eh… —¿Porqué te disculpas? —Estás enojada conmigo —dice tan asfixiante—, no debí arruinar nuestra llamada de esta mañana. —¿De dónde sacas eso? —No contestas mis llamadas. Se preocupó por mí. Lo hizo. ¡No! ¡No por mí! Por tener buenos términos conmigo, y ya. Ya ve pisando frenos, jefa. —Ni las de nadie, mi celular está en mi cuarto, lo dejé en la habitación. No sabía nada de tus llamadas. —justifico secamente. —¿De verdad? —Ujum. —Te digo algo… Nick, no me hables tan dulcemente suave ¿sí? No ves que se cae mi actitud odiosa. —Esa llamada fue mejor que un “Buenos días”. —completa en un suspiro. —No te acostumbres. —juego con mis pulseras, así olvido estás ganas de sonreír. —Muy tarde. —¡Solo te llamé una vez! —me exalto, ¡Viva el drama! —Fue suficiente. Una bocina interfiere en la comunicación entre ambos. —¿En dónde estás? —pregunté. —¿Te estás interesando? Bufo. —No es que se oye tránsito, no vaya a ser que estés conduciendo y hablando por teléfono al mismo tiempo… —Te estás preocupando por mí. —No es así. —chillo, harta. —A las tres. Estrujo mi cara. —¿Qué con el tres? —A esa hora paso por ti. —Por nosotras. —corrige Kenia gritando a mi lado, ha oído toda la charla, y yo creyendo que la intimidad existe. —Por ustedes. —Ok. —reprimo mi sonrisa y emociones raras en mí. Tengo que desayunar, en ayunas mi cerebro es inservible. —Ok. —Ok —deletreo arisca— y no me preocupo por ti, hasta luego.
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