💜 11 💜

2086 Palabras
Cuelgo, devolviéndole su celular a ella. Su semblante simplemente puede hacer que un duende vomite arcoíris. Y otras cosas asquerosamente rosas. —Kenia. —Si. —Ya quita el cartel de “Se busca personal” y también esa cara de querer ir al baño. Mi cara, dura como roca, fría como el hielo e insensible como Cruella de Vil, como me caía bien esa tipa, hasta que explicó su plan de despellejar a unos pobres dálmatas bebés para un abrigo. Sorry. Podrá ser muy villana pero el maltrato animal es imperdonable, y para mí, otro pecado capital. —¿Comida Tailandesa? —le inquiero a papá. Él asiente en positivo. A desayunar. Es peculiar que alguien en esta ciudad ame la comida tailandesa. En realidad, si no tuviera raíces de ese país tampoco sentiría interés en comer platos con nombres como “Pad Thai” o “Som Tam" ¿raros nombres, no? En conclusión, amo la comida tailandesa por mi madre. Ella era muy buena cocinando esos platillos, amaba su sazón y el olor delicioso de sus salteados. Amaba. Ahora extraño. Pero no toquemos ese tema… En cambio, apreciemos el restaurante fijo de nuestra vida, Thai Gourmet, todas las celebraciones se ha realizado aquí, en este lugar han pasado tantas cosas que con solo mirar de reojo las cosas se me presentan recuerdos. Y por lo visto a papá también, la última vez que vino aquí fue hace seis años, mucho tiempo ¿cierto? No ha salido de casa desde hace mas que esos seis años. —Han modificado el lugar. —denota a simple vista. Es certero, yo no he notado los cambios porque no he parado de visitar el sitio, pero en efecto, tiene sus arreglos. —Uno que otro, nada significativo o exorbitante, papá. —comento sentándome en la mesa que ha elegido él. La carta de menú está sobre la mesa, delante de cada silla, me relajo y entro en un debate conmigo misma sobre que platillo elegir. Los he probado todos, justamente por ello es que seleccionar uno se me hace un conflicto interno. Papá carraspea y lo observo dejar el menú de lado, ¿Ya eligió? ¿Tan pronto? Yo acababa de analizar la lista de platillos fuertes. Que lenta soy para estas cosas. —Gracias. —pronuncia en gratitud absoluta. La novedad es que lo hace como si le hubiese salvado la vida. —Papá, es solo un desayuno, bueno, dada la hora un almuerzayuno —le resto importancia, vuelvo a mi indecisión en el menú—. Papá, qué elegirías ¿Un Mu Satae o un Pad Krapau? Una sugerencia no me vendría mal. —No es el almuerzayuno—suspira, me enfoco en él—. Es… por todo. Le sonrío. —No tienes porque agradecerme. Creo que me decidiré por un Pad Krapau. Pesado para ser un desayuno, pero tenía ganas de uno. Papá toma mi menú y lo aparta. ¿Qué pasa? Sus manos se unen encima de la superficie, me enmarca en su mirada. Después de dudarlo mucho lo expulsa. —Hija, hoy salí a buscar un empleo. —Qué… —emití inaudible, procesando sus palabras. Busca un empleo. —Quiero hacerme responsable de mis deudas, tu hermana y tú no merecen cargar con ellas. Las deudas. Otro tema tormentoso. —Papá, lo único que puedes hacer para ayudarnos es ir a terapia para dejar tu adicción al alcohol. Esa es la raíz del problema, si no mejoras todo irá como ha venido todos estos años. Mal. —Lo intento, sabes que lo intento —baja su cara, decepcionado—, y no lo consigo, cada vez que creo ir bien la recuerdo. —Lo sé, te está costando mucho —tomo su mano, y le sonrío—, pero al menos ya sales del cuarto. Eso es paso gigante. Y también sé que te estoy pidiendo algo muy difícil, sé que no quieres ir a terapia, pero… podemos ir juntos, yo estoy dispuesta a todo. Puedes estar mejor, papá, podemos ser felices. —Sabes lo que pienso sobre las terapias. —libera su mano de la mía, no fue brusco ni molesto su gesto, solo tiene miedo. —Papá —muerdo mi labio, expulso todo el aire de mí—, ¿sabes lo que pienso yo? Me contempla en silencio. —No puedes encerrarte en el pasado toda tu vida —añado con mas tacto del que tengo—, la vida está pasando y me duele ver que no la vivas. —No quiero vivirla. —murmura cabizbajo, limpia su nariz con la manga de su abrigo viejo. Y yo no verlo así, sufriendo. —¿Ya no quieres vivirla o ya no quieres vivirla como la vives? Él quería vivir, lo sé. Él solo no quería continuar adolorido. Marcado por circunstancias que nunca eligió ser. —Tú sabes porque tomo. —Para olvidar, pero no funciona, nunca te funciona. —me guardo las lágrimas que buscan salir. —No hay día en que no lo piense —exhala tenso— ¿En verdad lo estoy haciendo bien? ¿Soy un buen padre? —Odio tu cerebro, odio que te haga dudar. Eres el mejor —tomo su otra mano que no se ha escapado de mí—. Estoy siendo entera y completamente sincera, eres lo mejor, con todo y tus defectos, lo eres. Está rudo convencer a tu admiración de que en verdad es lo mejor que tienes. Papá aprieta mi mano, la lleva a su boca y la besa, ya cerca de su cara enjugo las gotas que debajo de sus ojos bajan. —Buenos días —saluda amablemente la mesera del lugar, es nueva, nunca la vi por aquí, nos recibe con una gran sonrisa contagiosa—, ¿Qué desean pedir? —Dos Pad Krapau, por favor. —ordena mi papá. —Muy bien, ya regreso con sus ordenes. La chica se va anotando mas pedidos, la han llamado de otra mesa, y no sé el motivo, pero sus delineado de ojos me recordaron al gato de la Sra. Jones. Regreso a papá y quiero compartirle lo que por mi mente pasa. —En el hospital, un verano, hace nueve años —lo ubico en esa línea de tiempo—. Me había roto una costilla por intentar salvar al gato de la Sra. Jones. Te dije que me dolía mucho, y tú me preguntaste “¿lo valió?” —sonrío negando—. Te lo dije, ¿Qué dije? —Dijiste que sí, que lo valió todo, incluso tus costillas. Asiento aprobándolo. Su memoria no falla, así fue. —El gato sobrevivió y por mucho que me dolieron las costillas —río lidiando con el dolor— nunca me arrepentí ¡Y eso que soy alérgica a los gatos! —No parabas de llorar y toser. —ríe conmigo. Es justo en donde las risas callan y nuestras miradas chocan. Me pongo seria. —Ahora te lo pregunto: ¿lo valió? —indago sutilmente. Él sabe que mi incógnita cava mas a fondo en su depresión. ¿Lo valió? Entregar su corazón. Que se lo partieran. Haber llorado todas las noches. Haber pausado su vida. Haber caído en el amor. ¿En verdad lo valía todo? —La diferencia, hija, es que… tú sí alcanzaste a salvar. No, no creo que el amor valga tanto, su precio es alto y doloroso. Pero es ley ¿no? Si quieres amor, tienes que pasar por el dolor. Lo genial de todo es que mi papá está como ese gato arriba en el árbol. Asustado. Y yo… yo subiría a salvarlo, aunque me cueste todas las costillas que tengo, solo debo impedir que salte. Impedirlo a toda costa, cueste lo que cueste. No lo perdería a él también. —El mundo está lleno de oportunidades, papá. —le aliento. Asiente. —Muy cierto —coincide—. El mundo está lleno de oportunidades para aquellos que estén dispuestos a tomarlas. —Aquí tienen su comida —intercepta otra mesera, nos presenta a nuestros deliciosos platos—, buen provecho. —Gracias. —emito viendo como papá moría por devorar su pedido. —Espera —lo detengo, ya iba a comer la primera cucharada, saco rápidamente mi teléfono, enciendo la cámara—. Una selfie. No solemos tener salidas ni comidas juntos, y mucho menos fotos, aprovecharía esta salida hasta el último momento. Me acomodo y su cara a la cámara no puede ser mas larga porque… no es posible, obvio. —No, no, no. Frunzo el ceño cabreándome. —Papá. —refunfuño igual que él. —Una sola. —concede sonriendo para la foto. —Di Whisky. —¿Whisky? Y no importa que lo haya preguntado en vez de afirmarlo, de todas formas, tomo la foto. Listo, tengo una tarea pendiente en mi lista. —A comer… Muy tarde, ya papá va por el tercer bocado. No hay nada más lindo que comer en familia, pero todo termina, y fue un final bien, almuerzayunamos, lo dejé en su casa con mi hermana, le di un gran abrazo, le dije que lo amaba y ahora no paro de pensar en que puedo hacer para rescatarlo de una recaída. ¿Qué puedo hacer? Suspiro empujando la puerta de la tienda. El dramatismo protagónico de mi amiga fue la bienvenida al trabajo. Seré su jefa, pero el respeto me lo seguirá debiendo de por vida. —Hasta que llegas —jadea—, debes alistarte, ¡Yo debo alistarme! —Cálmate, descerebrada. —¡Son las dos y media! —Sí, eh… lo vi en el reloj que está ahí —direcciono mis ojos a dicho reloj—, pero gracias por el dato. —¡Tienes una salida en media hora con el ardiente de Nick! —Te subestimé demasiado al llamarte descerebrada —en verdad—. Si te tranquiliza no lo he olvidado. Como olvidar ese evento con una amiga tan exagerada como ella. —¿Y qué haces que no te preparas? —Se te perdió un detalle, mojigata. —Cuál. —Yo no busco impresionar a nadie, menos a Nick. —dicho eso, parto a mi habitación a fisgonear mi armario. Algún atuendo he de tener oculto ahí dentro. —Yo sí, nos vemos, goodbye. La campana de la tienda dice que se ha ido, posiblemente regrese vestida como la hermana de Beyonce. Patética. Bien, unos vaqueros nunca pasan de moda. Me apuesto por el mas oscuro, y que ciñen mis piernas como maravillosas. ¿Un top? Va. Usemos la mini franelilla color vino, como siento que enseño mucho la junto con un abrigo tejido de mi madre, este abrigo es una de las pocas pertenencias de ella que reguardo. Su olor, es a libertad y miel, que buen perfume usaba. Le resoplo a mis pies desnudos. —¿Sandalias o botas? —medito, chasqueo solucionando la duda—. Sandalias negras. Yeah. Mis sandalias negras, estilo grunge, pero moderado a elegante. Me gusta. Sí, lista, oficialmente. Como dije, Kenia regreso vuelta en Beyonce, la canción Best Friend de Doja Cat ft. Saweetie sonó en su entrada triunfal. Solo que dio la hora y ni señales de humo sobre Nick. —Ya pasó media hora —informa Kenia sentada a mi lado, jugaba algo en su celular—. Llámalo. —¿Porqué yo? —cruce brazos, ya bastante enojada con la impuntualidad de ese loco como para llamarlo. —Porque yo estoy ocupada. —¿Jugando ludo? —Voy lejos. Le marco al lunático. Otro que va lejos es el descaro del lunático para no contestar mis llamadas. —¿Nada? Niego estrujando la hoja que le he arrancado a la revista que ojeo. Oí música hasta aburrirme. Jugué tres partidas de ludo con Kenia, tres derrotas, la mojigata tenía experiencia. Cantamos tres rolas en el karaoke. Hablamos sobre cambiarnos el look. Pintarnos el cabello. Acabamos una caja de goma de mascar, hasta hicimos competencia de quien hacía la burbuja de goma más grande y resistente, pero… perdí también. Pudimos haber ido a ver Titanic, vuelto y seguiríamos en las mismas. Esperando. Esperando a alguien que nunca llegaría. —Ya no va a venir. —admito mirando como el reloj en la pared marca las seis de la tarde. —Sí —palmea mi espalda—. Oficialmente nos han dejado plantadas, perra. Oficialmente Nick me dejó plantada. O…tal vez no.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR