💜 12 💜

1713 Palabras
—Kenia, siento mucho que tuvieras esperando toda la tarde…—me sentía muy avergonzada con ella. —Tranquila, la pasé genial. —Te libero, puedes irte a casa. Me levanto, quiero ir a mi cuarto, estar sola, andar en pijama y ser la solitaria que soy a estás horas. —De mí no te librarás nunca, bebé —guiña engreídamente—. ¿Vamos por unos hot dog's? —Gracias, pero no tengo hambre. —Entiendo —me imita y me abraza—, te llamaré llegando a casa. Camina a la puerta, voltea por mi respuesta. —Ok. Gira sus ojos. —Odio los ok —tira de la puerta abriéndola, se percata de un pensamiento y me lo hace saber—. Y si le pasó algo. Giro los ojos cruzando brazos. ¿A Nick? —Lo que sea que le haya pasado le pasó por imbécil. —Si sabes algo de él, me avisas. Ahora sí me desaparezco. —termina de irse y cierra la tienda. ¿Porqué me pregunta esas cosas? Y si en a Nick le pasó algo. Bufo yendo a mi cuarto, me desvestía con desánimo y con miles de escenarios de como golpear a Nick hasta dejarlo inconsciente. Me pongo mi pijama, un short de pijama y un buzo gigante, y no, ninguna de la pieza era bonita. Arreglo mi cabello armando una cebolla con el, me tiro a la cama conectando mis auriculares, oiría música toda la noche. A ver, por cual doy inicio. La canción va bien, pero mi mente no. Que alguien me explique como no dejo de pensar en que a ese imbécil le pasó algo. Por más volumen que le subiese a la canción la voz dentro de mi cabeza hablaría más alto. Una llamada no me quitará el orgullo o la dignidad. Primer timbre… Segundo… Tercero y me estoy rindiendo. Al cuarto, como obra del espíritu santo, descuelga. —Joder, Nick, ¿Qué rayos te pasa? Te he estado llamando toda la tarde sin tener ni una señal de vida de ti. —refunfuñe hundiendo mu entrecejo. —Ábreme. —su voz es la serenidad hablando. Me cabrea. —¿Qué? —Estoy afuera de la tienda. —Ahora si te surtiste —salgo del depósito, y corroboro lo que dijo, esta parado detrás de la puerta, lo puedo ver a través del vidrio en ella, cruzo brazos, ahora sí lo puedo ver—. ¿Qué te hace creer que yo abriré esa puerta? El Nick detrás de la puerta viste menos intimidante, no lleva chaqueta de cuero, en su lugar está un buzo azul oscuro, unos pantalones negros moldean sus piernas y las converse negras cubren sus pies. Excelente vestimenta, pero aún sigo cabreada contigo. —¿Una disculpa? Rio, él cree que yo le disculparía así. Sin esfuerzos de su parte. Realmente no me conoce. —¿Unos cincuenta dólares? —negocie ágilmente. Seamos prácticos. —Hecho. Camino y me tardo abriendo la puerta, es apropósito. En sus manos sostiene dos cañas de pescar, creo que no se ha dado cuenta de que ha llegado cinco horas tarde. Pasa y me enjaula en su vista, es una pena que solo ve mi cara de pocos amigos y mi postura imponente. —Ariana. —me nombra ya dentro, e iba para el discurso. —Los cincuenta dólares. —extiendo mi mano, impaciente. Saca lo prometido de su billetera, deposita el billete en mi palma, y no lo entrega del todo, su pulgar e índice sujetan el billete mientras yo tiro del otro extremo. No lo suelta, acerca su cara a la mía. Ya a estás distancias puedo verle bien sus ojos. Miel. Son ámbar. Y brillantes como soles. ¿Cómo lucirán expuesto a la luz del sol? Pestañeo y recapacito, lo fulmino enojada aún. —Te duplico si vienes conmigo. Cien dólares por salir con él… Buena oferta, pero hagámoslo sufrir más. —Nick —me acerco más—, son las nueve de la noche. —¿Y…? —inquiere susurrante. —Y no sé como no te he golpeado aún. —susurro sin aire. El aire. El oxígeno se está espesando para ambos. Sus ojos lo saben, él lo sabe, sabe cuanto me está costando tomar aire. Lo sabe su sonrisa, esa que crece al caerle mis ojos. Ok, era una linda sonrisa. Dulce y tierna. —Te lo ruego, por favor, ven conmigo. —Te faltó la disculpa. —me separo un poco para despejar mi mente. —Lo siento. Que ni piense que por meter sus manos en los bolsillos lo voy a perdonar. No dice nada más. —¿Ya? —jadeo boquiabierta. Encoje hombros. —Ya. —sonríe divertido. Me paso una mano por toda mi cara, frustrada. Que ilusa por esperar una disculpa digna. —Dame esos cien dólares —exijo saliendo de la tienda y esperándolo afuera—. Apresúrate, que no te voy a esperar cinco horas más. El ruido de su risa es lindo, pero ahora no era precisamente lo que necesitaba oír. Me cabreaba demasiado que se riera, que imbécil. —¿Qué te parece feliz? —mascullo molesta, paso de ver su moto a ver al dueño. —La zanahoria asesina me dio dos días más de vida, soy muy afortunado ¿no crees? Le sonrío falsamente. —Ojalá se arrepienta. —musito activando mi modo gruñón, me aseguro de cerrar la puerta con las llaves y guardarlas en el bolsillo de mi short. —Sube. —No me has dado los cien dólares. —notifico mostrándole mi mano vacía y mis ganas de no irme con él. Resopla y saca el billete. Me la entrega, verifico que sea de cien, guardo el dinero, me pongo el casco y sonriente subo a la moto. Por el desequilibrio tuve que sujetarme a él, no quería tocar su abdomen, pero tampoco caerme y besar la autopista, además su abdomen está firme y nada desagradable a mis manos. He transitado en moto unas cinco veces, pero amaba la sensación, el viento en mi cara y las luces de los autos pasar mis costados. Fue asombroso, podía acostumbrarme a esto sin problemas. Nick parquea su moto en un parque. Sí, un… simple parque, ni siquiera alcanzó a un muelle. —Llegamos. —anuncia quitándose el casco. Dios Santo, su cabello despeinado derrocha sensibilidad. Dios Santo, no pensé eso tampoco ¿verdad? —Y qué haremos. —me quito el casco y bajo de la moto. Luego lo hace él. —Pescar. —dice dándome una de las cañas de pescar. Le sigo, nos adentramos al parque. —¿Pescar? —Aja. —En un parque… maravillosa idea, genio. —comento sarcástica. Ignora lo que dije y caminamos a las bancas con vista al mar. De hecho, el mar está demasiado cerca. Es… casi un buen lugar para pescar. Nick tiene un andar positivo, alegre y optimista. Lo opuesto a mi caminar vago, desanimado y al estilo zombi. Elije la banca más cercana al mar, ahí se sienta y lo copio. Suspira profundo mirando el mar. —¿No le ves lo bueno a la vida? —pregunta. Veo el mar y nada. —No. —cruzo brazos. ¿Se supone que lo bueno está sumergido en este lago? —¿Saber pescar? —me increpa preparando su caña. —No. —Tienes que poner una carnada en el anzuelo —saca una bolsita de lombrices—, usa una de estas. —Están vivas. —me asqueo por su aspecto. —Dame tu caña. Se la regalo y observo como incrusta la lombriz en el azuelo, lanza la carnada tan lejos que ya está en el océano esperando que un pez la muerda. —Listo. —me devuelve la caña y procede a realizar lo mismo con la suya. —Espero no atrapar ningún pez. —¿Por qué? Está muy concentrado en la lombriz de su anzuelo. —No quiero matarlos. —confieso en compasión por los peces. —Que tierna. —Me vuelves a llamar así y será la último que hagas. —amenazo fulminándolo. Lanza su carnada y entramos en esa fase denominada “esperar a que el enemigo caiga", es una fase larga, pero la vista es gloriosa, desde aquí puedo ver edificios y la cuidad pequeña. —¿Ves aquel edificio? —me señala a un edificio alto, el que tiene mas pisos, está de su lado, pero sí lograba verlo. —Sí. —Quiere ser amigo de aquel otro. —desvía mi mirada a el otro edificio, el mas pequeño, con menos pisos que está de mi lado. —Pero están muy lejos. Mira toda la distancia de por medio —estrujo mi ceño—. Esto es absurdo, los edificios no pueden ser amigos, no tienen amigos. —Ellos sí —defiende—. Pero el edificio alto no sabe como ganarse la confianza del edificio bajito. —Vaya. —Y el edificio alto se siente muy bien a su lado. —Querrás decir a cientos de kilómetros. —río mirándolo… y dejo de reír, su semblante no es broma. —Cree que el edificio bajito es muy atractiva, y no solo ve la superficie. —¿En serio piensa eso? —Sí, pero la ha dejado esperando cinco horas en su primera salida. ¿Estuvo mal, no? Conocía esa historia. —Lo que estuvo mal fue no decirle porque no llegó a la hora correcta. Él no me explicó el porqué. —Resulta que al edificio alto le surgió un asunto de trabajo y tuvo que tomar un avión a Arizona, tuvo que solucionarlo y volver, pudo haber llegado más temprano pero el único vuelo disponible era una hora más tarde. Qué… —¿Tomó un avión solo para no dejarla plantada? Dime que no. —No, tomó un avión para no decepcionarla. Hizo eso por mí. Pudo haberme escrito y lo habría entendido, pero no quería decepcionarme. Nick me admira desde su asiento. Rayos, fue a otra cuidad muy lejos y volvió por mí. Nadie había hecho algo semejante por mí. Nada se igualaba. —Rayos, creo que sí le es importante. —concluyo susurrante, gritando internamente. —Lo es.
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