—¿Por qué? —la entonación sale más seria de lo que planeaba.
—No sé —encoje hombros—. El edificio alto siente que es así.
El silencio se sienta en la banca y no nos afecta, tenemos sonrisas ruidosas que nos ciegan.
—Pero el edificio alto pudo haberle mensajeado al edificio bajito, le pudo haber explicado y lo habría entendido.
—Sí, pero era su primera salida, el edificio no la quiso decepcionar. Además, quería verla.
Verme. Por eso no cualquier chico tomaría un avión. Que gran gesto.
—Ok. —me rindo, y sonrío al panorama.
—Ok —me imita molestándome—. Dices eso muy seguido.
Encojo hombros.
—Soy de pocas palabras.
—De muy malas palabras.
—¿Me estás diciendo grosera?
—Sí.
—Cínico.
—Grosera.
—Metiche.
—Gruñona.
—¿Yo? —rio— ¿Gruñona?
Asiente. Dejo de reír, molesta.
—No me conoces.
—A ver ¿cuántas veces te has molestado en lo que llevamos de cita?
—¡No es una cita, es una salida! ¡¿cuántas veces tengo que decirlo?!
—¿Ves? Ya te enojaste.
Contradecirle era mi meta, pero mi caña se empezó a mover, algo tiraba de ella.
Un pez.
—Creo que... —le dan un jalón fuerte— ¡Dios Santo! ¡Por fin!
Lo he hecho.
He capturado algo.
Me pongo a saltar.
He atrapado un pez.
—No. —Nick apaga mis celebraciones.
Y la caña deja de ser atraída. Recojo un poco del hilo y nada, nada tira del anzuelo.
Wtf.
—¿Qué?
—El ruido —explica él—, lo ahuyentaste.
—Pero... —me callo desilusionada— lo tenía.
Regreso a mi sitio.
—Sí, pero se dio cuenta de que lo estabas por atrapar.
Gruño y resoplo enojada.
—Los hombres son como los peces, apenas ven que los atrapas, salen corriendo.
Él se burla de mi símil, muy creativa, por cierto.
—¿Lo dices porque te pasó con algún romance?
—No, no había mordido la carnada cuando ya estaba con otra persona.
Exactamente a mis ocho años, en la escuela, y no, la galleta de una niña era mas dulce que la mía, me dejó por una galleta, que indignación tan grande. En fin, fue la única vez que intenté atrapar a un chico que me atraía.
—¿Te has enamorado?
—No, pero he visto casos seriamente trágicos ¿ok?
—Ok, pero... ¿te han atrapado alguna vez?
—Nunca, ni por muy buena que sea la carnada.
—¿Ni siquiera por cien dólares?
—No —me lo pienso—, no lo sé. Y ¿a ti?
—Justo ahora dudo de que haya estado enamorado antes. No, no he estado realmente enamorado como ahora.
Como ahora…
—El amor es fatal. —recito mi lema bufando.
Es la verdad.
—¿No le darías una oportunidad?
No me gusta lo interesado que se muestra por mi respuesta.
—No seré atrapada, Nick.
Desvío mi visión a otro lado. Si no lo veo no me afecta.
—No habló de pescarte sino de ser libre junto alguien.
Volteemos la conversación.
—No había considerado tener amigos con derecho. —rasco mi barbilla considerándolo.
La cara de Nick es un poema mas sublime que los de Neruda.
—¿Amigos con derechos?
Asiento, muriendo de risa por dentro. Jamás pensé llegar a estos extremos. ¿Amigos con derechos? En qué pensaba. Estoy loquísima.
—No es mala idea, no me aferro a nadie y me ahorro el sufrimiento.
—Y la felicidad.
Le sonrío.
—Oh, cállate, lunático.
Capta que es broma y niega sonriendo.
—Sabes, si esto fuera una verdadera guerra ni te consideraría como un peligro eminentemente.
—No, porque si esto fuera una guerra ni siquiera estarías vivo. —refuto en contra.
—Soy bueno en el combate.
—Y yo pateando traseros.
—Y demoliendo patinetas. —eso me saca varias carcajadas.
—Cuídate, eres fácil de demoler.
—Solo para ti seré fácil de demoler ¿Ok?
—No ok —muerdo mi labio—. No te quiero ver lloriqueando después.
Esto es divertido.
—Yo no lloro.
—Ah, ahora resulta que no lloras. —ironizo jocosa.
—No. Solo una vez. Cuando nació mi hermano menor.
—¿Tienes hermanos?
—Uno, tiene seis años —su vista se pierde en el viento, en un recuerdo de su mente—. No sabes, fue hermoso ver lo chiquito que era, su fragilidad y ternura.
—Te conmovió.
Aterriza a la tierra.
—Sí.
—Y lloraste como un bebé. —le molesto haciendo muecas de bebé llorando.
—Cascarrabias.
Mato a mis burlas.
¿Quiere guerra? A ir por granadas muy explosivas.
—Estúpido.
—Antipática.
Eso dolió.
Inventa un apodo súper feo. Vamos.
¿Jirafa? Que bajo.
¿Rascacielos? No convence.
Lo tengo.
—Jirafasaurio.
—¿Cómo?
—Jirafasaurio —río orgullosa de mi creación—, así te llamaré a partir de ahora.
Piensa. Y sucede que le he ganado, “Cascarrabias” ya no me ofende, tengo un apodo peor para él.
Me devuelve la sonrisa maligna.
Oh, no, con qué me saldrá ahora.
—Enojona.
Me quedo pasmada, y muy, muy indignada.
—¿Enojona?
—Con E de Enana.
Increíble.
Conque ahora se burlará de mi estatura.
Que jugada tan baja y sucia.
—Retráctate, Nick, retráctate.
—Enana.
—Te perdoné lo imbécil, te perdoné lo patético. Pero esto... —niego lentamente—. Esto no te lo perdono, lunático de mierda.
—¿Qué más?
—Inútil.
—¿Eso también?
—c*****o.
—Gracias.
—Cara de orangután feo.
Ok, eso era mentira, su cara era muy linda.
Rayos.
Ya mejor ni pienso, solo pienso estupideces como la anterior.
—¿Planeas bajar mi autoestima? —arquea una de sus gruesas cejas.
—¿Tienes?
—Claro que la tengo, y te informo que está tan alta... que nunca la podrás alcanzar —preparó muy bien el énfasis en mi horrenda etiqueta—, enana.
—No me llames así. —lo golpeo con mi caña de pescar.
—Dos centímetros menos y serías un buen cono de transito.
—¡Te partiré la madre, me oíste! —chillo en ira absoluta.
—Sh —sisea dejado de carcajear—, no hagas tanto ruido, espantarás a los peces.
—¡Me vale!
—Genial.
Bufo resignada.
—Tengo sueño. —refunfuño de brazos cruzados.
—Ariana.
—¿Qué?
—Déjalo ser.
Frunzo el ceño. Me sé esa frase.
—¿The Beatles? —quiero adivinar.
Asiente, —Let It Be.
Sonrío y doy gracias a papá por haberme enseñado todo lo que sé de la buena música.
Él dice un par de cosas, no le presto mi atención, ojeo el paisaje y me fundo en el. Quizá pensó que por andar distraída en la vista o notaría que se ha acercando a mí, reduce a cada vistazo nuestra distancia. Lo peculiar fue que yo no dije nada, no le frene, simplemente… me gustaba sentirlo cerca.
Cada fibra de mi cabello vuela a todas las direcciones posibles, la brisa las esparce por doquier. Tomo el lado derecho y lo envuelvo, acomodándolo detrás de mi oreja.
Nick no paró de acercárseme, el costado de nuestras piernas se tocaba, opté por apoyar mis codos en mis piernas, inclinando mi cuerpo hacia delante. Me imita, y nuestros brazos también se rozan.
Sé que me ve, lo he dicho antes, su vista pesa, pero es hermoso ascender de espacio y hallarlo perdido en mis facciones.
¿No te aburres de estudiar mi cara?
Es la misma de siempre.
Nuestras pupilas se encuentran, nuestros iris se atraen y nuestras miradas se gustan.
—¿Porqué no crees?
Resoplo.
Asombroso, volvimos al tema del amor. A otro chico posiblemente lo habría mandando a visitar la chingada pero no podía hacer eso con él, por Dios, había viajado desde Arizona solo para estar sentado aquí, pescando conmigo. Sencillamente sentía que le debía responder con toda la sinceridad.
—Vi a mi padre llorar por su corazón roto —suspiro viendo como el oscuro cielo se aclaró unas tonalidades, prosigo—, mamá lo dañó. Y la fractura fue tan grande que hasta la fecha... él no ha podido repararse. Así que la pregunta no es creer, es… ¿crees en la vida después del amor?
Se queda en silencio estudiando mis palabras.
He vivido sabiendo que el amor nunca dura, tarde o temprano se acaba y entonces tendrás que buscar la manera de amar estando solo.
—Y sí —añado—, lo admito, el amor existe, pero rompe a las personas.
—Mientras a otras las reparar.
Ojalá pudiera ver las cosas como él, es difícil verlas tan bien cuando he cargado con los daños de la relación de mis padres. No, no podía.
—Amar es difícil, y no siempre funciona, Nick.
—Entiendo —comprende y se lo agradezco, me sonríe y con su mentón apunta al edificio alto—. ¿Qué crees que podría hacer para que el edificio bajito tenga confianza en él?
—Si quieres confianza, debes regalar algo primero. Eso decía mi maestra de kínder.
—Por ese lema te quedaste sin amigos.
—Ey, si tengo amigos.
—Excluyendo a Kenia, que otros amigos.
—Me importa más la calidad que la cantidad.
—Claro, y por eso pides algo a cambio de la confianza.
—He hecho cosas para merecer la confianza de otros. —acoto defendiéndome.
—¿Qué es lo mas loco que has hecho por Kenia?
Mi boca se estruje.
—A Kenia le gustaba un chico, yo lo contraté en el puesto de organizador de almacén, puesto que no existe y que cree para tenerlo cerca de mi amiga.
—¿Y qué pasó?
Esto será chistoso.
—Júrame que no le dirás nada a Kenia.
—Juramento de un Boy Scout.
—¿Fuiste un Boy Scout? —sentí curiosidad.
—¿Eso me haría un Golden Boy?
—No.
—Jamás lo fui.
Río por eso. Continúo.
—La cosa es que Kenia a los tres días lo encerró en el almacén y luego de dos horas salieron de ahí siendo novios.
—¿Qué clases de cosas hacían en la bodega del almacén?
Suspiro.
—Esa es información confidencial. Pero tengo que confesarlo, son un par de ruidosos.
—Porqué tengo la impresión de que no organizas cosas ahí.
—Ideas de tu mente morbosa. —encojo hombros.
Luego de que regula sus carcajadas, lo dice:
—Dime que me encerrarás en ese almacén algún día.
Wtf. Enarco una ceja.
—Algún día... en una galaxia muy, pero muy lejana.
—Me hieres.
—Fascinante. —le sonrío.
—Algún día...
—Algún lejano día. —corrijo, descubriendo tonos verdes en la avellana de sus iris.
Las tonalidades que rodean sus pupilas son divinos, son dulces y armoniosos. Baja sus párpados y noto las espesas pestañas, no era una sorpresa, sus cejas son muy pobladas y rebeldes, esas grandes líneas oscuras arriba de sus ojos eran sus facciones más sobresalientes. Pero me gustan. Le dan carácter a ese rostro adorable.
¿He pensado tan patético? No, superaste expectativas, jefa.
Control, Ari, CONTROL.
—¿Qué podría querer a cambio el edificio? —dice.
Miro el edificio bajito, distrayéndome.
—Podemos empezar con unos Pad Krapau.
—Por unos qué.
—Pad Krapau.
—¿Qué es eso?
—Un platillo tailandés.
—Vaya, nunca pensé que te gustarán las comidas exóticas.
—Tengo descendencia tailandesa, Nick —río por su cara de impacto—, mi madre es de Asia. Crecí comiendo lo que llamas “comidas exóticas”.
—Ahora veo que es cierto.
—¿Qué cosa?
—Que la brisa del amanecer devela secretos.
¿Del amanecer? ¿Qué horas eran?
Enciendo mi celular y veo la hora.
05:48 am.
—No puede ser —jadeo—, son las cinco de la madrugada ¿hemos pasado toda la noche hablando?
—Impresionante.
Wow. No lo asimilaba. Vuelvo a la escena, y estamos estancados en la fase de espera. Nadie ha caído en el anzuelo.
—¿Impresionante? —mascullo al mar—. Impresionante es que no hemos pescado nada.
—Es mi turno de develar un secreto.
Ah, caray, esto sí me interesa.
—Cuál.
Voltea, lo suelta:
—En esta parte del mar no hay peces.
¡¿Qué?!
¿No hay peces?
Y lo supo todo este tiempo…
—Sabías que no íbamos a pescar nada.
—Ujum. —asiente tranquilo.
Ay, si matar fuera legal te haría el favor, Jirafasaurio.
—Y cuál era el propósito de pescar si no atraparíamos ningún pez.
Duda en si contestar o no… al final se atreve.
—Pasar tiempo contigo.
Desfalleceré, lo juro.
Que… lindo.
Y como no me pasan cosas lindas no sé como reaccionar, me deja muda.
—Tengo otro secreto —me dice y me pide acercarme para develármelo, ya de cerca lo hace—, me hace feliz discutir contigo, así sea por bobadas.
Suspiro calmando a mi escandaloso corazón.
—Patético. —refuto sin pensarlo, y se ríe. Reímos.
Pero… Sí, a mí también me hace feliz, Jirafasaurio.