¿Porqué acepté una salida con un lunático que sabe cosas de mí?
Fácilmente puede ser un psicópata obsesionado conmigo.
¿Debería comprar gas pimienta para defenderme en caso de cualquier locura de su parte?
¿Y porqué me pregunto estás cosas mientras camino a casa?
Oh, mi casa.
La pregunta que le va a mi situación es… ¿estaba preparada para verlo?
Han pasado seis meses. Aún no me hago la idea de que papá estuviera mal, haya cometido errores y podría ser el hombre con más defectos, pero era mi padre, no puedo odiarlo, me debe muchas cosas; entre ellas: muchos recuerdos de padre e hija; pero no puedo odiarlo. Él siempre ha sostenido esa muralla de un papá fuerte, por momentos me creía esa imagen de superhombre… solo que al llegar la noche no soportaba la oscuridad. Convivíamos en la misma casa, pero cada quien vivía sus propias realidades sin incluir al otro. Yo estuve sola con ellos, y la decisión de irme no fue mía, fueron por las circunstancias…
Mi casa luce igual, excluyendo las grietas en las paredes. Limpio mis manos con mis jeans, y el típico nudo en mi estómago regresa, se refuerza y me dobla a la mitad.
¿Miedo? Justo ahora creo que sí. Precisamente ahora soy esa Ariana que nadie ve, que a ocultas del mundo le teme a algo.
¿Qué me da miedo? Fácil.
Me aterra de tocar la puerta ahora y descubrir que detrás de ella las cosas estén tan mal que me culpe de nuevo, miedo de mirar como la muralla de papá se haya destruido y al fin vea lo mal que ha estado todo este tiempo, todo tiempo él solo.
No puedo dejarme dominar de mis emociones. No en esta ocasión.
—A ver, Ari —dialogo conmigo—, entrarás y serás la de siempre, la fuerte y la que nada no sabe derrumbarse ¿estamos?
Bajo la cabeza, necesito creérmelo.
Vamos, todo saldrá bien. Aunque este no sea tu mes.
Estupendo, subconsciente, no sabes cuanto me ayudas.
Encierre en una burbuja el sarcasmo.
A la cuenta de tres tocas la puerta.
1
2
¡Ya!
No toqué.
—¿Qué clase de cobarde soy? —me pregunto cerrando mis ojos, perderé la paciencia que me tengo.
—La que no toca el timbre. —su voz hace que me enderece como militar ante su superior.
Ahí está. Lo estudio para ver alguna diferencia. Solo una barba muy larga, del resto no hay cambios. Su aspecto descuidado sigue indiferente a modificaciones, mas noto que sus ojeras rojas e hinchadas son de tanto llorar.
Lo hace, me ocasiona ganas de llorar, por una época yo solía tenerlas igual, lloraba por entenderlo, por abrazarlo, por sacarlo de su cuarto, por verlo bien. Por mucho que lloré nunca vi eso pasar ni parar.
Lo siento, papá, no quería volverme una razón más para llorar toda la noche… lo siento mucho…
—Papá. —menciono sonriendo y pestañando seguido, no lloraría frente a él.
Me sonríe, y es una sonrisa vacía, tan vacía como los días dentro de esa casa.
¿Porqué no hicimos nada para solucionarlo?
Mi progenitor me visualiza de pies a cabeza, he cambiado mucho, estos seis meses de libertad han sido una absoluta locura. Me he atrevido a ser lo que quisiera sin prohibiciones ni impedimentos. Solo ser yo… y aunque quise compartirlo con él, estuvo bien hacerlo. Me liberé, pero quiero liberarlo también.
Al terminar de asimilar mis cambios, da un paso, su tambaleo me dice que lucha con los mareos y las jaquecas de la resaca. Igual cumple su objetivo, abrazarme.
—Hija. —mi mención está teñida por entonaciones tristes y alegres. Sonó a sollozo, y me lástima oírlo.
En definitiva, su muralla se vino abajo.
Eso solo significaba que sí, está grave.
—Aquí estoy —le susurro sobando su espalda, respiro su aroma, y a pesar del olor a alcohol, su perfume está ahí en su camiseta de cuadros—, vine a verte, pasaré la tarde aquí, haré de cenar y con suerte hablemos.
Me sorprende que sea él quien me abriera la puerta ¿Por qué? Él por las mañanas no sale de su cuarto, es más, sus pies no tocan el suelo a estas horas, jamás sale de la cama.
—Sí, claro, eh —se aparta para darme acceso a la casa—. Pasa.
Sin contemplar su proposición entro. Y… mi propia casa huele a nostalgia, a lo que fue mi casa. No hay ni la sombra de lo que había dejado al irme.
La mesa llena de latas de cerveza vacías, el suelo cubierto de polvo, la cocina era un desastre, los sofás sucios, y la puerta de mi cuarto abierta. No entendí el porque.
—La he arreglado. —dice bajamente, se rasca su nuca eludiendo mi mirada, apenado.
—Gracias, se ve bien —le agradezco—. Haré de cenar, ¿Qué quieres?
—Lo que cocines estará bien para mí.
Le sonrío, voy a la cocina y el desastre en ella no me agobia, me encargo de limpiar por encima un poco para poder cocinar. En el almacén hay comida, mi hermana se ha ocupado de mantenerla completa, pero en el cuidado y limpieza de la casa no ha puesto su dedicación.
Es Ariadna, Ariadna jamás le han venido esas cosas, prefiere trabajar que ser ama de casa, yo por otro lado domino la labor sin problemas. Crecí limpiando mi cuarto, luego Ariadna me pedía que hiciera lo mismo con el de ella y así con el resto de la casa al ir creciendo.
Papá vigila mis acciones desde el sofá de la sala.
—¿Qué desayunaste? —le hago conversión, este silencio me es incómodo.
—La Sra. Jones ha traído de comer uno de sus postres.
Oh, la Sra. Jones, esa mujer es un sol, es amiga cercana a la familia, me ha visto crecer y ha visto el abismo que nosotros mismo hemos cavado entre nosotros. Y a pesar de ello no se ha alejado. Es como un ángel.
—Ella cómo está ¿aún sigue con la idea de volverse vegetariana?
Eso le saca una risa a papá, no le culpo, es muy chistoso el tema. Sra. Jones comiendo vegetales por el resto de sus días no es una imagen imposible. Ella ama la carne, no entiendo de donde sacó esa idea.
—No, ya no —dice después se reírse—, se arrepintió al probar la ensalada cesar.
Río junto a él, me fijo en no cortar tan finas las verduras.
—¿Has estado bien estos meses?
Trago grueso.
—Al principio no fue fácil, pero… ahora estoy bien.
—Quiero cambiar.
Ese era otro fallo de fabrica de papá, el cambiar las cosas en un lapso corto de tiempo. Si algo duraba mucho era porque en verdad le gustó. Cambiaba estantes, la pintura de las habitaciones, todo lo que deja de gustarle simplemente lo cambiaba.
Sonrío porque no ha perdido eso.
—Qué será está vez ¿el corte de cabellado? O ¿la pintura de la sala?
—Yo.
¿Cómo?
—¿De qué hablas? —me preocupa el rumbo de esta conversación, y el que baje la cabeza no me gusta.
Suspira cansado.
—El lunes fue a ver un centro de rehabilitación.
¿Qué?
Ha salido de casa.
Dejo de picar los vegetales, noqueada por la información salgo cuidadosamente de la cocina, me acerco a él.
Debió ser realmente difícil salir a la calle después de pasar cinco años encerrado. Desde lo que pasó él no volvió a ser el mismo. Echaba de menos esa versión de papá en la que sonreía y no era con el fin de calmarnos.
Fue duro lo que pasó, él no supo afrontarlo, nosotras menos, Ariadna creció de golpe y yo solo podía ver lo infeliz que éramos. Que somos. Desde que pasó lo que nos cambió me prometí no hablar de eso, y sobretodo, me prometí no creer en el amor.
Porque por culpa del amor papá entregó su corazón, yo lo vi llorar y tratar de repararlo y miren… aquí sigue, con el corazón roto y sufriendo por un sentimiento que a fin de cuentas no existe.
Pero no me desvíen del tema focal. La depresión de mi padre.
—¿De verdad quieres ir a rehabilitación? —me siento en el sofá del frente, lo miro esperando su verdad, espero seriamente.
—No puedo continuar así. —su voz se quiebra, sus palabras lo rompen.
Tomo su mano, no lo dejaré.
—Te voy a apoyar —le prometo—, es por tu bien.
Se deshace, deja de fingir, y finalmente me muestra lo mal que está. Mi padre no es un superhombre, es un humano que busca ayuda… es igual que yo.
Y por primera vez, sé que hizo mi padre por mí
¿Qué?
Sostenerme y ser mi puente a pesar de sentirse como un acantilado hecho de escombros.
Ahora me toca a mí ser su puente.
Lo abrazo y suelta todo lo que me he perdido, todo su dolor. Jamás hemos sido fuertes. Sin embargo, somos profesionales actuando como si lo fuésemos.
—Lo siento. —solloza apretando mi mano.
—Tu no tienes la culpa de lo que pasa, papá.
Él no es culpable, es otra víctima de los hechos, está sufriendo.
—No fui lo que necesitaban.
—Eres y fuiste lo justo, lo suficiente.
—Si lo fuera no te hubieras ido. —susurra tomando espacio.
—Fuiste el mejor, pero debía buscar mi vida en otro lado.
—Y te fue excelente —acaricia mi mejilla—. Tú no mereces hundirte en mi miseria. Tú no.
—Tú tampoco.
—Ya es tarde para mí.
—No, podemos salir, tú puedes.
—Lo que importa es que ya sonríes sin problemas. Me conformo con eso.
—Si algún día decides ir a rehabilitación, yo estaré para ti ¿Estamos?
—Estamos. —confirma palmeando mi hombro.
Cerramos la herida, o vimos los lazos que nos unían, de ahí en delante la tarde fue mas fluida y suelta, ya no sentíamos esa gran piedra entre nosotros, hablamos de muchas cosas, le conté las cosas que he hecho estos meses, anécdotas que escuchó con atención hasta el final, le mostré los dos tatuajes que me hice y me dio mucha risa su reacción.
El asunto en la cocina marchaba bien, preparé un arroz con mariscos, su favorito, mi hermana llegaría a más tardar en unas cuantas horas, dos horas. Comimos y fue una tarde genial, compartir con él, eso fue increíble, tenía tantas expectativas de lo que sería pasar momentos con él sin mi hermana.
Ya anochecía y debía volver a la tienda. La desventaja de irme caminando sería ésta: despedirme de mi padre.
—No te quedarás ¿verdad? —increpa con cierto desánimo.
Asiento.
—No. —contesto poniéndome de pie.
—Hija, te prometo ser mejor, dejaré de beber… quiero estar bien por ustedes.
Me da gusto verlo convencido de eso.
Tomo su rostro entre mis manos.
—Y tengo fe en que lo lograrás. —beso su mejilla como solía hacer de pequeña.
—Se te hace tarde.
—Vendré a verte más seguido. —decido caminando a la puerta.
—Me harías muy feliz.
Nos sonreímos.
—Nos vemos. —me despido a mitad de la puerta, espero a que me corresponda.
—Nos vemos.
Le echo un vistazo por última vez y avanzo cerrando la puerta a mis espaldas.
Deseo que hoy duerma con una sonrisa en sus labios que con lágrimas en sus ojos.
El vecindario es intacto al paso de la vida, niños corren a sus casas, los mismos vecinos están en donde los recuerdo, las mismas caras, la misma gente.
En el camino todos saben su rumbo, saben a dónde van, y no me refiero a la dirección de sus pasos sino a las de sus decisiones, de sus vidas. Todos piensan en otra persona, todos sonríen mientras lo hacen, todos llevan obsequios (como cajas de bombones, rosas, y esas mamarrachadas) para alguien especial. Especial, sí, así te sientes si tuvieras a alguien que piensa en ti y sonríe por ti ¿no? En fin, nací completa, pero todos tienen algo que yo no.
Su lugar en el mundo.
Todos tienen a alguien esperándolo en casa, para hablar, reír y unir sus vidas.
Nací completa, tengo dos pulmones, dos riñones, un corazón, y un cerebro, lo tengo todo, pero… no tengo nada, ni tampoco tengo a alguien esperándome en la tienda, que piense en mí y sonría por mí ¿Este es la parte en la lloro por lo patética que es la vida si eres solitario?
Puras estupideces se me ocurren.
No necesito a alguien.
Soy… ¿Autosuficiente? Claro, soy todo lo que necesito.
Soy mediocre y las chicas mediocres no necesitan nada.
Buen lema. Ahora sí te luciste, cerebro.
La canción romántica del momento suena en la tienda a mi lado, es tan asquerosa que me hace querer vomitar. Nunca entenderé de que habla ese pelirrojo, Ed Sheeran, sus canciones no son… mi tipo.
Pero que eso no nos afecte.
Ok.
—A ir por esa caja de bombones. —me ordeno yendo como la diva que soy.
Las tiendas en el centro de la cuidad eran hermosas, agradezco al cielo por haber nacido en ella, pongo en uso mis auriculares y la canción que oigo cambia el ritmo de mis pasos significativamente.
What The Hell de Avril Lavigne marca mi andar. Amo esta canción.
Este tipo de canciones eran mis favoritas, seguir su compás era mi obsesión.
Saben, en mis planes para hoy no estaba bailar y cantar con la boca llena de chocolate por la calle. Para nada, pero estás cosas me hacen feliz, hacen ignorar lo sola que me siento y olvidar mis problemas.
Voy cerca de la tienda, prosigo bailando.
El chocolate está delicioso, no me arrepiento de haber gastado todo mi dinero en ellos, valió la pena.
Ya delante de la puerta comienzo a buscar las llaves en mi súper bolso, la encuentro al fondo, tarareo un poco de la canción mientras giro la llave en la cerradura, por lógica la puerta abrió. Entre bailando, el coro fue hecho para mover las caderas.
Cierro bien la puerta, bajo la persiana de la puerta, me quito mis auriculares cayendo en el espeso silencio. No, no hay nadie que me escuche decir “He llegado”.
Todo está organizado, Kenia lo ha ordenado, dijo que dejaría todo resplandeciente. Y lo hizo.
Doy un paso, pero mi bota pisa algo, no, no lo pisa, lo empuja. Es un sobre.
¿Qué hace ese papel en el suelo?
Me apresuro a recogerla para ver que es. Me quedo en cuclillas, abro el papel que está doblado a la mitad. Es una nota. ¿Qué dice?
“ +1 (787) ***-0178
Llámame en cuanto leas esto, cascarrabias.
Att: Nick, el chico más guapo que has visto.”
¿Cascarrabias?
¡¿CASCARRABIAS?!
—Esta no te la paso, lunático. —marco su número en mi teléfono con mucha prisa, suena el timbre de la llamada… primer timbre… segundo y—. ¿Cascarrabias? CASCARRABIAS TU MADRE —insulto apenas me descuelga—. En donde te vea te parto el cuello.
Ríe por mis reclamos, me cabreo más. Mastico fuertemente el bombón que metí a mi boca.
—Que rico. —dice descaradamente.
—Hablo en serio, te dejaré con un yeso rodeándote el cuello.
—¿Qué más?
—¿Quieres más?
—De ti… sí.
—Te dejaré sin vida, ¿me oyes? TE MATARÉ.
—Que bien por mí.
Ok, con él no sirven mis insultos.