Tenía la sensación de que me iba a explotar la cabeza. Me podía apostar lo que sea a que fue de la borrachera que cogí la noche anterior. Pero, a pesar del dolor, me atreví a reírme de las cosas que recordaba.
Escuché ruidos típicos de por la mañana a través de la ventana: pájaros, el murmullo suave de las hojas mecidas por la brisa de la mañana.. Y Rose haciendo el desayuno. Si es que era un amor, cuando quería, claro.
No pude evitar recordar a ese chico, Derek. El estúpido guay de la banda, al parecer, todos lamiéndole el culo y haciendo lo que él hace y tratándolo como un Dios. Descerebrados sin personalidad. Me gustaría verlos afrontar solos un problema sin tener a nadie que les mande y diciéndoles qué hacer o no. Pardillos.
Sí, será todo lo problemático que uno quiera, la clase de chico que toda buena madre evitaría para su hija. Pero también sabía que era como yo. Y me gustaba. Y no sabía cómo sentirme respecto a eso. Él tenía lo que yo anhelaba: libertad. Él tenía lo que yo siempre soñé: una eterna carretera que redescubrir y que puede disfrutar. Y si quiero vivir la vida que siempre soñé y que él tenía, ¿por qué no acercarme e intentar hacerlo como él?
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un estruendo de utensilios de cocina cayendo estrepitosamente al suelo; entonces me acordé: Rose. Me levanté de la cama buscando las zapatillas de casa que me prestó Rose, por el suelo. Al abrir la puerta se escucharon todos los ruidos muchísimo más fuertes, cosa que no me sorprendió. Cuando llegué a la cocina, Rose ya estaba poniendo la mesa.
—Buenos días bella durmiente —dijo en cuanto me vio.
—¿Buenos días? ¿Estás de coña, verdad? He dormido poco y encima me duele todo el cuerpo, y ni hablar de la cabeza.. Me va a explotar.
—Bueno, deberías saber que así es la vida.
—Ya ya, lo sé. Estoy más que acostumbrada a este ambiente. A lo que no termino de acostumbrarme es a las consecuencias que trae.
—Ah, eso... Ni tú ni nadie, Savannah. ¿Qué clase de masoquista se acostumbraría a eso? Qué infierno, j***r.
—Ya, ni que lo dig-
—Buenos días, a las dos —¿Qué hacía James aquí?—. ¿Por qué os calláis? Seguid hablando, de todas maneras no me interesa lo que habléis.
Rose y yo nos quedamos un poco como pilladas porque no nos esperábamos esa repentina conversación que había iniciado y terminado él solito. Además de que, ¿cómo coño había entrado? La única explicación que tenía era que había dormido con Rose, y el sonrojo por su parte me lo confirmó.
-
Estuvimos desayunando entre risas y chistes malos de Rose, hasta que entró Robert a la cocina.
—Sois unas putas escandalosas, hacéis ruido y dais por culo allí donde vayáis. ¿No os lo han dicho todavía?
—Buenos días a ti también —le respondió Rose arqueando una ceja—. Qué humitos tío, qué amable por tu parte —dice Rose con sarcasmo y poniendo los ojos en blanco.
—Bueno, teniendo en cuenta que me estaba haciendo una paja de escándalo anoche viendo porno con tu ordenador y entrasteis aquí a la tremenda, y creyendo que erais unos ladrones me tuve que levantar pues...
—Dios, no, no sigas por ahí te lo suplico —dijo Rose escandalizada—. Dios, te odio, qué asco por hacerme imaginar eso.
—Era broma, a ver si así aprendéis a no molestar.
—Al menos tengo vida s****l —le contestó ella riéndose.
—Bien —al parecer le ofendió la respuesta de Rose. Robert salió de la cocina con paso firme, cabreado.
En cuanto se fue empezamos a reírnos como si no hubiese mañana. Quién me iba a decir a mí que cuando llegase aquí iba a vivir con una chica que conocí huyendo de la policía, que iba a vivir en su casa, que iba a conocer a su tío el pajillero y que... iba a conocer a Derek.
Derek.
Decidme gilipollas, pero recordaba que cuando lo vi algo nació dentro de mí, una sensación completamente nueva a todo lo que había vivido. Algo aterrador pero a la vez placentero. Una intuición de que no sería la última vez que me lo encontraría..
—Savannah, ¿me estás escuchando? Te veo un poco ida..
—Lo siento. ¿Me lo podrías repetir? Estaba.. Déjalo, no pasa nada, sigue.
—Te estaba diciendo que si te apetece esta noche salir. Por lo visto hay tráfico de droga esta noche en la otra punta de la ciudad de dónde se celebra la carrera esta noche y nos sirve de tapadera, ya que la anterior la cancelaron.
—Perfecto —al fin algo emocionante, j***r.
—¿Te he dicho ya que me encantas?
—Una cuantas veces desde que nos conocimos, pero sigo sin entender por qué.
Rose se ríe. Y la verdad es que no lo entiendo.
—Chica, ¿pero tú te has visto? Estás buena, te gustan las carreras, no te interesan los problemas ajenos salvo que se trate de alguien muy cercano a ti y vistes genial. ¡Todo lo que una tía como yo sueña en una amiga como tú!
—En eso estoy de acuerdo, Ro —¿Qué hace James aquí otra vez?—. Pero yo ya tengo a mi chica —y me guiñó un ojo, como haciéndome cómplice.
—Oh, venga ya. Sois unos jodidos pelotas.
Nuestras risas resuenan por toda la cocina.
—No, Savannah. No solos pelotas, ni mucho menos, eres tú que no te gusta darle la razón a nadie.
—Era coña, ¡claro que estoy buena! —Rose se ríe y por culpa de su risa contagiosa lo hago yo también.
—No le subas mucho más el ego, Ro —aparece James y se acerca a Rose por detrás y le da un beso en la cabeza. Me quedé mirando a Rose para que me diera explicaciones sobre lo que acababa de pasar pero ya se me adelantó James.
—Calma, Savannah. Solo somos amigos y por la cara que me estás poniendo deduzco que si le toco un pelo me cortas las pelotas, me lo anotaré donde pueda verlo cada segundo.
Rose se ha puesto roja y me mira mal. Se ha cabreado.
—Oh, venga ya. No necesito una puñetera niñera, Savannah. Me he cuidado muy bien solita todos estos malditos años —por el tono duro que utilizó me di cuenta de que le había jodido eso de que la controlaran. Lo gracioso de todo esto era que no había mirado mal a James por eso, es más, lo había mirado mal porque se estaba comiendo mi tostada el muy cabrón.
—Rose, no es eso. Me da igual con quien salgas y con quien dejes de salir mientras no te pase nada. James, eres un hijo de puta, esa es mi tostada. Y, como bien has dicho, te arrancaré las pelotas si no me la das. Y no solo te haré eso, sino que encima haré que te las comas.
James y Rose me miraron y de repente se empezaron a descojonar. Mientras repasaba mentalmente lo que había dicho me doy cuenta de que no había hablado de esta forma delante de ella en ninguna ocasión y creo que no se lo esperaba. Por lo que cuando me di cuenta me estaba riendo igual o más que ellos.
Entonces cuando dejamos de reír nos dimos cuenta de que estaban llamando a la puerta y que quienquiera que estuviera llamando quería darnos a entender que no tenía mucha paciencia.
—Savannah, ¿puedes abrir tú? Tengo cosas que... hacer, ya sabes —dice mientras mueve las manos hacia James. Resignada, me levanté del taburete y mientras iba hacia la puerta pensé en quién podía estar llamando a estas horas del día a la puerta de esa manera. Pero al abrir la puerta mi mundo se derrumbó, y no de la mejor manera.
—¡Savannah! —habría acabado de hablar con James porque escuché sus pasos por el pasillo hacia la entrada—. ¿Quién estaba llamando a la puerta de esa maner..? —y cuando lo vio se quedó callada, impactada como yo. Creo que, ninguna de las dos nos esperábamos esta visita tan... repentina. Y menos de él. Pero, ¿cómo sabía que Rose vive aquí? Posiblemente por James, o porque, haciendo memoria, recordé que ella dijo que era fácil enamorarse de él. ¿Lo habría hecho ella? ¿Se habría enamorado de Derek y le había hecho daño? Si así era, ella no se merecía eso en absoluto. Pero viendo que estaba con James y que parecía gustarle de verdad, me relajé.
—¿Savannah? Bonito nombre, preciosa. Por cierto, coge tus cosas, que tú te vienes conmigo.
—¡¿Qué?! Pero, ¿tú estás loco? Ni borracha me voy contigo.
—Venga nena, pero si te mueres de ganas... —será arrogante, estúpido, gilipollas...
—Sigue soñando, gilipollas. A mí no me la pegas con ese apodo tan macabro que te has buscado tan solo para hacerte el chulo —ahí tienes, c*****o. Lo que nadie se ha atrevido a decirte en tu jodida vida.
—Savannah, deja de resistirte, vente conmigo y acabemos con esto cuanto antes. Sabes que yo puedo darte lo que nadie podrá jamás... —ahí me había dado, pero eso era algo que no pensaba admitir delante suya. ¿Por eso ha venido? ¿A recogerme? Pero, ¿de qué va?
—Vamos a ver, payaso. Pierdes el tiempo —estaba cerrándole la puerta pero metió un pie y ahí se quedó.
—Sabes que no tardaremos en encontrarnos, y pasará —sacó el pie y pude cerrar de un portazo.
—¿Pero qué acaba de pasar? ¿Cómo sabe que estabas aquí conmigo?
Con todo el lío ni siquiera me acordé de que Rose seguía detrás, mirando atónita la situación de hace unos segundos.
—No lo sé Rose, pero ese tío me está tocando los cojones.
—Mira, Sav, si quieres quitártelo de encima rápido, sal con él un día, dale lo que quiere y te dejará si el sexo es lo que realmente va buscando.
—Quiero que me deje tranquila. Él su vida y yo la mía, aunque él tenga todo lo que busco, no lo quiero a él. No tan idiota. No tan... no tan él.
—Bueno, allá tú —y se fue.
Apoyé la frente en la puerta y me quedé en silencio. Pensando sobre la situación. Entonces sin quererlo realmente dije en voz alta lo que pensé.
Dame eso que no puede darme nadie, americano cabrón.
-
—¡Rose, estás loca! —hoy no teníamos nada que hacer hasta esta noche cuando fuéramos a la carrera y le sugerí de que participáramos y le gustó tanto la idea que me dijo que sí sin pensárselo dos veces.
—No, escúchame, Savannah. Esta noche te montas en esa moto si no quieres que te monte yo de tal guantazo que te voy a meter.
—Vale, vale. Pero que te quede claro que llevo meses sin conducir una y he perdido toda la sensibilidad.
—Mentirosa, ayer condujiste tú cuando íbamos a mi casa después de habernos pasado la tarde dando vueltas por las calles y te veía muy concentrada y disfrutando.
—Vale, vale. Pero es la primera y la última vez, que lo sepas.
—Ya, ya.. Eso dices ahora.
—Rose.
—Qué.
Me quedé un rato callada, planteándome si debía contarle las ganas que tenía de ir con Derek a dar un paseo siquiera. Aunque no estaba segura. Quería, pero al mismo tiempo no. j***r.
Y al final me quedé en silencio y aparté la mirada de la suya.
Rose me miró no muy convencida. Casi una semana había bastado para que supiéramos interpretar cuándo la otra ocultaba algo.
—O me dices lo que tenías pensado o es que te juro por Dios que-
—Quiero que Derek me enseñe a ser como él. O al menos en parte, no quiero que se me pegue lo gilipollas.
Rose se empezó a reír fuertemente, pero a medida que iba viendo que no me reía con ella y que mantenía el rostro serio se iba calmando.
—Savannah Dawson, dime que no estás hablando en serio, ese tío es de todo menos legal, te lo aseguro.
—Dime una cosa Rose, ¿acaso nosotras hacemos algo legal? Tía, ayer nos pasamos la noche fumando m*******a con tu tío. Además, ¿qué pasa si él es lo que busco? ¿Qué pasa si es todo lo que necesito? Él mismo me lo dijo, puede darme lo que nadie podrá jamás. Y si hasta él sabe lo que necesito, lo tienes que saber tú por fuerzas. Y estoy perdiendo la cabeza desde que me lo propuso, y él tiene la vida que anhelo. Él puede dármela.
—Savannah, puedes estar confundiendo las cosas. Eso es lo que le dice a todas.
—Lo sé, pero j***r, ya que al menos me lo ha dicho, me aprovecho, ¿no?
Te estás metiendo tú sola en la boca del lobo....
—Savannah, ¿tú eres tonta o qué te pasa? —Sí, pensé, estoy cometiendo una locura—. Te lo estoy diciendo por tu propio bien. Derek Schell es para un rato, él no quiere nada más.
—Rose, por favor. Me estás dando la razón, ¿no lo ves?
—No Savannah. No te estoy dando la razón. Te estoy diciendo que no conviene que te pegues mucho a él, te lo dije el primer día que lo vimos.
—¿Sabes qué Rose? Sé que te acostaste con él, por eso me dijiste que no me acercara a él, que se lo dice a todas y es la misma razón por la que no quieres que acepte su paseo, ¿cierto?
Se quedó mirándome fijamente en silencio. Y esa fue la respuesta que precisamente esperaba de ella.
—Olvídate de correr hoy, creo que ha sido mala idea. Recogeré las pocas cosas que tengo aquí y me iré, no te preocupes.
—No, Savannah. Espera —me paré en mitad del pasillo cuando me dirigía a la habitación que comparto con Rose, me giré lentamente y me quedé en el sitio, mirándola. Esperando a que terminase de decirme lo que quería decir—. Tienes razón, me acosté con él. Pero fue al principio. Cuando llegué aquí. Cuando no era más que una niña idiota ilusa que pretendía vivir según las novelas típicas en las que el chico malo se enamora de la chica buena. Pero.. la vida no es así, ni mucho menos. Sí, me acosté con él, pero yo.. yo no sé, me hizo sentir especial. Pero lo tengo más que superado, y sí, me gusta James. Muchísimo más de lo que me llegó a gustar Derek alguna vez. Pero tengo los pies en el suelo, y sé que tengo una posibilidad entre un millón de que James esté interesado en mí siquiera.
Me molestó el hecho de que me diera la razón de esa manera. Era orgullosa, y lo reconocía. Nunca o casi nunca había pedido perdón pero las pocas veces que lo he hecho han sido sinceras. Rose me miraba expectante, esperando una respuesta corporal o verbal por mi parte. No sabía qué hacer. Ni qué decir.
Suspiró y se iba a dar la vuelta.
—Rose, no. Un momento, por favor. Yo.. no pretendía tirarte la mierda encima y... —aquí venía la parte más dura— lo siento. No fue mi intención hacerte revivir partes doloras de tu vida, porque sé lo que se siente y, j***r, qué difícil es ésta mierda —dije llevándome las manos a la cabeza, exasperada, más frustrada que enfadada.
—Ya, bueno..
—Rose —era James—, me voy. Gracias por el desayuno tan espléndido. Oh, por cierto, esta noche corro y.. me gustaría que fueras ¿sabes? No sé, si tenéis pensado ir, acercaos a donde esté y echamos un rato y bebemos un poco y tal, si os apetece.
Rose aprovechó la oportunidad para darle conversación. Aunque sabía que la conversación acababa aquí porque ninguna de las dos queríamos dejar salir nuestra parte más sensible y vulnerable, porque no nos sentiríamos cómodas ni seríamos nosotras y las cosas tal vez empeorarían.
—Sí James, allí te veremos. Por cierto, ¿quiénes estarán contigo? —preguntó Rose.
—Pues.... estaremos los de siempre, Derek... no sé. Todos —se encogió de hombros.
Entonces se me ocurrió.
—Eh, James. ¿Sabes si hay sitio para una corredora más?
James me miró boquiabierto. Un poco nervioso, podría decir.
—Claro, Savannah. Pero.. tendrás que hablar con los que hacen las apuestas.
—¿Tengo que pedir permiso? Creía que cada uno hace lo que le sale de las pelotas —me reí.
A él pareció hacerle gracia también.
—No, tonta. Además de que aquí las leyes tienen poca presencia. Es sólo para que la gente apueste por ti. Se ve de lejos que eres buena y puedes llevarte la pasta.
—¿Eso supone que los participantes se enterarían?
—Sí, claro —frunció el ceño.
—No.
—¿Cómo que no? — James no lo pillaba.
—No quiero que él se entere.
—¿Por qué? ¿Le tienes miedo? —James sonrió burlón.
—No. Quiero darle una sorpresa. Pero de las desagradables.
—Qué amable, Savannah. Me encantas —y se fue, no sin antes susurrarle algo a Rose. Ella me miró y yo ya sabía lo que estaba pensando. Ella creía que seguiríamos hablando de lo de antes.
—Rose, respecto a lo de antes..
—No, quiero decírtelo. Me cuesta mucho abrirme y cuando lo hago quiero terminarlo.
—Vale, pues... cuando quieras.
Fuimos a la cocina y nos sentamos encima de la mesa —que parecía más la barra de un bar— despreocupadas.
—Savannah, solo quiero que escuches. Cuando acabe, lo sabrás.
—Vale, cuando quieras empiezas.
—Yo... verás, llegué aquí hace tres años, con diecisiete, que yo también era de las débiles y que todo lo de mis padres y todo el dolor acumulado me hizo huir, venir aquí y cambiar radicalmente. Pues conocía a una chica de aquí con la que hice contacto unos meses antes de arriesgarme a huir, para tener un lugar donde quedarme. Cuando llegué, me invitó a una fiesta diciéndome que conocería gente y que sería divertido. Y vaya si lo fue. Pero entonces llegó Derek robando suspiros, gritos y aclamado por los aplausos de la gente. Tenía un par de años más que yo, diecinueve. Él vivía como quería. Y yo también anhelaba a eso. Entonces se me acercó, me hizo las mismas promesas que te está haciendo a ti y que ha hecho con todas. Pero todo eso era una tapadera. Hizo una apuesta con los de su grupo de a ver quién encontraba más chicas inocentes con las que liarse. Él no quería follar con vírgenes porque decía que les daba risa su falta de experiencia y que no quería mojigatas en el mismo colchón que él. Bueno, la cosa es que se acercó a mí, me conquistó y a las dos semanas de salidas, llamadas y tal nos habíamos liado ya un montón de veces. Entonces al parecer habían cambiado la apuesta porque quiso dar el siguiente paso. Y yo se lo permití. Al terminar cambió radicalmente. Me agradeció el que hubiera ganado unos cuantos miles de dólares y que estaba encantado de hacer negocios conmigo. Me trató como una puta, y eso es algo que no le perdonaré nunca. En la vida. Pero algo sí le agradezco, me ayudó a ser como soy ahora, me gusta la vida que tengo ahora. Hago lo que quiero cuándo, cómo, dónde y con quien quiero. No me importa lo que piensen de mí. Y no quiero que se aproveche de ti. Ahora, sin embargo, somos amigos, o algo así. Ya no le guardo rencor.
Qué hijo de puta. Era lo único que podía pensar de él. Había jugado con chicas menores que él, había jugado con ellas hasta el punto de apodarles "negocios". ¿Pero qué clase de subnormal es este tío? ¿Es que se cayó de la cuna al nacer o qué?
—Me alegro de que me lo hayas contado.
Sí, porque ahora le voy a hacer lo mismo yo a él. No sabía por qué ni cuándo ni cómo, pero ese pensamiento y ansia de venganza habían venido de la nada. Lo único que sabía con certeza es que al igual que él se iba a aprovechar de mí, yo me iba a aprovechar de él, pero en cambio yo lo dejaría destrozado.
—Ya, bueno. En verdad, siento no habértelo dicho antes, al principio. Me sentí un poco mal, la verdad.
—Eh, ¿dónde está la Rose orgullosa que conozco? ¿Qué has hecho con ella? —con esto esperaba aligerar el ambiente, que odiaba cuando había tensión. De cualquier tipo.
—Tengo hambre —dijimos al unísono mientras veíamos una película. Concretamente, veíamos Million Dollar Baby.
—Vale, vamos a echarlo a piedra papel o tijera para ver cuál de las dos va a preparar algo —sugirió ella.
Mierda, no, siempre tengo mala suerte en ésto.
—Hecho.
Al final perdí yo a las no sé cuántas veces, aunque me lo esperaba. Y por consecuencia, tuve que ir yo a los muebles a hurgar en busca de algo para comer.
Acabé cogiendo fresas que había en la nevera y nutella.
—Tenemos que jugar más veces a eso de piedra papel o tijera y así merendamos cosas así. ¿Te quieres casar conmigo, Savannah? —dijo Rose de broma poniéndose de rodillas delante de mi con ambos brazos abiertos.
—Ni lo sueñes, Weasley.
—Oh venga, no me digas que sería tan mala compañía... ¿Están llamando a la puerta o es cosa mía? —dijo frunciendo el ceño.
—Creo que es la primera, ¿quién coño es a estas horas de la noche? Por cierto, dentro de un rato nos vamos.
—Vamos a ver quién es y cuando se vaya y nos comamos las fresas, nos vamos. Abre tú, que tengo que arreglarme un poco.
—Vale.
Pero al abrir me sorprendí. ¿Qué hacía él aquí?
—Savannah, me da igual la mierda que vayas a decir, pero no me sale de los cojones que corras. ¿Entendido?
¿Pero éste c*****o integral a qué juega?