Capítulo 4

1715 Palabras
—Por cierto, ¿cómo te llamas? —Le pregunté antes de darle un bocado a mi trozo de pizza. Era lo único que había dicho desde que me encontré con el tío de Rose de pura casualidad. No sé qué estaría haciendo perdida por ahí si no me hubiera chocado con él—. Rose me dijo que eras su tío pero no me dijo cuál era tu nombre. Se me quedó mirando mientras masticaba y tragó antes de hablar. —Robert —dijo simplemente. Algo me decía que no confiaba en mí.  Asentí lentamente con la cabeza, dando por zanjado el asunto. Me volví a quedar callada todo el rato mientras comíamos y Robert pareció entender que no tenía ganas de hablar, tal y como había hecho la media hora anterior desde que me había encontrado. Comía lentamente, dándole vueltas a todo. Pensando qué era lo que había hecho mal para que estuviera sin trabajo, casi sin hogar y un gilipollas impertinente que no me dejaba en paz. Y por "gilipollas impertinente" quería decir "Derek." O ese creía que era su nombre. Estaba mirando fijamente la mesa mientras comía, pensando posibles trabajos que podía encontrar mientras me planteaba la idea de qué hacer con mi vida. De repente el pequeño murmullo que había en la cutre pizzería en la que estábamos, se vio sustituido por un jaleo y gritos dignos de animales. Y menudos animales. Cuando miré a la puerta de donde procedían todos los ruidos, vi que los "animales" no eran otros que los que se juntaban con Derek, incluído él. Antes de tener la posibilidad de hacer contacto visual o de que me viera siquiera, me bajé rápido del taburete en el que estaba y lo moví de sitio de espaldas a la puerta. Me cogí el pelo en una cola rápida y me quité la chaqueta que llevaba puesta y ante la mirada atónita de Robert, cogí la suya del respaldo de la silla alta y me la puse. No quería un numerito más, y menos delante de los lameculos de sus amigos. Si podía evitar que me reconociese, mejor. Miré a un sorprendido Robert, que me miraba como preguntándome qué narices estaba haciendo. —No quiero que me vean, eso es todo —dije mirando a ambos lados, intentando localizar dónde se habían sentado para que a la hora de salir no me reconociera ninguno, o al menos intentarlo. Supuse que el tío de Rose no me había dado ninguna respuesta y cuando me di cuenta se levantaba para ir a pagar. Entonces, como si la mala suerte estuviera hecha única y exclusivamente para mi, todo pasó muy rápido. Al levantarse, calculó mal y por culpa de la barriga esa que tenía, acabó tirando la silla y causando un estruendo tremendo. No pude hacer otra cosa que darme una palmada en la frente, mirando hacia la mesa, quedándome inmóvil, esperando algún tipo de reacción. Al darme cuenta de que la gente había pasado de nosotros y del espectáculo que estábamos formando, me relajé. Pero el alivio fue breve. Algunos del grupo de Derek estaban señalando al tío de Rose mientras se reían como si fuera la atracción de circo principal. A pesar de que la cagaba a veces, era un tío legal y me caía genial, para qué engañarnos. Lo conocía de poco pero nunca me había gustado eso de que la gente se ría de otras personas solo porque les apetezca. Como si fueran perfectos y los demás una mierda. Me sentía en deuda con él por haberme encontrado y haberme invitado a la pizza. Cuando volvió, le di una pequeña sonrisa.  —Vámonos por favor, estoy cansada y quiero olvidar el día de hoy, preferiblemente. Entonces me dio un guiño cómplice y me sonrió alzando las cejas y moviéndolas. —Entonces lo que tú necesitas no es ir a casa, y yo tengo el remedio —y salió por la puerta antes que yo. Escuché a una chica decir "Oye, Derek, ¿esa no es la que vive en casa de la amiga de James?" seguido de unas cuantas risotadas, alcanzando a oír entre ellas palabras sueltas como mojigata, está demasiado pálida, y una gran variedad de gilipolleces. Si me caían mal solo por ser unos hijos de puta, ahora me caían peor. - Me había llevado a un club nocturno llamado "Chicago Night Club" aunque no tenía ningún sentido que se llamase así, porque para empezar ni estábamos en Chicago. —¿Qué es esto? —¿Tú que crees? —Fue la única respuesta que obtuve de su parte. Estaría el local a oscuras si no fuera por las diversas luces neón de colores tenues que alumbraban el interior, grandes ventanales desde los cuales se ve una panorámica de Los Ángeles. Cuatro altavoces en las esquinas del salón difundían un CD bien mezclado. La música envolvía a los chicos, que, hablando, marcaban casi todos el ritmo con los pies. Miré a lo lejos. Las casas, los tejados, los campos en los límites de la ciudad, las hileras de altos pinos, una larga carretera, ruidos lejanos, luces de un coche... Entonces entré en busca de una cerveza y me encontré con los gilipollas de los amigos de Derek. Los mismos que me dijeron desde pálida hasta puta. Y me importaba una jodida mierda lo que dijeran de mí, no me iba a acomplejar por algo que no podía remediar. A pesar de siempre haber comido mucho, era de metabolismo rápido, y contra eso no había nada que hacer. A uno de ellos lo agarró una chica por el brazo y a juzgar por su cara, no estaba muy contento por su presencia aquí. Entonces vi a lo lejos a Derek, mirando a su alrededor. Entonces me ve, se queda mirándome fijamente. Se acordó de mí, del encuentro. O quizá sería más justo hablar de desencuentro. Menudo cabrón asqueroso. Y vi cómo con aires de grandeza se acerca a mí, pero lo ignoré completamente y me dirigí hacia la barra donde había un hueco libre. Un chico se me acercó por detrás y me miró sonriente, como vio que no le sonreí de vuelta, prueba con otra cosa distinta.  —¿Quieres algo de beber...? —empezó a tartamudear en cuanto se dio cuenta de que no sabía mi nombre—. ¿Eh...? —Savannah. Y no, gracias. Entonces vi que un tipo se plantó frente a mí. Era Derek, otra vez.  —Veo que finalmente te acuerdas de mí. —Claro, eres el tío que no dejaba de decir gilipolleces. No has cambiado, ¿eh? —¿Por qué tendría que hacerlo? Soy perfecto —y para rematar, alarga sus brazos, mostrando su físico. No estaba mal, pero ese carácter de mierda le quitaba todas las posibilidades que podría tener conmigo. Aunque me fastidie admitirlo. Era el resto lo que no funcionaba. Empezando por su ego y acabando por lo pesado que parecía ser. Espera no, termina en donde se supone que tendría que tener un cerebro. —¿Ves?, no lo has negado —sigue insistiendo. —Tampoco te he dado la razón —contraataco. —Savannah, ¿te está molestando? —el chico de antes volvió a acercarse con la funesta idea de entrometerse, me dio asco la forma en la que dijo mi nombre. Ew. Derek ni siquiera le hizo caso, cosa que me hace reír entre dientes, y no le pasa inadvertido a Derek porque me devuelve una sonrisa un tanto pícara. —No necesito guardaespaldas, gracias —digo sin mirar a ninguno de los dos. —Entonces, si no te estoy molestando, te gusto. —Diría que me aburres un poco, para ser exacta, y das un poquito de pena —le respondo sin mirarle.  El tío de antes lo intenta de nuevo.  —¿Quieres algo de beber? —Sí, gracias, un vodka estaría bien —Derek responde por mí. El tío hace caso omiso.  —Savannah, ¿quieres algo? Me cago en la puta, pienso, el tío no va a parar hasta que le diga algo. Pues bien. Derek lo mira por primera vez.  —Sí, te he dicho un vodka, date prisa. Ya harta, miro de soslayo a los dos patosos que no me dejan.  —Déjalo —intervengo cogiendo el vaso de la mano del tío—, dame. —¿Ves?, cuando eres amable eres mucho más sexy —¿Se callará alguna vez el gilipollas este? Cojo la primera botella que veo más próxima a mí.  —Toma e intenta no derramarlo  —hago ademán de darle el vaso lleno a Derek y entonces se lo tiro a la cara, mojándolo entero—. Te había dicho que tuvieras cuidado. Eres como un niño pequeño, ¿ves? Ni siquiera sabes beber, así que vete por donde has venido y búscate alguna que sea más fácil de convencer, cariño. El chico que estaba a mi lado, se echa a reír. Derek le da un empujón y hace que vuele sobre una mesa baja, volcando todo lo que hay encima. Una decena de botellas salen disparadas sobre los sofás cercanos y la gente. Se rompen algunos vasos. Derek se seca la cara. Lo miro con repugnancia. —Eres un bruto y un asqueroso. —Tienes razón, necesito un buen lavado, estoy pegajoso. Es culpa tuya, vamos nena, hoy estás de suerte y te mojarás conmigo. Ni lo sueñes, c*****o. Hago ademán de irme e ignorarlo, pero antes de que pueda dar un paso siento un agarre en mi brazo. Le miro de soslayo donde tiene la mano y seguidamente a él, alzando ambas cejas.  —Quita la mano de ahí en 3 segundos o te parto la cara aquí delante de los payasos de tus amiguitos. Pero no acaba ahí, me mira con un brillo en los ojos que no logro identificar. Diría que estaba borracho, pero sus acciones no lo demuestran. ¿Se estaba cachondeando de mí? —Tres. Aprieta el agarre, retándome. —Dos. Una sonrisa lenta empieza a extenderse por su mejilla derecha. —Uno. Y entonces al ver que no piensa quitar la mano, lo hago. Cojo con la otra mano libre una botella en una mesa que tenía justo al lado y cuando iba a estampársela en la cabeza por imbécil, me agarra con la otra mano que tenía libre el brazo, apretándome de forma que tuve que soltar la botella. Y todo esto sin apartar la mirada de la suya. Y cuando creo que todo acababa aquí, me guiña un ojo y sonríe. —Se acabó el juego. Y no sé adónde quiere llegar con tanta broma, ni qué pretende ni qué es lo que quiere de mí. Pero había algo aquí que me parecía peligroso, a la misma vez que me resulta tentador aunque lo negase. Y parecía que nada iba a detenerle de conseguir lo que quiere, y parecía que nada se iba a interponer entre nosotros, porque siempre encontraba alguna manera de llevarme a su terreno. Esto se estaba poniendo serio y no sabía cómo sentirme al respecto.
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